Una historia corta por

David Gerrold

Koramund: los protoss habían bautizado al portanaves "Maravilla extraordinaria" y, para Iaalu, el tercer ingeniero de la nave, no podría haber tenido otro nombre. La elegancia de sus curvas era innegable; las planchas del casco eran lisas y brillantes, y habían sido meticulosamente forjadas por artesanos khalai; por eso, cuando las miraba, Iaalu siempre pensaba en las colinas Shreka del norte de Aiur. Además, estaba el encendido único de los conductos de puesta en marcha que, desafiando toda explicación racional, lograba que los sistemas centrales funcionaran más allá de toda especificación, en especial cuando se enfrentaban a situaciones difíciles. Además, a Iaalu le gustaba pensar que los hangares y plataformas de manufactura que él supervisaba producían los interceptores mejor preparados para el combate de toda la flota, porque normalmente tenían un conteo de derribos dos o tres veces mayor que el de otros portanaves.

Pero el Koramund realmente estaba a la altura de su nombre con un récord prestigioso que muy pocas naves podían igualar. A lo largo de los siglos que había estado en servicio, había fundado más colonias que ninguna otra embarcación desde el Eón del Conflicto, y al mismo tiempo lideraba la carga en incontables batallas. Muchas veces, los enemigos huían apenas lo detectaban por temor a sus interceptores, así de difundida estaba la leyenda del Koramund. Cuando los despreciables zerg invadieron Aiur, el mismísimo Tassadar había solicitado que el portanaves luchara junto a su nave insignia, el Gantrithor, y así fue: las dos naves lucharon juntas con gran honor hasta el amargo final. Incluso después de la aparición de las nuevas, y supuestamente más eficientes, mantarrayas del vacío, el respeto que los protoss tenían por el Koramund era tan grande que la Gran Flota no se había animado a sacarlo de circulación, como había sucedido con tantos otros portanaves. El Koramund era, para Iaalu y para millones de protoss más, un símbolo poderoso de que las antiguas costumbres de Aiur no morirían jamás.

Ese símbolo ahora estaba en riesgo. El Koramund, perseguido por un grupo de zerg, caía en picada hacia una muerte violenta en el planeta Vanass, y el impacto era inevitable a menos que Iaalu arreglara los motores... y pronto.

—¡Por Khas! ¿Dónde estás? —chilló Tenzaal, la templaria que estaba a cargo de los ingenieros durante la batalla. Como siempre, el tono agudo de su voz mental hizo que Iaalu se estremeciera. La vida de todos sería tanto más fácil si tan solo ella pudiera bajar el...

—¿Qué dijiste?

—Nada, templaria —respondió Iaalu. Tenía que tener más cuidado con sus pensamientos errantes, el enlace psiónico de su casco estaba configurado al máximo para permitir la comunicación en medio del barullo mental de la batalla—. En el túnel de acceso al motor, trepando por el empalme. Pronto tendría que ver la estación de relés.

—¡Date prisa! Los escudos están fallando, y nos queda un...

La nave corcoveó y tembló, sacudida por pequeñas explosiones. Iaalu se aferró a la escalera con ambas manos para no caer inevitablemente a la gravedad cero. Las sirenas sonaron al máximo de su capacidad.

—¡Interceptores destruidos! Gusanos gladia en el casco, los zerg penetran el puente...

Como si la hubiera cortado una cuchilla psiónica, la voz de Tenzaal se apagó.

—¿Templaria?

Ajustó el enlace. A veces, se producían interferencias cósmicas aleatorias que interrumpían la comunicación. Pero, según el informe de su casco, la recepción era óptima.

Entonces Iaalu intentó ponerse en contacto con la mente a pesar de que sabía bien que, dadas sus capacidades psiónicas deficientes, era una misión imposible. Como miembro de la casta Khalai, el entrenamiento mental que tenía solo le alcanzaba para percibir apenas más allá de lo que lo rodeaba.

Tercer ingeniero a puente de comando, responda por favor. Tercer ingeniero a comando, responda...

Hubo una respuesta: una repentina ola de agonía tan intensa que hizo estallar los condensadores del enlace psiónico y le inundó la mente de dolor. Pasó una pierna por entre los peldaños de la escalera para impedir que la onda expansiva lo propulsara de vuelta al túnel.

—Uhn dara ma'nakai; uhn dara ma'nakai. —Repitió un mantra khalani que había aprendido hacía mucho tiempo y se había convertido en su talismán en momentos de peligro. «Uhn dara ma'nakai». «Nuestro deber es interminable». Era lo único que le servía para crear una barrera contra el colapso mental absoluto.

Muertos. Seguro que estaban todos muertos. La magistrada. Sus oficiales de alto rango. Tenzaal. Los zerg seguramente habían tomado el puente y masacrado a su tripulación. No había otra explicación para un pico psiónico de esa magnitud. Ninguna otra explicación para la angustia que había sentido. Habían arrancado sus voces del Khala y él tenía suerte de estar vivo después de haber recibido tanto tormento.

Esa matanza nunca debería haber sucedido. El mando de la flota había ordenado que el Koramund ayudara con su poder de fuego a las fuerzas protoss que estaban en medio de un combate sangriento con los zerg. Pero de camino al frente de batalla, el Koramund había detectado una llamada de auxilio de una colonia que se creía abandonada hacía mucho tiempo, en el planeta remoto de Vanass.

La llamada de auxilio había sido un engaño; el Koramund se había transposicionado justo en medio de un enjambre zerg. La retirada no era una opción. A los pocos minutos del ataque, no solo los compensadores de gravedad del Koramund estaban destruidos, sino que el relé del motor había fallado misteriosamente y la nave se había transformado en un pobre lombad desprotegido a manos de los zerg. Iaalu y su equipo prepararon los cazas rápidamente mientras los corruptores y mutaliscos zerg castigaban al portanaves sin piedad hasta demoler las cubiertas de estribor. La mitad de la tripulación había muerto durante ese ataque, entre ellos los ingenieros primero y segundo.

Por jerarquía, ahora Iaalu era el encargado de reparar los motores. Tenzaal le había ordenado que fuera enseguida al túnel de acceso al motor, con lo cual el lanzamiento de los interceptores del Koramund había quedado a cargo de su subordinado, Sacopo. No importaba que los conocimientos de Iaalu sobre matrices de cristal y relés de encendido fueran, como mucho, mediocres. No había otro ingeniero vivo que conociera el portanaves mejor que él.

El daño que había sufrido su enlace psiónico empeoraba todo. Ahora que no lo tenían, no podía comunicarse con la tripulación de su nave, si era que alguno de ellos había logrado sobrevivir. El futuro del Koramund dependía de él y solo de él, el tercer ingeniero.

Iaalu se quitó de la mente los últimos ecos del chillido fatal. Hizo lo único que podía hacer para acelerar la llegada a la matriz del relé: dejó de trepar y dio una patada contra la pared para impulsarse hacía adelante.

La ingravidez traía aparejados sus propios inconvenientes. Un pequeño contratiempo o temblor repentino del túnel y podía salir disparado hacia atrás. Tendría que ser cuidadoso.

Sin saberlo, los atacantes zerg le dieron envión. Las explosiones que acribillaron el casco —gusanos gladia, sospechaba— lo aceleraron en la dirección correcta. Cada vez más cerca del empalme, se aferró a los peldaños de las escaleras que tenía a ambos lados. Con las piernas hacia adelante, se hamacó y, un par de enviones después, había logrado completar la curva pronunciada y recorría el último tramo de túnel hacia la matriz cristalina del relé.

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