Una historia corta por

James Waugh

Los zergueznos se cargaron a Irmscher en la Batalla de Lawndale 12, una incursión remota durante la Guerra de las especies que nunca se menciona en los libros de historia.

Irmscher era un muchachito recién salido de la escuela secundaria, joven y lleno de energía, de esos que no duran mucho en el Cuerpo de Marines del Dominio. A los 18, y con un futuro incierto, comenzó a vender teléfonos no reglamentados casa por casa para conseguir dinero para salir con chicas y pagar las cuentas. Un día golpeó la puerta del sargento Robert Maury, un reclutador de Marines del Dominio que no tenía ningún interés en los productos que vendía Irm. Tres días después, el joven estaba a bordo de una nave de transporte camino a Turaxis II, donde comenzaría su entrenamiento; en el viaje le llenaron la cabeza con historias de combates heroicos, viajes de descanso legendarios y la gloria de conseguir medallas. Pero pelear contra los zerg no era exactamente el camino excepcional del que le habían hablado. No había nada de glorioso en ver a esos monstruos aniquilar y despedazar hombres (aunque la mayoría de las veces eran solo muchachos), en ver cómo la sangre les salía de la boca a borbotones y les llenaba los cascos como una batidora de daiquiris macabra.

Por las noches, cuando todos los miembros del escuadrón Rho se acurrucaban en las entrañas húmedas de un cuartel improvisado, Irm les mostraba a sus compañeros una fotografía que tenía en uno de sus teléfonos ilegales y les decía que era "la chica que voy a ir a buscar apenas termine la guerra". Era una rubiecita muy linda de pelo enrulado peinado al estilo de la élite de Marlowe. Se llamaba Mary Lou. Irm la había conocido unos días antes de su encuentro con el sargento Maury.

—No te hagas ilusiones, muchacho. No vas a poder ni acercarte. Esa chica es de clase alta —solía decirle Birch, un marine más grande que él—. Lo que necesita es un semental como yo.

Irm y Mary Lou se habían conocido en uno de esos bares clandestinos que, en teoría, eran ilegales a menos que tuvieras dinero suficiente para ser el dueño o que conocieras a la persona indicada que te dejara entrar. Fue una noche intensa que Irm solo recordaba borrosamente, en flashes llenos de adrenalina: baile, risas, Scotty Bolger's... Dijo que se habían besado. Al menos eso era lo que él creía, y esperaba que fuera verdad. Esa noche consiguió sus datos de contacto y, de ahí en más, comenzaron a intercambiar los mensajes interplanetarios más caros del universo. A medida que las semanas transcurrían y él pasaba más tiempo en el frente de batalla con la muerte respirándole en la nuca, ella comenzó a convertirse, poco a poco, en algo más que una simple chica. Era una idea. La idea de un momento en el que él ya no tenía que pasarse los días dentro de una armadura pesada de CMC, amontonado con un grupo de marines más viejos que él que eran casi como hermanos y que le tomaban el pelo por cualquier frase inocente que le saliera de la boca mientras él soñaba con el día en que dejara de ser "el muchachito". La imagen de Mary Lou le recordaba la época en la que todavía no conocía el sonido de un enjambre de zergueznos en plena arremetida, ni lo que era tener la certeza de que lo único que había por delante era sangre, muerte y violencia. Ese tipo de experiencias cambia a un hombre para siempre.

—Ya verá —decía siempre con la sonrisa soñadora de los inocentes, mientras miraba la fotografía y se perdía en el mundo que le prometía—. Sí, sí. Ya verá, señor.

El día que los zergueznos se cargaron a Irmscher no había sido muy diferente de los demás días infinitos de la guerra. La mayoría consistían en una espera interminable. Los marines se la pasaban sentados y oyendo al viento ulular y desaparecer en un silencio gris, silencio que llevaba una promesa oscura en el vientre.

El escuadrón Rho tenía órdenes de mantener la posición y defender Lawndale 12, un relé de comunicaciones pequeño en la península meridional de Anselm. Una semana antes, habían cavado trincheras profundas alrededor del sistema de satélites y habían establecido refugios y dos tanques de asedio para vigilar el perímetro. Habían dispuesto una base para recibir información y enviarla a las flotas que se encontraban en lo profundo del sector. También habían construido un cuartel, pero el escuadrón Rho no pasaba mucho tiempo allí. Los valiosos segundos desperdiciados fuera del campo de batalla podían hacer la diferencia entre la vida y la muerte, y por eso las trincheras mugrientas se convirtieron en su hogar.

Nadie había pensado que los zerg atacarían Lawndale. En el gran marco de la guerra, su importancia estratégica era ínfima. Por eso, cuando la alarma desgarró el silencio y Virgil Caine, el sargento del escuadrón Rho, comenzó a ladrar órdenes, todos los marines se pusieron de pie rápidamente y se prepararon para lo peor. Pero lo que sucedió estuvo lejos de ser lo peor. Fue una misión suicida para los zergueznos. Nada tenía sentido. Las bestias eran muy pocas y estaban en desventaja. Aun así, los estúpidos alienígenas se lanzaron al ataque.

Antes de siquiera verlos, uno los oía a la distancia, ese zumbido inquietante, ese chirrido que penetraba los oídos.

—¿Qué hacen aquí? ¿Qué es lo que quieren? Irmscher ya los veía: veinte zergueznos rabiosos le mostraban los dientes y avanzaban implacablemente sobre sus piernas poderosas, las garras preparadas, la boca llena de una espuma horrible. Parecían perros rabiosos y mutantes liberados por un amo cruel.

Las preguntas de Irmscher nunca recibirían respuesta. El sonido de las púas hipersónicas llenó el vacío y ya no había más tiempo para pensar. Lo único que quedaba era actuar.

Los zergueznos estaban en clara desventaja numérica, pero eso no importaba; era como si una muerte terran valiera lo mismo que diez muertes zerg. El escuadrón Rho se dio cuenta enseguida de que la idea de cavar trincheras había sido un error. Varios zergueznos habían logrado arrastrarse hasta los estrechos confines y, dado el tamaño de las armaduras de CMC que usaban los marines, gran parte del escuadrón Rho quedó atrapado dentro de las trincheras junto con los monstruos. El fuego aliado caía como una tempestad y destruía los improvisados muros de tierra.

Irmscher gritó cuando los zergueznos lo atraparon. Una garra afilada como un cuchillo le atravesó el visor y se le ensartó en la clavícula y él no hizo más que aullar. Otra garra le abrió la armadura como si fuese de lata.

Cuando el último de esos hijos de puta había muerto, Irm todavía estaba vivo. Todavía se preguntaba por qué habrían atacado si no tenían posibilidades de sobrevivir. Se preguntaba por qué habrían venido para matar a unos pocos, para matarlo a él. Un estimpack le circulaba por las venas, el corazón le latía cada vez más lento, los dispositivos de seguridad de su traje de CMC trataban de cauterizarle las arterias destruidas y Birch lo mecía en sus brazos mientras el sargento Caine miraba. Antes de irse, Irmscher susurró: —Mary Lou.

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