Diablo® III

Una luz en la Oscuridad (Spoiler)

Unos fuertes y torpes pasos los pusieron en alerta una vez más. Al final del pasillo vieron como se acercaba un gigantón desenterrado, un ser parecido a los insepultos que habían encontrado en las ruinas de la catedral, sólo que éste parecía estar formado de cadáveres frescos. Kormac cargó contra él, sin importalrle la amenaza que representaban sus enormes brazos con púas de hueso. Alice, para ayudarle a resistir, disparó un par de boleadoras que se enredaron en las extremidades de la mole. Las explosiones lo dañaron lo suficiente para que Kormac lo embistiera y comenzara a lanzar estocadas sin preocuparse tanto de los golpes del muerto viviente, que habían sido considerablemente debilitados. Quizás por el daño de las boleadoras o por la ganancia de experiencia del guerrero, el desenterrado no aguantó mucho más y se derrumbó en pedazos luego de unos cuantos ataques. De un rápido movimiento el templario limpió su arma y avanzó por el largo pasillo.
Al dar la vuelta se encontró con un trío de vesánicos oscuros, quienes al verlo se lanzaron contra él. Descargaron ataques con sus pesadas mazas de hierro de los cuales el guerrero se defendió con su escudo. No obstante, el poder de los impactos fue tal que consiguieron hacerlo retroceder. Uno de los demonios levantó su arma para lanzar un pesado golpe, pero una flecha incapacitante del truhán se clavó en su codo, haciéndolo soltar su maza, que cayó directo en su pie. Al estar con dos extremidades heridas, a Kormac no le costó mucho derribarlo, apuñalándolo repetidas veces estando su rival en el suelo. Los otros vesánicos iban a lanzar un ataque contra el guerrero cuando un orbe arcano estalló entre ellos, haciéndolos retroceder. Un par de boleadoras se enredaron en sus cuellos para luego de unos instantes explotar, decapitando a los demonios cuyas cabezas rodaron por el suelo dejando un reguero de sangre oscura a lo largo del pasillo.
Continuaron avanzando por los largos pasillos. Al costado de uno de éstos encontraron una puerta herrumbrada. Natasha trató de abrirla, pero el paso de los años y el óxido habían dañado la cerradura. La arcanista lanzó entonces un proyectil mágico a ésta, pero sólo consiguió abollarla. Contrariada, conjuró un orbe con el cual hizo saltar la puerta en pedazos. Dentro sólo hallaron una gran máquina de tortura compuesta de rodillos con puntas de metal en las cuales eran amarrados los prisioneros, estirando la columna hasta más allá de su resistencia. Un esqueleto yacía olvidado, aún atado a la máquina, pero antes siquiera sintieran lástima por él, un gurpo de fanáticos se apareció en la habitación, alertado por los ruidos. Natasha reaccionó rápidamente lanzando un orbe arcano, que mató instantáneamente a tres de ellos y arrojó a los demás hacia atrás debido al pequeño espacio disponible en donde antes estaba la puerta. La cazadora disparó varias flechas famélicas, las cuales, junto a las saetas de Lyndon, acribillaron a los supervivientes.
Salieron del lugar por una puerta en el otro extremo, encontrándose con un gran grupo de cadáveres tumefactos. Éstos parecían haber sido creados recientemente, ya que sus cuerpos no parecían estar en un estado avanzado de putrefacción. No obstante, antes que iniciaran el ataque se vieron emboscados por un grupo de cultistas que aparecieron por la retaguardia.

—Encárgate de los lunáticos, Natasha.
—De acuerdo.

Kormac se lanzó contra los muertos vivientes, embistiéndolos. La cazadora en tanto se metió las manos en sus bolsas laterales y sacó varias granadas que lanzó alrededor del templario. Lyndon disparó una flecha al cultista más cercano mientras la arcanista conjuraba una serie de ciclones energéticos. El truhán se las arreglaba para disparar sus saetas entre los tornados de energía arcana, hiriendo a los cultistas que se veían imposibilitados de alcanzarlos. Se detuvieron al estar cerca de los ciclones, pero al avanzar éstos, comenzaron a ser desgarrados por los vientos huracanados impregnados de magia. Los fanáticos de la retaguardia trataron de huir, pero un relámpago proveniente de los dedos de la arcanista los aturdió lo suficiente para que fueran alcanzados por los ciclones. Sonriendo, se volteó donde su compañera, que terminaba a los zombis restantes usando flechas famélicas.

—Los muertos fermentan en su malicia —murmuró el templario.
—Nada que no podamos corregir —dijo sonriendo la arcanista.
En eso, la muchacha fijó su vista en un altar en donde se hallaba un pequeño libro. Aunque las primeras páginas sólo tenían escrito algunos garabatos en sangre, entre medio de las hojas encontró un pergamino más pequeño que resultó ser una entrada del Rey Leoric. En él se leía que el monarca estaba consciente de que una entidad malévola intentaba controlarlo por dentro y que sospechaba de Lázaro. Guardó el registro y se reunió con los demás, que estaban enfrentándose a un grupo de muertos vivientes. Apenas alcanzó a lanzar unas cuantas descargas pulsátiles antes de que acabaran con todos.
Algo molesta por no poder hacer mucho, encabezó la marcha. Sin embargo, al pasar al lado de una celda en llamas, un zombi infernal se lanzó sobre ella. Asustada por el ataque repentino dio un salto hacia el costado y le lanzó un proyectil mágico que le impactó en la cabeza, deteniéndolo. El muerto viviente estaba en llamas, aunque éstas parecían ralentizarlo más que dañarlo. No obstante, una daga en su frente fue suficiente para acabar con él. Antes siquiera de que cayera, otro zombi infernal salió de entre los barrotes encendidos. Esta vez Natasha conjuró varios filos espectrales que lo desmembraron, consumiéndose los trozos por las llamas. Un par de muertos vivientes más salieron del mismo sitio, pero fueron rápidamente eliminados al perder el factor sorpresa.
Continuaron con la marcha y en una pequeña habitación, en donde entraron luego de destruir la puerta herrumbrada, hallaron otro pergamino de Leoric en un altar rodeado de varios charcos de sangre seca. En éste se empezaba a vislumbrar la paranoia del monarca, quien ya había comenzado las ejecuciones masivas. Volaron otra puerta para salir de ahí y continuaron por un largo y estrecho pasillo.
Les extrañó la ausencia de oponentes, pero al poco de avanzar se dieron cuenta y supieron que era un ruido de martilleo que sentían desde hace unos minutos. Unas hojas gigantes como hachas se alzaban y golpeaban el suelo repetidamente por un mecanismo acoplado en la pared. Las numerosas manchas de sangre en el suelo y en el filo mismo daban cuenta de que varios no consiguieron pasar a tiempo.

—¿Es necesario que pasemos por ahí? —preguntó preocupado el truhán.
—Si se te ocurre otra ruta, te escuchamos.
—Tampoco es tan difícil, es sólo sincronizar tus movimientos —dijo confiada la cazadora.
—No lo digo por mí, sino por nuestro entusiasta guerrero.
—Ah, yo me encargo de eso.

La arcanista y el templario se ubicaron frente a la hoja que caía una y otra vez. Lentamente la muchacha se puso detrás del guerrero y cuando el filo se levantó, lo empujó con fuerza con el pie, casi haciéndolo caer, pero al menos pasó al otro lado entero.

—La sutileza no es lo tuyo, ¿No?
—Supongo que de una u otra forma termino destacando.
—Pues trata que sea por algo bueno.

Lyndon esperó a que se levantara para dar un salto hacia adelante, evitando la hoja. Natasha dio un paso rápido hacia adelante en cuanto tuvo oportunidad. Alice en tanto sólo caminó hacia el filo, levantándose éste el momento que ella llegó allí, pasando de forma totalmente tranquila.

—Se te da bien esto de la sincronización, ¿Eh?
—Por supuesto, es básico para que pueda acertar blancos en movimiento. Un desplazamiento predecible como ese no es nada.

Unos gemidos a su lado la alertaron. Apuntó con sus lanzadoras de cuero a una especie de foso ensangrentado. Un par de manos se vieron en el borde y poco después la cabeza de un zombi voraz que trataba de subir. Un par de saetas en su frente lo enviaron de vuelta al fondo, pero dos más intentaron a su vez salir de ahí. La arcanista se unió a su compañera lanzando proyectiles mágicos a los muertos vivientes, pero al avanzar se percató de una palanca al lado de la pared. Siguió la cadena con la vista y vio que llegaba a una losa de piedra sobre el foso. Bajó la palanca de una patada y el trozo de piedra con púas se dejó caer sobre los no muertos que aún intentaban subir, reventándolos y manchando todo el borde. La cazadora dio una mirada de molestia a su compañera por la sangre que le saltó encima.

—De esa forma era más rápido —dijo con una sonrisa.
Modificado por TswordZ#1445 el 22/10/2012 01:31 PM CDT
Ante la duda del templario para pasar la segunda hoja de metal esta vez fue el truhán quien lo empujó de una patada, aunque apenas tuvo tiempo para retirar la pierna antes que el hacha gigante se la cercenara. En este lugar también había un foso, pero antes de que los muertos vivientes subieran la arcanista los encerró activando otra palanca que dejó caer una pesada losa de piedra con púas bajo ella. La muchacha dio un pequeño salto hacia atrás para evitar el baño de sangre que produjo el fuerte golpe. Luego de una tercera hoja, al costado de la pared había una celda en llamas, de las cuales comenzaron a surgir varios zombis infernales.

—No tenemos tiempo para perder con éstos. Avancemos —ordenó la cazadora.
—Es raro que dejes vivos a seres de este tipo —comentó el truhán.
—¿Quién dijo que los iba a dejar con vida?

Los aventureros esquivaron rápidamente la cuarta y quinta hoja. Los muertos vivientes trataron de seguirlos, pero al pasar por donde caían las gigantescas hachas de metal se vieron ralentizados por una gran cantidad de abrojos. Sus torpes movimientos, sumados a la trampa que la cazadora dejó, hicieron que las enormes hojas causaran una carnicería con los cuerpos ardientes de los zombis infernales.
Al dar la vuelta al final del pasillo, se encontraron con un grupo de cultistas que estaban en pleno ritual. Un erebión oscuro se encontraba en medio de ellos en una actitud sumisa, envuelto por la magia oscura de los fanáticos.

—¡Son ellos! ¡Ya están aquí! —dijo uno de los cultistas al ver a los aventureros.
—¡Tráiganmelos y les arrancaré la carne de los huesos!
—De inmediato, sumo Inquisidor.

Los fanáticos se lanzaron contra los recién llegados junto al erebión. Alice disparó una boleadora que se enredó en el abdomen de este último. Sin embargo, de todos modos saltó sobre ella, pero Kormac se interpuso con su escudo, que lo protegió de la explosión de las esferas volátiles. Un par de saetas cruzaron el aire y se clavaron en los cultistas al lado del Inquisidor. Los que se acercaron fueron recibidos por una serie de descargas pulsátiles. El erebión, aunque malherido, saltó sobre la arcanista, pero ésta conjuró varios filos espectrales que lo rebanaron en el aire, cayendo sus trozos al suelo al esquivarlos la muchacha.

—¡Malditos inútiles! ¿Es que todo tengo que hacerlo yo? —exclamó furioso el Inquisidor, convocando un nuevo erebión.

Una daga se clavó en el pecho del fanático oscuro, pero no fue suficiente para interrumpir el ritual. El perro demonio apenas alcanzó a liberarse del conjuro antes de que Kormac lo empalara con su lanza. Como aún seguía con vida, lo arrastró hasta una pared en donde comenzó a apuñalarlo repetidamente. El maestro del culto iba a lanzarle una bola de fuego al templario, pero fue interrumpido por una boleadora que le amarró los brazos. No obstante la poderosa explosión, el Inquisidor continuaba con vida, aunque con parte de las vestiduras rasgadas.

—Veamos si de tanto aplicar torturas, sabe aguantarlas —dijo Natasha.

Puso su mano derecha delante y conjuró un arco de electricidad hacia el líder cultista, que vio perturbado sus mmovimientos. Alice en tanto desenfundó sus lanzadoras de cuero y desató un torrente de saetas en llamas. Aguantando el dolor, el Inquisidor lanzó una bola de fuego hacia la cazadora, pero la muchacha lo esquivó sin mayor problema. Molesta por aguantar su rayo eléctrico, la taumaturga se acercó lentamente al maestro oscuro y cuando estuvo cerca conjuró un ciclón energético. El torrente de poder arcano arrastró al Inquisidor varios metros antes de soltarlo, con la túnica totalmente rajada y su piel desgarrada en todas partes. Aunque apenas se podía mover, intentó convocar otro erebión, pero la cazadora no estaba dispuesta a dejarlo. Disparó una saeta en su muñeca, que quedó clavada al suelo antes de apuntarle en la cabeza con la ballesta de mano.

—Esto es sólo una parte del dolor que has causado —le dijo antes de apretar el gatillo.
—Superamos muchas pruebas, pero nos esperan aún más. Me agrada saber que vamos a enfrentarlas juntos —comentó el templario.
—¿Y eso?
—El trabajo conjunto nos permitirá avanzar aún más.
—Puede ser.

Al final del pasillo se hallaban unas escaleras de bajada. La arcanista dio un suspiro al ver que nuevamente tendrían que adentrarse más y más en las profundidades.
El olor a sangre oxidada era aún mayor aquí, y la cantidad de máquinas de tortura también. Al parecer era en este lugar en dónde se enviaba a la mayor parte de los pobladores capturados. La cantidad de cuerpos destripados y los regueros de sangre abundaban entre una máquina y otra. Tratando de aguantar en lo posible el aliento cruzaron la primera sala. Otra puerta vieja les impedía el paso, pero no era nada que un orbe arcano no pudiera derribar. Un par de gigantones desesnterrados les aguardaba en el pasillo. Alice se adelantó para lanzar abrojos a su paso mientras la arcanista conjuraba un rayo gélido. El templario cargó contra uno de ellos y empezó a darle estocadas con su lanza mientras trataba de esquivar los pesados golpes de esas moles. La cazadora entonces disparó varias boleadoras, cuyas explosiones hicieron saltar trozos de carne de las bestias, desarmándolas lentamente. Un orbe arcano terminó con la resistencia de ambos muertos vivientes, cuyas uniones se rompieron, deshaciéndose en un amasijo de carne en descomposición.

—Veo que incluso la fortaleza de este escudo está cediendo —comentó el templario al ver una grieta en la parte interior de su protección.
—Una lástima que nuestra amiga aquí no regule sus conjuros —reprochó la cazadora.
—¿Eh? No soy yo la que lanza esas bolas de metal explosivas.
—Es una lástima —añadió el truhán—. Un guerrero no puede luchar sin su escudo. Que tengas buen viaje de vuelta, Kormac.
—Puede que mi escudo esté dañado. Puede incluso que mi armadura esté abollada. Pero aunque ésta caiga a pedazos, un verdadero templario se mantendrá firme en su lucha en contra de la oscuridad.
—En otras palabras, tendrás que seguir aguantándolo —dijo Natasha, riéndose.
—Eso no fue muy amable.

Los ojos de la muchacha se clavaron en un pequeño altar. Como sospechaba, éste tenía sobre él otra entrada del Rey Leoric, en donde se leía que éste ya había sucumbido a la locura, ya que su paranoia le hizo culpar a los aldeanos de la desaparición de su hijo Albrecht y había decidido decapitar a las mujeres y niños del poblado en represalia. Guardó el pergamino y se reunió con los demás.
En la intersección de los pasillos se encontraron con que en la unión el suelo era un inmenso enrejado de hierro. El problema era que al fondo ardía esa especie de horno y constantemente se elevaban enormes lenguas de fuego que llegaban hasta el techo en ocasiones.

—¿Qué sentido tiene poner algo así? —se preguntó el truhán en voz alta—. Si querían lanzar a alguien al fuego, sólo les bastaba con un pequeño agujero.
—Este lugar fue construido bajo la locura y la depravación —dijo el templario—. No me extraña que hagan cosas como ésta.
—También podría servir para impedir el paso a intrusos —añadió la cazadora—. Aunque me parece que esa no es su función.
—No es algo que se pueda controlar, por lo que impediría el paso a todos —sentenció su compañera—. Además, tampoco es que cueste mucho pasar. Es sólo una idiotez.

Se apegaron al borde y esperaron el lapso de tiempo en que la llama bajara para pasar. Dado que en los extremos el enrejado a cruzar era menor, resultaba menos riesgoso hacerlo por ahí. Continuaron revisando los pasillos, eliminando a los grupos de cultistas que les salían al paso. Algunos de éstos venían apoyados por vesánicos oscuros, pero estos demonios sólo retrasaban un poco el destino final que les esperaba. Manteniéndose como un grupo compacto no tuvieron muchos problemas para avanzar rápidamente, aunque sin certeza de adónde se dirigían.

—¿Cómo aprendiste a luchar, Lyndon? —preguntó curiosa la arcanista.
—Mi hermano me enseñó cuando éramos pequeños —respondió éste—. Decía que la ballesta era el arma más conveniente para mí, pues me daría tiempo de huir si echaba todo a perder.
—La ballesta no es arma de cobardes —interrumpió Alice, molesta.
—Ja ja ja. ¿Te ofendí?
—Ahora entiendo porqué eres tan apegada a esas ballestas —rió Natasha.
—Cállate. ¿Dónde está tu hermano?
—Ah, todavía está en Puerto Real. Supongo que estará allí un tiempo muy largo.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Lo sé. Soy su hermano.
Otro grupo de cultistas estaba haciendo un ritual alrededor de una doncella de hierro. La arcanista se acercó rápidamente a ésta y usó sus filos espectrales para romperla y liberar al prisionero, pero como suponía, éste ya se había transformado en un muerto viviente. Una boleadora se enredó en el cuello de éste y al explotar lo decapitó, matando también a los fanáticos que al correr hacia los aventureros se acercaron al cadáver andante.
Continuaron corriendo por los pasillos, matando cultistas, volando puertas y destrozando barriles. En varios de éstos habían esqueletos escondidos, presumiblemente aldeanos encerrados ahí desde los tiempos de Leoric. Sin embargo, con la poco sutil forma de abrir contenedores de la arcanista, que usaba proyectiiles mágicos o descargas pulsátiles, la mayoría de los esqueletos eran destruídos junto con los barriles. Luego de unos minutos, llegaron a un pasillo más largo que los otros. Alice sonrió al darse cuenta que habían encontrado el pasadizo de salida. No obstante, no esperaba ver lo que había casi al final de éste. Desde donde estaban se podía ver un foso en llamas en medio de una gran sala completamente ensangrentada y con una enorme cantidad de extremidades mutiladas diseminadas por doquier. La sangre coagulada parecía formar una capa gruesa sobre las baldosas de piedra. Varias máquinas de tortura se encontraban aquí, pero se veía que éstas eran mucho más utilizadas que las de las otras habitaciones. Una gran cantidad de barriles para todos usos se encontraban apegados a la pared. Desde los normales a los con púas, destinados a tortura, pasando por los que contenían líquidos, agua algunos, pero la mayoría sangre, llenos casi hasta el borde. Un par de vasijas contenían las muchas cabezas que habían sido cercenadas en una guillotina, que aún estaba manchada con la sangre de los condenados.

—Sabía que Leoric estaba loco, pero esto es asqueroso —comentó el truhán.
—Desearía que este lugar hubiese perecido junto con su gobernante —añadió el templario.
—Mmm, podría intentarlo —pensó en voz alta la arcanista—. Tengo curiosidad de saber cuál es el límite de mi poder usando la espada del forastero.
—Vinimos a rescatarlo —recordó su compañera—, no a enterrarlo.
—¿Y qué tal después de salvarlo?

Iban a abandonar el lugar y bajar al siguiente nivel cuando oyeron unos gritos de auxilio que parecían provenir de la sala de torturas.

—¡Auxilio, estoy preso! ¡Aquí, en la doncella de hierro!
—¿En serio estos locos dejarían a alguien aquí aún con vida? —preguntó Natasha.
—Sólo hay una manera de averiguarlo.
—¡Por los inocentes! —gritó el templario, mientras corría hacia las escaleras.

Una barricada de madera cerraba el paso, pero la fuerte embestida de Kormac la desarmó aunque éste igual terminó cayendo y dando una voltereta antes de ponerse de pie.

—No era necesario eso. Podía conjurar un orbe arcano para destruir eso.
—Te agradezco tu preocupación —respondió el templario—. Pero no será algo insignificante como esto lo que me detenga.
—Lo que digas.
—¡Está aquí, en la esquina! —gritó Alice, quien había bajado descolgándose de una cadena que pendía del techo.

Ésta se acercó a la doncella de hierro. Rompió el candado con un disparo de ballesta a bocajarro y abrió la puerta, apuntando al interior con su otra arma. Para su alivio, del artilugio sólo salió un aldeano asustado.

—¡Que los dioses te bendigan! ¡Estaba seguro que moriría ahí dentro!
—¿Te dejaron abandonado para que murieras allí?
—Bueno...

Un murmullo subterráneo lo interrumpió. Aterrorizado, el poblador vio como del foso salían decenas de zombis infernales seguido de un enorme insepulto ardiente. El truhán, que estaba revisando el esqueleto de un guardia que aún estaba sentado en su silla, dio un salto hacia atrás y disparó un tiro incapacitante al gigantón, pero éste apenas se vio afectado por él. Asustado, el aldeano se escondió detrás de la trampa que antes fuera su prisión. Kormac cargó hacia él, pero un fortísimo manotazo lo arrojó por los aires. Aunque el escudo absorvió el impacto, varios trozos de madera se desprendieron de él. Natasha rápidamente conjuró su rayo gélido sobre el insepulto, pero aunque consiguió ralentizarlo, la horda de zombis ardientes se acercaba. Ante esto, Alice lanzó una granada a la máquina de torturas que se encontraba frente al pozo. La explosión la desarmó, soltando sus rodillos con púas que se estrellaron contra el gigantón infernal luego de atropellar a un par de cadáveres en llamas.

—Natasha, encárgate de las minucias. Yo cazaré al grande.
—Vale, pero terminaré primero y acabaré con ese también.
—Kormac, mantenlo entretenido. Lyndon, cúbrelo desde la distancia.
El guerrero se lanzó nuevamente al ataque. La enorme bestia lanzaba unos golpes temibles, pero algo lentos, lo que daba tiempo al templario para lanzar sus propios ataques mientras esquivaba los azotes. Lyndon, por su parte, untó varias flechas con veneno antes de lanzárselas al gigantón. Ésto no pareció afectarlo, pero el truhán sabía quelentamente lo iría consumiendo por dentro. La cazadora buscó un ángulo mejor antes de descargar su disparo rápido abrasador. Aunque la enorme bestia ya estaba en llamas, creyó conveniente aumentar más la temperatura para que las saetas causaran un daño mayor al perforar más fácilmente la piel.
La arcanista en tanto empezó conjurando filos espectrales en los pocos zombis infernales que estaban cerca de ella, cayendo éstos en pedazos, pero pronto la cantidad se hizo demasiada, por lo que comenzó a lanzar descargas pulsátiles. Aunque las explosiones que causaban dañaban a muchos muertos andantes, éstos terminaron flanqueándola.

—¿Qué se creen estos podridos?

Abrió los brazos de golpe liberando una poderosa nova gélida. Todos los enemigos cercanos quedaron congelados, dándole tiempo a la taumaturga a lanzar conjuros a placer. El frío generado era tal que varios de los zombis que explotaban generaban una nueva nova, que hacía más frágiles a sus compañeros. Entre esto y las descargas explosivas, el suelo se fue llenando rápidamente de trozos de hielo y restos putrefactos.

—¡Listo! No fue muy difícil —exclamó satisfecha.

No obstante, del foso salían zombis ardientes sin cesar, por lo que la arcanista tuvo que volver a conjurar sus descargas pulsátiiles, aunque en esta ocasión desde una mejor posición. Los demás en tanto trataban de eliminar al enorme insepulto. Kormac hacía lo posible para evitar sus poderosos golpes, que eran capaces de destrozar con facilidad las losas de piedra del suelo. Alice, al comprobar que el daño causado por su disparo rápido no era suficiente, cambió de táctica y de ballesta y comenzó a disparar boleadoras al enorme monstruo. Las explosiones arrancaban trozos de carne y hacían saltar restos de sangre coagulada, pero la inmensa mole continuaba atacando. Uno de los golpes impactó al templario de costado y lo arrojó contra una pared. El truhán lanzó un par más de flechas untadas en veneno, pero el gigante no se detuvo. Ante esto la cazadora dejó caer su ballesta y lanzó un par de dagas untadas en ácido a las cabezas del insepulto. La quemadura química lo incomodó bastante, deteniéndolo un par de segundos, que Alice aprovechó para acercarse al templario, que apenas se estaba levantando. La bestia se dirigió hacia ellos a pesar de todo.

—Entreténlo un rato, Lyndon —gritó la cazadora.
—¿Ah? ¿Y por qué yo?

La bestia lanzó un pesado golpe vertical hacia donde estaban, destrozando parte del muro y levantando una nube de polvo.

—Nooo. Sé que era insufrible escuchar su palabrería, pero esa no era la manera de callarlo.

Al no ver más a su objetivo, el gigantesco insepulto puso sus ojos sobre el truhán, que estaba en la otra esquina.

—Creo que es hora de una retirada estratégica...

Sin dejar de disparar flechas, Lyndon retrocedió y empezó a subir las escaleras. Para evitar lo siguiera, usó varias flechas incapacitantes, pero éstas apenas hacían efecto en las gruesas piernas de la bestia.

—Bien, lo estoy entreteniendo, pero no me estoy divirtiendo.
Por su lado, Natasha ya es estaba impacientando. A pesar de las explosiones que causaban las descargas pulsátiles, lentamente los muertos vivientes recuperaban terreno. Harta ya, retrocedió unos pasos y reunió todo el poder arcano que pudo en sus manos para luego descargar un torrente arcano. Los zombies infernales fueron destrozados por los innumerables proyectiles de energí,a siendo barridos en un momento. Viendo que aún salían de ese foso, la arcanista dirigió el torrente hacia allá. Las llamas cambiaron pronto su color naranjo a uno violeta al recibir el impacto incesante de todo ese poder. El líquido ardiente saltaba por todos lados y restos humanos quedaban en el borde, pero la muchacha no se detuvo hasta que agotó su poder. Cansada, comprobó que el flujo de muertos vivientes se había detenido. Levantando la cabeza, esbozó una sonrisa de satisfacción.

—¿Te encuentras bien, Kormac?
—Es sólo un rasguño.
—Me alegro, porque no te podré cargar más tiempo.

Justo antes de recibir el golpe del insepulto, la cazadora desplegó una cortina de humo que se confundió con la polvareda levantada por el ataque. Aprovechando esto, la muchacha se puso al hombro al guerrero y se ocultó entre los restos de una de las máquinas de tortura.

—Apenas te podía cargar, ¿Cómo lo haces para correr con todo ese peso?
—Mi voluntad me permite lograr proezas que la mayoría de los mortales no podría soportar.
—Ya empiezas a hablar como Natasha. Quédate aquí un rato y recupérate.
—Puedo luchar ya mismo. Es sólo un rasguño. Ya te lo dije.
—Supongo que no hay más remedio. Mira, cuenta hasta cien antes de ir a la lucha.
—¡Eso es demasiado tiempo perdido! ¡No puedo volver a la orden con gloria si estoy sin hacer nada!
—Entonces hasta cincuenta. Descansa hasta ahí, ¿Vale?

Sin esperar respuesta, la cazadora salió de su escondite y le lanzó dos dagas en la espalda al gigantón, que estaba siguiendo a Lyndon. La bestia se detuvo ante el dolor y se dio la vuelta. Alice entonces comenzó a utilizar su disparo rápido contra la mole, que se acercaba rápidamente, avivada por las llamas que lo envolvían. En cuanto se acercó demasiado, la muchacha jaló los gatillos laterales de las ballestas, liberando una poderosa descarga que la hizo saltar hacia atrás. Usando sus piernas para impulsarse en la pared hizo una voltereta con la cual pasó sobre el insepulto, mientras le disparaba numerosas flechas desde el aire. Al aterrizar, dejó caer decenas de pequeños abrojos antes de alejarse y lanzarle un chakram desde la distancia. La enorme estrella de metal se clavó en una de sus cabezas, pero no fue suficiente para matarlo. Adolorido, el monstruo dio un par de fuertes golpes contra el suelo con sus brazos. Con dificultad se sacó el chakram clavado, haciendo más grande la herida, que sangraba profusamente.

—¡Sí que te tomaste tu tiempo! —gritó Lyndon desde el piso superior.
—Sólo fueron unos segundos —respondió la muchacha con calma—. Pero tú sí que eres bueno para ponerte a salvo.
—Es un talento innato.

Con lentitud a causa de los abrojos, la bestia avanzó hacia la cazadora. Ésta sacó su arco largo y comenzó a lanzarle flechas famélicas. Había utilizado demasiado sus lanzadoras de cuero y sería peligroso desatar un disparo rápido nuevamente. Por otro lado, las saetas lanzadas con el arco largo tenían más potencia, por lo que causaban un daño relativamente alto.

—¿Es que este bicho no puede caer?
Un orbe arcano se estrelló en el costado del insepulto, sacándolo de balance ligeramente, aparte de desprenderle unos trozos de carne.

—Te dije que terminaría antes.
—Lo tuyo no era muy difícil...
—Para mí no, claro.

Un rayo de electricidad salió desde los dedos de la taumaturga e impactó a la enorme mole. Humo empezó a salir de ella, pero se resistía a caer.

—Vamos, pequeño cadáver, ¡Arrodíllate ante mí!

Lo único que consiguió fue que el insepulto centrara su atención en ella, por lo que, a pesar de la electrocución, avanzó para enfrentarla. Un par de boleadoras se enredaron en los brazos de la bestia, pero ni siquiera esas explosiones lo hicieron detenerse. De repente, varios trozos de madera saltaron por los aires al salir Kormac de su escondite. Sin perder tiempo, cargó contra la enorme bestia y la embistió. El golpe fue con tal fuerza que lo hizo caer de bruces.

—Así es como te quería.

La arcanista conjuró innumerables filos espectrales mientras agitaba su espada larga de un lado a otro. Los cortes limpios descuartizaron pronto las cabezas, mientras Kormac lo apuñalaba con su lanza en la espalda. Alice se limitó a dispararle saetas repetidamente en los hombros para evitar un contraataque. Lyndon en tanto bajó rápidamente para comprobar si había algo de valor entre los restos.

—¡Ja! ¡Hasta los monstruos como estos me obedecen! —exclamó Natasha.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó la cazadora, algo confundida.
—Le ordené que se arrodillara ante mí y así lo hizo.
—No se arrodilló. Fue Kormac quien lo embistió.
—Envidiosa.

Asustado, el poblador salió lentamente de su escondite y se acercó tímidamente hacia los aventureros.

—U... Ustedes son increíbles. Ser capaces de acabar con todos ellos...
—Gracias. Es un talento innato —respondió altanera Natasha.
—¿Y cómo es que aún sigues con vida? —preguntó el truhán—. Los aldeanos que metían a esas doncellas de hierro salían convertidos en zombis.
—Oí rumores sobre un tesoro gigante oculto aquí. Como un idiota, me tragué el cuento. No sé qué me hizo pensar que lo hallaría dentro de una doncella de hierro.

Un silencio de unos segundos invadió el lugar.

—¿Sabes? Mereces quedarte ahí dentro —dijo la arcanista, meneando la cabeza.
—No... No estarás hablando en serio.
—Fue muy estúpido lo que hiciste —añadió la cazadora—. Pero ya que estás libre, mejor sal y no te metas en más problemas.
—¿Y cómo lo hago?
—De la misma manera en que entraste. Además, ya nos encargamos de los cultistas y demás en el camino, así que te debería ser más fácil.

Asintiendo nervioso con la cabeza, el poblador subió corriendo la escalera y se alejó por el pasillo.

—Y yo que pensaba que los khazra eran idiotas... —comentó Lyndon.
—Espero que no meta la cabeza en uno de esos hornos buscando el tesroro —rió Natasha.
—Ese ya no es nuestro problema. Vámonos.

Los aventureros subieron de vuelta al pasillo, dejando atrás esa inmensa sala de muerte. Abrieron de un golpe la reja y bajaron por las escaleras que los llevarían al siguiente nivel de los calabozos.
Modificado por TswordZ#1445 el 30/10/2012 11:56 AM CST
Curiosamente, al salir del pequeño pasillo se encontraron de nuevo en las afueras. Un gran patio enbaldosado con cadáveres de aldeanos tirados por doquier les hizo recordar las Tierras Altas. Los aventureros estaban confundidos, tratando de figurarse en donde estaban exactamente. La cazadora se adelantó para observar el área un poco mejor.

—¿Están seguros que tomamos el camino correcto? —preguntó el truhán.
—No había otro —respondió el templario.
—O quizás no lo vimos... —sugirió la arcanista, que cerrando los ojos disfrutaba del aire fresco.

En un extremo del inmenso patio, Alice vio un puente que cruzaba una quebrada, pero lo que le extrañó fue ver a una persona con vida al lado. No parecía ser un cultista ni tampoco un guerrero ni nada parecido, aunque empuñaba una espada y murmuraba algo, absorto en lo suyo. La muchacha se le acercó.

—Estúpidos... ¿No pensaron que sabía cómo usar las armas que fabrico? Nadie puede traicionarme y salir con vida —decía el extraño, algo más fuerte.
—¿Quién eres y como es que estás con vida?
—Soy Kyr, el armero. Me contrataron para forjar armas.
—¿Creas armas para los cultistas?
—No sabía para quién eran, y como me pagarían un buen dinero, no le di importancia, sin embargo ahora quieren llevarse todo sin pagar.
—Creo que te molesta más el que no te paguen que el saber para quién forjabas —comentó la arcanista, que se había acercado.
—Dargón es un rufían traidor, pero le daré su merecido. ¡Ayúdame a buscarlo y te venderé a tí antes que a esos fanáticos!
—Si con eso podemos debilitar un poco a los cultistas, está bien. Te ayudaremos —aceptó Alice.
—Con o sin armas, esos fanáticos son igual de frágiles —sentenció Natasha, sonriendo.

Avanzaron por el puente. Era bastante más largo y alto que los anteriores, aunque se encontraba en mejor estado. En los bordes, había espacios para prender fuego, como antorchas enormes, y varias astas para estandartes, aunque de éstas ya no quedaba nada. Al final del puente vieron un enorme grupo de guerreros y lanceros khazra del clan lunanegra acompañados por varios cultistas oscuros.

—Son muchos. Costará abrirse camino —comentó el truhán.
—Déjenmelo a mí —dijo la arcanista, adelantándose.

Los guerreros faunos, al verla, corrieron a cerrarle el paso. Los lanceros, desde la retaguardia, comenzaron a lanzarle picas. Desenvainando su espada larga con una sonrisa, la muchacha dio un salto y clavó su arma en el suelo llegando ya casi al final del puente. La onda expansiva resultante mandó a volar a todos los khazra cercanos, cayendo por el acantilado varios de ellos. El mismo puente tembló y dejó caer al precipicio varias columnas de polvo. Las lanzas se devolvieron por el impacto, clavándose éstas en los faunos que las habían arrojado.

—¿Cómo se te ocurre usar eso en un puente? ¡Pudiste echarlo abajo! —le increpó la cazadora a su compañera.
—Me alegro que empieces a reconocer mi poder —dijo ésta con una sonrisa.
—Me parece que lo que se refiere tu amiga es que... ¡Aún estamos en él!
—No hay tiempo. Vienen por más.

Antes que Natasha conjurara algo, Kormac cargó contra el cultista que estaba comandando a los khazra, embistiéndolo. Los demás siguieron su ejemplo y abandonaron el puente. La cazadora lanzó varias granadas para desorientar a las bestias. Lyndon concentró sus flechas en los cultistas mientras la arcanista lanzó un orbe al primer grupo de enemigos que se formó. El armero alcanzó a causar un par de cortes con su espada antes que cayeran todos los enemigos ante el poder de los aventureros.

—Así es cómo se hace —exclamó el truhán.
—Ese traidor de Dargón no está aquí. Sigamos avanzando.
—Un momento.
Modificado por TswordZ#1445 el 30/10/2012 12:06 PM CST
De pie frente a una estatua, sin hacer mucho esfuerzo en esconderse, se encontraba otra persona, aunque ésta parecía familiar.

—¿Radek?
—¡Lyndon! ¿Qué haces aquí?
—No soy de quedarme mucho en un mismo lugar. Ya me conoces. Y tú, ¿Sigues con tu negocio?
—Sí, aunque he... tenido que cambiar de sucursal.
—¿Qué es lo que haces aquí? —interrumpió la arcanista.
—Esos fanáticos me secuestraron... y me trajeron aquí.
—Tú eras el perista de Nueva Tristram, ¿No es así? —recordó la cazadora
—¿Eh? Bueno, yo...
—¿Entonces has estado aprovisionando a los cultistas? —preguntó Kormac de forma severa.
—¡Claro que no les vendí ningún artículo a los monstruos inhumanos! ¡No me gusta esa mirada de sospecha! Pero ya que viniste, ¿Por qué no compras algo?
—Hmmm, veamos qué tienes de valor —dijo el truhán.
—Tú aléjate, Lyndon. A menos que me traigas algo nuevo, es muy peligroso tenerte cerca.
—¿Entonces éste es el negocio que decías tenías en Nueva Tristram? —inquirió el templario—. ¿Tú eres quién lo abastece?
—No me mires así. Todo lo que he obtenido ha sido de esos crueles y desalmados cultistas. No hay crimen en ello, ¿No?
—Ya basta —interrumpió Alice—. Hemos perdido demasiado tiempo.
—Pero al menos comprenme algo...
—Te compramos la libertad —dijo Natasha, sonriendo—. Ahora puedes volver al poblado.
—Ehh, sí. Gracias, supongo.

Otro puente conectaba el pequeño patio con tierra firme. Un hombre parecía hacer guardia ahí, pero se alarmó al ver al herrero y corrió hacia el interior.

—¡Es él! ¡No te me escaparás!

El rufián corrió hacia un cultista que se encontraba junto a un par de vesánicos oscuros. Éste no le prestó mucha atención a su angustia y le dio la espalda.

—¡Amo, ayuda! ¡Ese armero enfurecido quiere mi cabeza! —suplicó el rufián.
—Idiota, ¿Qué te hace pensar que me importa tu vida? Mátenlo, esclavos —dijo el cultista desquiciado.
—Ese es el resultado de unirse a gente así... —murmuró la cazadora.

Desesperado, el estafador sacó un cuchillo, pero al ver al armero que corría hacia él con su espada en alto, dio la vuelta y huyó. Sin embargo, no alcanzó a correr mucho pues una flecha incapacitante se le clavó en la rodilla, haciéndolo caer y convirtiéndolo en presa fácil para Kyr. En tanto, los vesánicos fueron a enfrentar a los aventureros. Kormac detuvo de una embestida al primero, mientras el otro recibió una daga en la frente. Aún así, pudo mantenerse en pie, pero varias boleadoras se le enredaron en los brazos y cuello. La explosión lo hizo caer de rodillas y una serie de filos espectrales lo acabó. Por otro lado, el templario había conseguido herir gravemente al demonio causándole varios cortes en el abdomen mientras esquivaba los ataques. Entonces el vesánico levantó el brazo para lanzar un ataque pesado con su maza, pero fue empalado por la lanza de Kormac y decapitado por el chakram de Alice, cayendo de espaldas. El cultista, furioso, se lanzó contra el templario, pero éste lo derribó de un golpe de un escudo para luego empalarlo con la lanza.

—Ahora que Dargón murió nadie cuestionará mi reputación ni mi propósito —dijo Kyr—. Mira mis productos, ¡No hay nada mejor!
—Me llevaré todo —respondió Lyndon, frotándose las manos.
—Mejor no —lo alejó Natasha—. Dudo que vayas a pagar por esos artículos.
—Si tienes algún arco o ballesta, podría serle útil a nuestro amigo aquí —dijo la cazadora, señalando al truhán.
—Lo siento, yo no forjo armas de rango.
—Entonces me temo que será en otra ocasión. El único que utiliza ese tipo de armas es nuestro templario, y ya está bien equipado.
—Suerte vendiéndole a los cadáveres —se burló Natasha como despedida.

Los aventureros se dirigieron hacia una puerta ornamentada en el muro de piedra. Tenía un par de antorchas a los lados y la mitad del cuerpo de un demonio esculpida sobre ella. Era el único camino que podían seguir por el momento.

—¿No fue un poco cruel decirle eso? —le cuestionó Kormac a la arcanista.
—Se lo merece. Iba a forjarle armas a los cultistas. Nadie sería tan estúpido para no reconocer a uno.
—En eso tienes razón.

Uno a uno entraron. Kormac en vanguardia, listo para enfrentar cualquier amenaza, seguido por los otros. Alice se quedó al final, asegurándose que no hubiera una emboscada por la retaguardia mientras golpeaba la mano de Lyndon que sigiloso trató de robarle la bolsa de oro.
Excelente iniciativa! Yo estoy estudiando Letras y me vendría muy bien hacer una práctica de escritura. Tal vez tu proyecto me motiva y arranco a escribir algo. Es bueno ver un poco de cultura y productividad por estos lares. Saludos!
Gracias. Sip, es bueno practicar con una historia. Ésta empezó después de probar el fin de semana de beta y... ha salido más material del que imaginé en un principio XD
Bueno, ya recuperado de la gripe puedo volver a escribir. Trataré que salgan los posts más seguidos, aunque sean en menor cantidad por vez :-)

Una profunda oscuridad los envolvió, contrastando enormemente con la claridad del exterior. Unas cuantas antorchas en las paredes de piedra impedían que la oscuridad cubriera completamente el lugar. Las llamas azulinas se agitaban levemente, como si fuesen fuegos fatuos. El diseño de las rejas hacía notar que esta fue una prisión en su tiempo. Los aventureros avanzaban despacio y atentos. El ambiente lóbrego y el vibrar de las llamas creaban sombras falsas que la mente podía percibir como criaturas viles. Aunque era fácil caer presa del miedo, la férrea voluntad y determinación del templario lo mantenían enfocado. La arcanista, aunque sabía que cualquier cosa podría aparecer de improviso, confiaba en su poder para enfrentarlo. El truhán, aunque no tan poderoso ni determinado, estaba acostumbrado a moverse en la oscuridad. Para Alice el único cambio fue prestar mayor atención ante la facilidad de montar una emboscada en este lugar.

—Nunca me gustó mucho la prisión —comentó el truhán, mientras miraba alrededor.
—No sería mala idea dejarte aquí un rato —sonrió la arcanista—. Así no me vería obligada a mantener mi armadura glacial para evitar me robes.
—Qué graciosa...

Un ligero gemido a la derecha los alertó. La cazadora disparó una saeta a la silueta traslúcida que se apareció, pero al acercarse ésta notaron que llevaba su propia cabeza agarrada del pelo con su mano derecha. Para su sorpresa, el espíritu no se volvió hostil y les dirigió la palabra con una voz apenada de ultratumba.

—Soy Asylla, antes reina de nuestro amado Leoric. Su locura me consumió junto con mis siervos.
—¿Aún su espíritu ronda por aquí? —exclamó el truhán.
—La gran cantidad de injusticias cometidas en este lugar impiden a los espíritus descansar —aclaró el templario.

El fantasma de la reina levantó su otra mano hacia ellos y un suave resplandor los envolvió.

—Pueden partir con mi bendición, cruzados. Acaben con el tormento eterno de mi pueblo.
—¿A qiué se refiere? —preguntó Lyndon.
—Aún hay más como ella —respondió la cazadora—. Espíritus que no pueden encontrar reposo.
—¿Entonces tendremos que recorrer toda la prisión?
—Es nuestro deber liberar a sus espíritus de las cadenas que los mantuvieron aquí todos estos años —dijo la arcanista—. Ya han sufrido demasiado.
—Está bien. Supongo que así tendré más oportunidades de encontrar algo de valor.

Abrieron la enorme puerta de hierro que daba acceso al Baluarte Maldito. La cerradura no supuso un gran problema para Lyndon, quien se sentía cómodo haciendo esto. Sin embargo, contrario a lo que esperaban, al otro lado se encontraron con una gran cantidad de esqueletos animados; los restos de aquellos soldados que se rebelaron contra Leoric, o que éste consideró traidores en su paranoia.

—Pensé que Leoric sólo había encarcelado aldeanos. —comentó el truhán.
—Nadie se salvaba de su locura, excepto Lázaro, que fue el que instigó todo.
—¡Los muertos descansarán tras cruzarse con nosotros! —gritó Kormac mientras cargaba contra los más cercanos.

El templario estrelló su escudo contra los de los desertores encarcelados. Éstos trataron de golpearlo con sus espadas, pero rápidamente Kormac dio un pequeño salto hacia atrás y contraatacó con una estocada de su lanza. Aprovechándose de su mayor rango, el guerrero los mantenía a distancia, haciendo retroceder a los que se acercaban con un golpe de escudo, aunque esta vez eran menos efectivos dado que los oponentes también usaban uno. Desde más atrás, varios cazadores furtivos encarcelados disparaban flechas a los aventureros. Exceptuando a Kormac, que continuó luchando contra los desertores, los demás se pusieron a cubierto tras la pared de piedra de la entrada. Lyndon no se quedó así nada más y les devolvía el fuego, aunque no con la misma medida.
—La seguridad de la prisión de Leoric no era tan buena si todos sus prisioneros están fuera —comentó el truhán.
—No creo que tus flechas sean capaces de atravesar esos escudos. Tendrás algo de problemas, ¿No, Alice?
—Siempre apunto a la cabeza, así que no me afecta, pero considerando tu puntería con tus proyectiles mágicos...
—Je. El escudo puede ser resistente, pero veamos el que se oculta atrás.
—Me imaginaba que romperías todo nuevamente.
—A veces es necesario para avanzar.
—¡¿Podrían dejar de hablar y ayudarme con nuestros amigos esqueléticos?! —interrumpió Lyndon.

Ambas muchachas se miraron en silencio unos momentos antes de esbozar una sonrisa.

—¿Preparada?
—Desde siempre.

Repentinamente la arcanista se dejó ver en la puerta, lanzando un orbe arcano. Los esqueletos con escudo, incluso a pesar de su armadura, se vieron debilitados por la explosión y retrocedieron un par de pasos, momento en que Alice aprovechó de clavarles en sus frentes varias flechas famélicas que, traspasando los cráneos, buscaban nuevas víctimas. Natasha conjuró entonces un torrente arcano que destrozó a todos los esqueletos frente a ella. Varios de los cazadores furtivos se vieron atrapados entre las explosiones y también fueron destruidos. Ante el cese de los disparos, la cazadora no tuvo problemas para cargar su ballesta y lanzar boleadoras a los arqueros enemigos. Las sucesivas explosiones hicieron saltar trozos de hueso por todos lados. Corriendo por el pasillo, Natasha canalizó su poder a través de su espada para conjurar ciclones energéticos frente a las celdas donde estaban los esqueletos. Incluso estando cerradas algunas de ellas, de igual manera los saeteros disparaban sus flechas a través de los barrotes. No obstante, esas puertas herrumbradas no eran protección suficiente contra los arremolinados vientos de energía arcana. Luego de hacer saltar la puerta, los esqueletos quedaban indefensos en sus pequeñas celdas ante los ciclones que, lenta pero inexorablemente, destrozaban los huesos de los encerrados allí.

—¿Qué te pareció eso?
—Vas mejorando tu eficiencia, Natasha —respondió la cazadora, pasando calma a través de los desertores encarcelados con los que luchaba Kormac.

Una serie de detonaciones provenientes de las granadas que Alice había dejado caer mientras caminaba acabó con los oponentes del templario, quien alcanzó a atravesar el cráneo a un último esqueleto antes de que cayeran todos.

En una de las celdas hallaron un espíritu rondando un esqueleto en el suelo. No se inmutó al acercársele la arcanista, que lo observaba atentamente.

—Este debe ser uno de los espíritus en pena —murmuró el templario.
—Bien, entonces hay que liberarlo. Adelante muchachas.
—¿Alguna idea cómo hacerlo? —preguntó Natasha.
—Quizás si mueves un poco sus huesos... —sugirió el truhán.
La arcanista movió con el pie la pelvis del esqueleto. El espíritu se impactó y detuvo su ronda.

—¡Idiota! ¿Cómo se te ocurre perturbar así a los muertos?
—Perdona, pero la nigromancia no es lo mío.
—Mejor pidele disculpas, antes que nos ataque también.
—¿Y si vuelvo a dejar el esqueleto en su sitio?
—¡No lo muevas más!
—Vale, vale. Lo siento. Sólo venía a tratar de liberarte...

Al levantar su mano hacia el espíritu, ésta brilló ligeramente y el fantasma abrió los brazos.

—Libertad... la tan ansiada... libertad...

Se desvaneció al terminar de hablar y sus huesos comenzaron a disolverse rápidamente, dejando un resto de polvo en su lugar.

—Pues vaya, no era tan difícil —se dijo Natasha, mirándose la mano.
—Las cosas suelen ser fáciles una vez sabes cómo hacerlas —sentenció Alice—. Bien, en marcha.
—¿Y ahora hacia dónde? —preguntó la taumaturga al ver que las celdas se extendían hacia todas direcciones.
—Vamos al norte —respondió la cazadora.
—¿Y para dónde queda eso desde aquí? —preguntó Lyndon.
—¿Alguien trajo una brújula?
—Sólo síganme —suspiró Alice.

Natasha se puso a su lado y a medida que iban caminando por los pasillos, en las celdas que veían oponentes disparaban boleadoras si estaban en el lado de Alice u orbes arcanos si estaban en el lado de Natasha. Sin embargo, a pesar de la contundecia de los ataques la arcanista recibió tres impactos de flecha que su armadura glacial apenas pudo detener.

—Pensaba que eso te protegía más de los ataques cuerpo a cuerpo —comentó su compañera.
—Pues sí, pero con el riesgo de que algún ratero me robe, tuve que hacerlo más sensible —contestó ésta, sacándose las flechas congeladas que quedaron pegadas en su piel y armadura—. Tendremos que ir más rápido.

Ambas muchachas echaron a correr a través de los pasillos lanzando sus cargas hacia dentro de las celdas. El templario las seguía desde atrás, protegiéndose de los proyectiles con su escudo mientras el truhán se mantenía tras él para evitar los disparos.

—Tardaremos mucho así. Mejor separémonos —sugirió Alice.
—Excelente. Así no tendré que reprimirme para acabar con estos delgaduchos.
—¡Eh, Kormac! —gritó hacia atrás—. Nos encargaremos de los prisioneros por separado. Ustedes encárguense de los esqueletos restantes.

Llegando al final del pasillo, ambas muchachas corrieron hacia lados opuestos, listas para liberar a los demás espíritus en pena y destrozar a los esqueletos alzados.
Un grupo de desertores encarcelados salieron al paso de la arcanista, pero ésta se deshizo de ellos con un orbe arcano. Las espadas y yelmos oxidados saltaron por los aires mientras los huesos caían en pedazos al suelo. El diseño de la prisión era rectangular, con varios pasillos que la atravesaban dejando celdas a ambos lados. El lanzar orbes arcanos y ciclones al interior de éstas la iban agotando. Realmente era una forma rápida de eliminar a los esqueletos alzados, pero mantener el ritmo iba haciéndose más difícil. Afortunadamente, varias celdas permanecían vacías, dándole así un respiro. No obstante, no todos los muertos vivientes estaban encerrados. En la mitad del pasillo encontró a un grupo de verdugos retornados. Éstos parecían mucho más fuertes. Aparte de la armadura que los recubría y la gran hacha doble que arrastraban debido a su peso, los verdugos despedían un aura mágica siniestra, distinta a la de los demás.

—Entonces ustedes ejecutaban a los prisioneros, ¿no? Aunque sea tarde, ahora recibirán su merecido.

En tanto la cazadora se detuvo al inicio del siguiente pasillo. Una gran cantidad de esqueletos vagaban fuera de las celdas. La mayoría eran desertores con espadas y cazadores furtivos armados con arcos. Aunque en un primer momento pensaba deshacerse rápidamente de ellos usando las boleadoras, en este caso se encontraban bastante separados unos de otros para llevar a cabo su plan, por lo que, dando un suspiro, guardó su ballesta bajo su capa y desenfundó sus lanzadoras de cuero. Dada la poca percepción de los esqueletos, aprovechó el momento para revisar y reforzar un poco sus armas. Éstas en especial habían sido usadas con asiduidad y comenzaba hacerse riesgoso el utilizarlas sin darle una mentención previa. Hizo unos ajustes y luego apuntó hacia el grupo. Se agachó un poco para resistir mejor el retroceso de su disparo rápido y apretó los gatillos. El torrente de flechas destrozó al cazador furtivo más cercano y continuó su camino. Tres esqueletos fueron destrozados antes que uno de los desertores reaccionara y se protegiera con su escudo. Alice no se inmutó y simplemente fue haciendo leves movimientos para dirigir el torrente de saetas en llamas hacia los objetivos más vulnerables. Los cazadores furtivos eran los más afectados al carecer de protección. Los desertores caían en menor cantidad, ya que sólo eran golpeados los que no reaccionaban a tiempo y no subían su escudo. Sin mucho de qué preocuparse, Alice continuó disparando.

Natasha lanzó un orbe arcano hacia sus oponentes. La bola de energía rojo carmesí impactó con fuerza en el verdugo más cercano, pero la explosión sólo lo hizo retroceder unos pasos al igual que a los esqueletos cerca de él. La arcanista sonrió al ver a los enemigos recuperándose rápidamente y esforzándose en avanzar arrastrando esas pesadas hachas, que sacaban chispas al irse raspando con el suelo de piedra. La taumaturga entonces puso sus manos al frente y conjuró un rayo gélido. Con la potencia aumentada, pasado un par de segundos el primer verdugo se vio considerablemente ralentizado al ser cubierto por una capa de hielo. Los otros comenzaron a aventajarlo en distancia, por lo que la muchacha fue repartiendo el rayo entre ellos. Pensaba en un principio que los esqueletos estallarían por el frío glacial, pero a medida que se acercaban se dio cuenta que calculó mal su resistencia. Para acabar con esto, esperó hasta que uno de ellos estuviese suficientemente cerca y cuando sucedió, desplegó una serie de filos espectrales sobre el esqueleto casi congelado. No obstante, éste resistió los finos cortes y tomó la pesada hacha con las dos manos.

—Rayos...

Por mientras, Kormac y Lyndon revisaban uno de los pasillos. Alguna de las aventureras ya había pasado por aquí, como demostraba la cantidad de huesos rotos y restos de armadura esparcidos por el suelo.

—Seguro algo de esto aún tiene valor —dijo Lyndon mientras revisaba los restos.
—Tú no tienes honor —le reprendió Kormac, mientras miraba alrededor en busca de prisioneros.
—Lo malo de ser tan correcto y honesto y todo eso es que no tiene nada de diversión.
—Tonterías. Para mí es un honor cumplir con los votos de mi orden.
—¿Sí? ¿Y cuáles son?
—Servir con devoción y olvidar los placeres de la carne.
—¿Carne? ¿Hablas de mujeres? Ja ja ja ja ja ja ja.
—¡Alguien como tú jamás podría entenderlo!

Contrariado, el templario avanzó solo, dio la vuelta al final del pasillo y comenzó a inspeccionar las celdas del corredor del lado. En medio había un invocador torturado rodeado de varios desertores y un puñado de cazadores furtivos. Apretó su escudo y cargó con su lanza al frente en contra del invocador.
Tres desertores se pusieron en frente para proteger a su maestro, pero la potente carga de Kormac los hizo retroceder casi un metro. Los cazadores furtivos dispararon sus flechas, clavándose varias en el escudo del templario. Éste ignoró las demás y lanzó una fuerte estocada con su arma que destrozó el cráneo de uno de los desertores. Al ver que el invocador se alejaba el guerrero trató de alcanzarlo, pero los esqueletos lo bloqueaban con sus propios escudos. Kormac entonces comenzó a lanzar mandobles con su lanza, decapitando a los esqueletos frente a él. Un par de flechas se clavaron en su brazo derecho, pero ignorando el dolor, el guerrero avanzó un poco más, destrozando el torso de uno de los cazadores con un golpe de lanza. No obstante, el invocador no perdió más tiempo y conjuró un esqueleto detrás de Kormac. Éste lanzó un amplio mandoble destrozando el cráneo del desertor recién creado antes de que tuviera tiempo de levantar su escudo. Varios golpes de espada en su escudo lo hicieron retornar la lucha al frente. Aunque no tan fuertes, la sucesión de ataques que iba recibiendo iban debilitando lentamente su brazo. Molesto por la situación, se agachó un poco para luego impulsarse hacia adelante y arriba con su escudo, rompiendo la defensa de varios desertores. Lanzó un par de estocadas pero también recibió tres flechas que se clavaron en su armadura. Rompió los virotes al bajar el brazo del escudo y de un mandoble destrozó el cráneo de un cazador al tiempo que otro desertor era creado a sus espaldas.

Con fugacidad la arcanista esquivó apenas el ataque del verdugo. El hacha partió una losa de piedra en dos al chocar con el suelo. Irritada por la resistencia de sus oponentes, la muchacha desplegó unos cuantos filos espectrales más antes de retroceder.

—¿Qué se creen estos esqueletos? ¿Que son oponentes para mí?

La muchacha conjuró un par de ciclones energéticos, cuyos arremolinados vientos envolvieron a los verdugos. No obstante, la suma de su resistencia junto al poco tiempo que fueron expuestos a la tormenta energética, ya que continuaron avanzando hacia adelante, impidieron fueran destruidos. Para peor, los ciclones derribaron las rejas que mantenían a los demás esqueletos encerrados, llenándose rápidamente el pasillo de enemigos.

—¡Ahora sí que me hicieron enojar! —gritó Natasha poniendo ambas manos hacia el frente.

Acumuló todo su poder en ellas para luego lanzar un torrente arcano hacia sus oponentes. Todos ellos quedaron cubiertos por las sucesivas explosiones de aquellos innumerables proyectiles mágicos. El crujido de los huesos rompiéndose se mezcló con el de las detonaciones y el de los escasos muebles formando un caos sonoro y visual al volar trozos de hueso, armadura, piedra y madera por todos lados. Repentinamente, de entre la nube de polvo levantada, surgió uno de los verdugos que lanzó un gran ataque vertical. La arcanista no alcanzó a evadirlo completamente y el filo destrozó una de sus hombreras, haciéndola caer por la fuerza del impacto. Irritada, desde el suelo lanzó un orbe arcano, cuya explosión detuvo al esqueleto: Levantándose rápidamente y aún furiosa, lanzó dos orbes más que consiguieron destruir a dos de los verdugos. El último, desde más atrás, avanzaba lentamente arrastrando su hacha doble. Ya casi sin energía para conjurar otro orbe, la arcanista le lanzó un proyectil mágico, cuyo estallido potente le destrozó el cráneo.
Molesta por lo que le costó vencer a aquellos verdugos, la muchacha avanzó por el pasillo lanzando resoplidos. Tan absorta estaba en sus pensamientos sobre el combate anterior que casi pasó de largo a uno de los fantasmas de los prisioneros. Como el anterior, se encontraba rondando su propio esqueleto, en un triste ritual. Lo tocó con una mano y ambos brillaron, levantando los brazos al cielo el espíritu.

—¡Gloria a Akarat! —exclamó antes de desvanecerse.

Algo más animada, Natasha continuó buscando entre las celdas. Un puñado de esqueletos había sobrevivido al torrente arcano, pero con unos cuantos filos espectrales, sus huesos se reunieron con los de sus compañeros caídos.
Pues no. La idea de postear al menos una página diaria no resultó :-/

Había olvidado lo que ocurrió con el hilo de rol de Starcraft 2. Realmente la inspiración no se consigue todos los días, por lo que avanzar diariamente no es posible. Volveré al método anterior, con un texto más largo cada cierto tiempo. Y una que otra iluminación que me permita escribir unas 8 páginas de una vez XDD

El templario en tanto luchaba por alcanzar al invocador esquelético. Aunque destruía a sus creaciones más rápido de lo que los creaba, eso no quitaba que conseguía retrasarlo bastante. Las flechas de los cazadores seguían siendo una molestia, pese a que la mayoría impactaba la armadura del guerrero. Aun así el daño se iba acumulando. Kormac había recibido varios cortes en la cara y brazos y unas saetas habían impactado en su pierna y brazo derechos, pero no por eso dejaba de atacar. Varios cazadores habían caído por la fuerza de su lanza y había pillado desprevenidos a algunos desertores con escudo. No obstante, éstos comenzaban a rodearlo lentamente mientras le asestaban fuertes golpes de espada, que en su mayoría rebotaban en su escudo heráldico, que ya comenzaba a mostrar signos de desgaste ante los ataques recibidos.
Heroicamente el templario resistía y más aún, se las arreglaba para avanzar entre la marea de esqueletos alzados. De vez en cuando, ejecutaba una fuerte carga con su escudo que sacaba de balance a los retornados, momento en el cual asestaba una certera estocada en el ahora vulnerable torso de su oponente. Un golpe repentino en su espalda interrumpió su avance. Se dio vuelta rápidamente y lanzó un mandoble, pero rebotó en el escudo metálico de un desertor esquelético. En ese momento se dio cuenta que había sido totalmente rodeado. Lejos de amilanarse, Kormac comenzó a lanzar estocadas en todas direcciones, mientras giraba para rechazar con su escudo la mayor cantidad de golpes posibles. Aún así, no podía evitar varios de ellos lo hirieran. Para empeorar las cosas, el invocador conjuró un par más de desertores, que se unieron a sus compañeros. El hechicero esqueleto iba a conjurar otro siervo más, pero una flecha se clavó certeramente en una de las cavidades orbitales, interrumpiéndolo.

—Se te ve algo ocupado. Parece que tu popularidad ha aumentado —dijo burlón el truhán, desde el extremo del pasillo.

Kormac no respondió. Aunque le molestaba la actitud de Lyndon, ahora mismo debía concentrarse al máximo para evitar los golpes y encontrar aperturas en las defensas de los desertores.

—Se ve que no llegarás a ningún lado sin mi ayuda. Me deberás una por esto.

El truhán, aprovechando que los retornados se encontraban de espalda hacia él al enfrentar éstos a Kormac, comenzó a disparar saetas en los cráneos descubiertos de los esqueletos. Rápidamente su número disminuyó ante el ataque impune de Lyndon, permitiendo al templario concentrarse en los enemigos que tenía al frente. Los cazadores comenzaron a lanzar sus flechas hacia el truhán, pero éste esquivó las primeras sin mucho problema y luego comenzó a moverse de aquí para allá, arruinando por completo la puntería de sus oponentes. De vez en cuando se detenía un momento para dispararle una saeta a uno de ellos, que caía hacia atrás con su frente perforada. El invocador continuaba conjurando esqueletos, pero rápidamente se iba quedando sin defensores.

—Realmente mejoró la situación desde que llegué, ¿No, Kormac?
—Esto aún no termina.

Unos gruñidos se sintieron al comienzo del pasillo y Lyndon miró atrás. Tres horrores obesos se acercaban hacia él. Preocupado, el truhán comenzó a caminar hacia adelante mientras disparaba rápidamente saetas a los cazadores.

—Sería bueno te apuraras con eso —le dijo al templario.
—Eso es lo que estoy haciendo —respondió éste, mirando hacia atrás —. ¿De dónde salieron esos?
—Creo que me estaban siguiendo...
—Y decías que habías mejorado la situación con tu presencia...
Los cazadores furtivos disparaban sus flechas hacia la atacante, pero casi ninguna daba en el blanco. Alice simplemente movía el cuerpo para recibir el impacto en la armadura, haciendo rebotar la flecha mientras continuaba disparando. Pronto sólo quedaban un grupo de desertores con escudo y un par de arqueros esqueléticos que se protegían tras los primeros. La cazadora dejó de disparar y enfundó sus ballestas de mano. Con calma caminó hacia ellos, haciendo leves movimientos para esquivar las pocas flechas que le lanzaban. De improviso, escuchó unos suaves pero rápidos pasos detrás suyo. Se dio vuelta y vio a una criatura similar a un necrófago saltando hacia ella con una espada con muescas en alto. En sólo un momento, la sangre saltó por los aires y el cuerpo del muerto vivo cayó pesadamente a tierra. Varios necrófagos avanzaban rápidamente hacia ella desde el extremo del pasillo. Con el chakram en la mano, que aún goteaba con la sangre del muerto, la cazadora dio una vuelta para lanzarlo con fuerza hacia los enemigos. La hoja giratoria decapitó a tres de ellos e hirió a cuatro más. Sacó su ballesta y cargó unas boleadoras, pero en ese momento dos flechas la impactaron en el hombro. La armadura hizo rebotar uno de los virotes, pero el otro consiguió !@#$trar, hiriéndola levemente. Incómoda al ser atacada a dos bandas, lanzó tres granadas con su brazo herido a los esqueletos antes de sacarse la flecha clavada, para luego disparar una boleadora a los necrófagos. Aunque la bomba se enredó exitosamente en uno de ellos, otro se adelantó y saltó sobre la muchacha. Ésta lo esquivó y le disparó otra al tiempo que las granadas hacían explosión, interrupiendo a los esqueletos. El necrófago, aún con la boleadora al cuello, saltó sobre la cazadora, pero ésta dio una voltereta, alejándose de la inminente explosión. Aunque habían caído dos de ellos, el resto corrió igualmente hacia la muchacha. Alice entonces guardó la ballesta bajo su capa y dispersó abrojos alrededor de ella. Cuando los muertos vivientes se acercaron, desenfundó sus lanzadoras de cuero y, dando una voltereta hacia atrás, disparó repetidamente en el aire a sus persecutores. Con el salto, consiguió evadir un par de flechas que le habían lanzado los cazadores furtivos restantes. Al aterrizar, lanzó sus armas hacia arriba y rápidamente cargó su ballesta con otra boleadora, que disparó al grupo de necrófagos que se había reunido al ser ralentizados por las púas curvadas de los abrojos. Guardó la ballesta y cogió las lanzadoras de cuero al vuelo, con las cuales comenzó a disparar a los esqueletos. Los desertores se protegían bien tras sus escudos, por lo que las flechas rebotaron en éstos. Entonces Alice tomó impulso e hizo una acrobacia sobre ellos, disparándoles desde el aire. Dos desertores cayeron abatidos por las saetas que se clavaron en sus cráneos. Al aterrizar, la cazadora había quedado en la retaguardia de sus enemigos, por lo que sin perder tiempo les disparó con sus lanzadoras de cuero. Tanto los arqueros como varios de los desertores cayeron en segundos, quedando sólo un par de estos de pie, al voltearse a tiempo para protegerse con sus escudos. Con una leve sonrisa de seguridad, Alice enfundó sus ballestas y simplemente dejó caer varias granadas a los pies de los esqueletos. Las explosiones acabaron con éstos junto con dos necrófagos que habían sobrevivido a las boleadoras y aún perseguían a la cazadora.
Ya con el lugar libre de enemigos, buscó con calma entre las celdas a algún prisionero. En una del medio halló a un espíritu rondando su cadáver. La muchacha se acercó y lo tocó, a lo que el espíritu levantó los brazos mientras se desvanecía.

—Libertad... ¡Al fin, libertad!

Sólo un poco de polvo quedó de éste, pero al fin descansaba en paz. Alice, ya habiendo revisado el pasillo, se dirigió al siguiente.

Lyndon en tanto comenzaba a asustarse al verse rodeado. Por más que le disparaba flechas a los horrores, éstos no se detenían. Untó varias con veneno y las lanzó, pero sabía que aunque los debilitara, llevaría algo de tiempo. Viendo a Kormac más preocupado de alcanzar y derrotar al invocador le disparó varias flechas a éste, pero aunque dieron en el blanco no lo hicieron caer. El guerrero entonces embistió con fuerza a los desertores enfrente suyo, haciéndolos tambalear, momento que aprovechó para ponerse al lado del invocador. Éste lanzó una bola de energía al templario, pero Kormac se protegió con su escudo y comenzó a lanzarle numerosas estocadas con su lanza. El hechicero retrocedía por la cantidad de golpes recibidos, pero el guerrero no se detenía. Una flecha que impactó certeramente en la frente del invocador al tiempo de una embestida de Kormac lo hicieron caer. Ya en el suelo, el templario no tuvo problemas para eliminarlo clavándole la lanza en el cráneo, que se partió en pedazos.

—¡Bien hecho! Ahora encárgate de estos barrigones —rogó Lyndon mientras huía de ellos.
El guerrero se dio vuelta para prestarle ayuda, pero tres golpes de espada lo retuvieron.

—Aún tengo que acabar con estos desertores —explicó—. Tendrás que encargarte tú de ellos.
—Pues no eres de mucha ayuda...

El truhán disparó un tiro incapacitante en la pierna de uno de los horrores, pero apenas surtió efecto en aquella enorme bestia. Al ver que nuevamente Kormac había sido rodeado, disparó unas cuantas saetas a los atacantes que le daban la espalda. Con eso, pudo eliminar a tres de ellos. Entre tanto uno de los horrores se le acercó, pero en vez de golpearlo con sus brazos, hizo aparecer de su cuerpo numerosas púas de hueso. Lyndon se tiró al suelo para evitarlas disparando otra flecha perforante, pero ahora en la otra pierna. Luego echó a correr, aliviado de al menos haber ralentizado a uno. El templario, al tener menos oponentes, pudo concentrarse mejor en los que quedaban, consiguiendo repeler los ataques que le lanzaban. Aprovechando la abertura que dejaban en su defensa al hacerlo, los contraatacaba con una estocada de su lanza que les destruía el torso o el cráneo. Él mismo quedaba al descubierto al ejecutar el contraataque, pero tenía más reflejos y velocidad, por lo que rápidamente se ponía a cubierto, evitando recibir golpes.

Natasha en tanto estaba revisando el último pasillo. Como suponía, estaba lleno de esqueletos retornados, quienes se dirigieron hacia ella al verla. La arcanista sonrió y, canalizando su energía a través de su espada larga, conjuró tres ciclones energéticos. Las tormentas arcanas se posicionaron como una muralla de vientos arremolinados que avanzaba lentamente. Los necrófagos, desesperados por carne humana, fueron los primeros en ser desgarrados por los vientos. Uno de ellos consiguió pasar, aunque no sin grandes heridas, pero fue detenido en seco por un proyectil mágico lanzado por la taumaturga, que avanzaba siguiendo sus ciclones. A sus pies iban quedando tan sólo los restos de los huesos y armaduras de sus oponentes. Ni siquiera los escudos metálicos de los desertores podían protegerlos de las corrientes de energía tempestuosa.
No obstante, la imprudente joven no se percató que dentro de las celdas aún habían cazadores furtivos retornados. Al llegar al medio del pasillo, éstos se dejaron ver y dispararon sus flechas al unísono. Natasha vio el movimiento por el rabillo del ojo y por la sorpresa dejó caer su espada al tiempo que liberó su energía por todo su cuerpo para protegerse. Al hacerlo, el aire pareció cambiar a su alrededor. Todo se veía difuminado, pero lo que era más sorprendente fue que las flechas, al entrar a esa zona, se vieron ralentizadas de manera tal que prácticamente se podían tomar con la mano. Miró a su lado y vio que también su arma caía lentamente, como si el tiempo casi no avanzara.

—Hmph, casi había olvidado esta sensación —dijo para sí la arcanista, cerrando los ojos y disfrutando el momento.

Aún dentro de la burbuja temporal, ella podía moverse normalmente, pero sentía que no podría mantener el conjuro mucho tiempo.

—Es bueno estar de vuelta —gritó al tiempo que bajaba sus brazos de golpe y desataba una onda expansiva.

La repentina explosión de energía envió de regreso las saetas a sus cazadores, azotándolos contra las rejas de acero, rompiendo sus huesos. Su propia espada salió disparada con tal fuerza que traspasó el escudo de uno de los desertores y lo golpeó en el torso, destrozándolo.

—Ups, creo que me sobrepasé un poco.

La muchacha caminó por los pasillo con sus manos envueltas en energía, lanzando proyectiles a los pocos esqueletos que habían sobrevivido a la explosión de saetas y a un par de desertores que se habían escondido en las celdas. Los ciclones se deshicieron al chocar contra la muralla del final del pasillo cuando la arcanista halló otro prisionero en la última celda. Lo tocó y éste alzó sus manos al cielo en señal de alivio.

—Los dioses se apiadaron y me liberaron del tormento... ¡Gloria a Akarat!
—Eh, que fui yo quien te liberó —dijo Natasha, algo molesta.

De todos modos, se quedó mirando como el espíritu se elevaba y desvanecía al tiempo que sus huesos se convertían en polvo. Ya habiendo revisado el lugar, empezó a buscar su espada entre los restos del combate. Apartaba con el pie los trozos de hueso y armadura espacidos por doquier. Afortunadamente, los ciclones no habían dejado restos grandes, por lo que no le costó mucho encontrar su espada, casi al final del pasillo. La levantó y la sacudió un poco para sacarle el polvo y los restos de hueso incrustados. Aunque aún era reconocible, notó como el paso de los vientos de energía la dañó bastante y la punta estaba rota, posiblemente al traspasar el escudo.

—Espero que el herrero tenga un arma nueva para mí a la vuelta —suspiró.

Puso su arma al cinto y se dispuso a volver. Ya no quedaba nada por hacer aquí.
La cazadora se asomó cautelosa en el último pasillo. Los ruidos que provenían de ahí la hacían prever un gran número de oponentes, y tenía razón. Multitud de desertores, cazadores e incluso un grupo de verdugos retornados vagaba por el lugar. Sin embargo, lo que le llamó la atención fueron tres grandes horrores. Le recordaban en apariencia a los grotescos con los que habían luchado en la catedral, pero éstos se veían considerablemente más resistentes. Comprobó rápidamente sus implementos y luego se asomó con su ballesta cargada. Apretó el gatillo y una boleadora salió disparada, enredándose en la cabeza de uno de los horrores. La explosión destrozó tres esqueletos cercanos, pero al obeso muerto vivo sólo le desgarró la carne de su cabeza.

—Lo que me temía. Son duros.

Cargó nuevamente su ballesta y siguió lanzando boleadoras a los horrores, quienes se dirigían hacia ella, acompañados de los esqueletos retornados. Las detonaciones, aunque destruían a algunos de los compañeros, sólo desgarraban parte de la piel putrefacta de sus objetivos primarios. En eso, un grupo de necrófagos saltó entre los esqueletos y corrieron hacia la cazadora. Ésta le disparó una boleadora al del medio, pero entonces dos de ellos se separaron y empezaron a correr por las rejas.

—Ya presienten el peligro... —mumuró Alice.

Cogió un par de dagas y las lanzó a los necrófagos que se habían alejado. La boleadora estalló al tiempo que los cuerpos de los dos muertos vivos caían a los costados de la muchacha. Ésta no perdió tiempo y disparó una segunda boleadora, cuya explosión acabó con el grupo. Por desgracia, la intromisión de éstos impidió que la cazadora continuara dañando a los horrores, y éstos ya estaban casi al frente de ella, junto con todos los esqueletos. Alice entonces cambió su táctica y dispersó abrojos por el lugar para luego retroceder mientras lanzaba granadas. Aunque los abrojos no disminuían mucho la velocidad de los esqueletos, si fue suficiente para reunirlos y hacer que las explosiones dañaran a más oponentes. Ya a suficiente distancia, la cazadora se dio vuelta desenfundando sus ballestas de mano. Apretó el gatillo y un torrente de flechas en llamas fue disparado hacia uno de los horrores. Éste fue envuelto por el fuego mientras recibía esa gran cantidad de flechas en su abdomen. Casi al lado de la muchacha, ésta jaló los gatillos laterales y con una fuerte descarga saltó hacia atrás. El repentino impacto perforó el estómago de la criatura, haciendo que se estremeciera. Pasado un par de segundos estalló en una nube de sangre y trozos de carne putrefacta. La detonación destrozó los huesos de varios esqueletos que le rodeaban e hizo tambalear a sus compañeros.
Desafortunadamente, el salto la hizo quedar de espaldas a la pared. Para colmo, la explosión del horror liberó un gran número de gusanos vesánicos. Alice entonces dispersó granadas alrededor cuyas explosiones, si bien no ralentizaron a sus oponentes, sí los debilitó bastante, aparte de acabar con la amenaza de los gusanos. Esperó a que estuvieran realmente cerca antes de ejecutar una acrobacia sobre ellos mientras les disparaba flechas. Al aterrizar, llenó el suelo a su alrededor de abrojos y dejó caer varias granadas más antes de retroceder de un salto. Entonces escuchó una serie de pasos que se acercaban rápidamente hacia ella por atrás. Se dio la vuelta mientras desabrochaba el chakram de su espalda y cortó con éste a los necrófagos que saltaron sobre ella. Seriamente heridos, saltaron una vez más sobre la muchacha, pero ésta acabó con ellos con un tajo de su círculo de metal. Antes que los demás se alejaran de la zona de los abrojos, Alice lanzó con fuerza su chakram hacia ellos. Éste dio un giro, destrozando varios esqueletos en el camino e hiriendo gravemente a uno de los horrores. Éste no aguantó más de un par de segundos y estalló, eliminando a ocho desertores y tres cazadores furtivos. Viendo que el último grotesco de elite apenas podía caminar, untó una daga en ácido antes de lanzársela. La quemadura química le permitió clavarse completa, lo que causó la detonación del monstruo. Los gusanos liberados por su compañero salieron disparados por los aires, partiéndose al chocar contra los barrotes mientras que una decena de esqueletos fue destruido por la explosión. Con la fuerza enemiga completamente diezmada, Alice lanzó varias granadas. Los huesos volaron, al igual que los restos de armadura y las lombrices. Sólo un par de verdugos se mantenían en pie luego de la masacre, pero un par de certeras flechas en sus cráneos los hizo reunirse con los demás.
Satisfecha con el resultado, buscó entre las celdas a algún prisionero, encontrando a uno al otro lado del pasillo. Acercó su mano hacia él, a lo que éste levantó sus brazos en señal de alivio.

—Soy libre... —exclamó antes de desaparecer.

Ya sin más oponentes que combatir ni celdas que buscar, la cazadora se devolvió hacia el centro del calabozo.
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