Una historia corta por

James M. Waugh

Siempre eran los malditos KMs. La humanidad se encontraba en una de sus épocas más oscuras —con dos razas alienígenas desgraciando el sector Koprulu— y los Kelmorianos se dedicaban a poner en peligro las operaciones mineras del Dominio.

Sisas, los KMs eran la razón por la cual Walden Briggs se encontraba en esta desértica colonia lunar minera que orbitaba Roxara, a años luz de distancia de Korhal IV o de cualquier otra cosa que pudiera pasar por civilización. Al menos eso pensaba Briggs mientras marchaba —pie izquierdo, pie derecho— en compañía de cuatro marines del escuadrón Zeta. Se dirigían hacia un conjunto de cavernas repletas de mineral ubicadas a 12 kilómetros de distancia y todos iban enfundados en pesadas armaduras mecanizadas CMC-300.

La luna de Roxara era el lugar menos pintoresco de la galaxia. Polvo y roca bajo un lienzo infinito de estrellas titilantes. Bueno, polvo, roca, estrellas y una veta madre de codiciados recursos.

—Oye Jenkins —dijo Hendrix, su voz hueca a través del comunicador de su casco—, tengo una para ti.

—Y aquí vamos de nuevo. —Interrumpió Wynne. Palabras seguidas de su usual risa entre dientes.

—Más vale que esta sí tenga gracia. —Dijo Jenkins mientras escaneaba la vasta planicie que tenía enfrente. En la distancia podía ver refinerías y otras estructuras en distintas etapas de construcción. Parecía una ciudad de esqueletos, andamios sin terminar; huesos pelones de lo que podría llegar a ser.

—Ya estuvo bien de plática niños. Es una amarilla, puede que ocurra algo esta vez. —Walden sabía como reaccionarían ante sus palabras aún antes de decirlas. Ninguna parte de la misión parecía tener sentido para sus tropas y él lo tenía presente.

—Oh no, el sargento dice que ésta bien puede ser una morcilla; oh cielos, ¿qué vamos a hacer? —Hendrix dejó caer el sarcasmo con fuerza.

—Cierra el pico Hendrix. —Dijo Walden bruscamente.

—Vamos sargento, aliviánate. No ha habido ataques zerg en cuatro fregados años. Nadie ha visto a los protoss tampoco y los bastardos Kelmorianos no son una amenaza importante después de todo lo que hemos pasado. Vaya, si así fuera no habrían enviado al escuadrón Zeta esgrimiendo la primitiva basura Confederada que consideramos “armas” y “armaduras”. —Prosiguió Hendrix.

—Primitiva basura… Te quedas corto. Eso es un cumplido para las porquerías que tenemos y da a entender que tales trastos alguna vez sirvieron de algo. —Agregó Jenkins, mostrando su sonrisa ganadora.

—¿Qué significa quedarse corto? —Preguntó Wynne, riendo entre dientes.

—No sé como los dejaron entrar al ejército —dijo Brody, el gorilón del grupo—, ahora háganle caso al sargento y cierren el pico antes de que se los cierre yo. —Brody era el hombre más intimidante en cualquier grupo que estuviera y lo sabía.

—El chiste ni era tan bueno. —Dijo Hendrix de manera sumisa.

A Walden le agradaba que Brody estuviera ahí.

—Esos pedazos de mierda Kelmoriana pueden no ser la gran cosa en comparación con los zerg, pero eso no significa que sus agentes sean incapaces de sabotear nuestras operaciones mineras aquí. —Dijo Walden. —Además, tenemos órdenes y vamos a seguirlas como buenos marines que somos, ¿queda claro?

—Sí señor. —Respondió Jenkins. Un destello de sarcasmo en sus ojos oscuros.

La misión era sencilla. Cinco miembros del escuadrón Zeta debían dirigirse a la caverna de excavación en Punta Binion para constatar que no había agentes Kelmorianos instalando dispositivos nucleares en las procesadoras. Fácil, pero era extraño desplegar personal militar de ese modo. Para cuando Zeta llegó a la entrada de la caverna, los últimos rayos del sol se desvanecían. Las largas sombras de los marines se convirtieron en gigantes que se aferraban con desesperación a los últimos rayos de sol antes de desvanecerse en la oscuridad que lo consumía todo.

—¿Acaso no tenemos escáners para esto, jefe? Digo, no tiene sentido que nos hayan enviado hasta acá para explorar una cueva. —Hendrix echó un vistazo a la caverna que se extendía hacia abajo.

—Mira, si hay alguno de esos agentes Kelmorianos allá abajo, vamos a mandar un mensaje al planeta Moria para dejar en claro que no estamos jugando. Ciertamente no es normal, pero entiendo la lógica. —Dijo Brody con seriedad.

—No sé, Brod. Hendrix tiene razón, esto es extraño. —Agregó Jenkins.

Walden sabía que lo que decían Hendrix y Jenkins tenía validez. Era una misión inusual para un escuadrón de marines que fue retirado de sus deberes normales en un planeta ubicado a un salto transposicional de distancia. Sin embargo, Walden tenía fe en el Dominio. Era en lo que creía, lo único en lo que podía confiar con certeza. Seguro, sabía de los agitadores que veían al emperador Arcturus Mengsk como una especie de tirano. Conocía a la escoria terrorista como Jim Raynor y sus “Rebeldes”, pero nada de eso tenía sentido para él. Era una época oscura, terrorífica, mucho más aterradora de lo que podía ser cualquier violación de las “libertades civiles”. En estos tiempos era necesario un líder duro como Mengsk.

Cuando Walden se enteró de Chau Sara hace ya varios años, sintió como si su corazón hubiera caído dentro de su estómago. Se encontraba en Tarsonis, el cielo era azul; perfecto. Estaba en el parque Bennet, sentado en una banca y leyendo un artículo en su fono. Era un texto sin sustancia que narraba como una DJ salió de los barrios bajos del suroeste de la Ciudad de Tarsonis y se convirtió en uno de los mayores atractivos de los clubes nocturnos en todo el planeta. Hasta podía recordar su nombre, DJ Atmósfera, y su fotografía mirándole; una belleza de cabello negro con gran cantidad de rímel azul. Luego, un brillante texto rojo serpenteó por su rostro: “Chau Sara incinerado por una raza alienígena desconocida”. Recordó lo surrealista que fue leer esas palabras. ¿Raza alienígena? ¿Incineraciones?

Poco después lo golpeó la gravedad de la situación, literalmente hablando. Sus rodillas cedieron y se escurrió de la banca del parque hasta quedar sobre el pasto fresco y húmedo. Conocía a alguien que recién se había mudado a Chau Sara. Rudy Russell, un amigo de su infancia que se convirtió en un mecánico satelital; un amigo que acababa de ser incinerado.

No tomó mucho tiempo para que se filtrara el miedo. La ansiedad de que cualquier sitio podría ser el siguiente y que nadie estaba a salvo. Dicho miedo se convirtió en rabia que inundó su cuerpo, como si alguien hubiera vertido una olla de café en sus venas. Años después se preguntó si Jim Raynor, aquel que dominaba los titulares, había sentido alguna vez esa furia. La disensión contra el gobierno era un lujo que la gente podría darse cuando ya no fuera necesario temer a las palabras “zerg” y “protoss”. Sin importar lo inusual de la misión, Walden no iba a cuestionar las razones.

—No se te paga por preguntar sino por matar, ¿entiendes Jenkins? Ahora prosigamos. —Dijo Walden mientras avanzaba.

—Caray sargento, no sabía que la bicoca de créditos que recibo pudiera considerarse como paga. —Jenkins sonrió mientras encendía las luces de su armadura. Brody le dio un empujón y Jenkins bien sabía que era mejor no responder.

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