Una historia corta por

Cameron Dayton

Era una emboscada, una emboscada sangrienta.

¿Una emboscada? gruñó Zeranek, sus espadas refulgían. Se suponía que estos eran zerg salvajes.

El hidralisco emitió un chillido y retrocedió un poco, tambaleándose, pero redobló el ataque. Asestó el golpe, largas garras que desgarraban con una precisión feroz. En un abrir y cerrar de ojos luminosos, el escudo del zelot mitigó la embestida y quedó completamente agotado.

Hasta los animales más tontos cazan por sorpresa, disparó Kehdana.

Después se escurrió por un lado del hidralisco, esquivó sus garras y blandió su guadaña, que dibujó un arco luminoso, una curva letal de energía psiónica. El hidralisco cayó en pedazos.

La voz telepática de Kehdana era firme en medio de la batalla. Concéntrate, zelot. Ellos son más que nosotros.

Para Zeranek, la advertencia llegó demasiado tarde. Dos zergueznos salieron de repente del espacio vacío que había dejado el hidralisco y tiraron al soldado al suelo. Su grito psíquico fue un rugido de ira y dolor; perder el equilibrio entre esas bestias era sinónimo de muerte. Kehdana giró en un movimiento oscuro, desdibujado —la danza sombría de los Nerazim— y con un golpe rebanó tanto a los zergueznos como a Zeranek. El grito del zelot se apagó.

Teredal advirtió la piedad fría de la guerrera y asintió mientras se alejaba del hidralisco muerto que estaba a sus pies. Después dio un salto y enterró sus espadas en otra de las criaturas que, estúpidamente, le había dado la espalda para rematar a un templario oscuro. En la caída, el hidralisco casi aplasta a su víctima, y Teredal tuvo que empujar al zerg a un costado. El nerazim cubierto de sangre —Teredal creía recordar que se llamaba Kherenoss— se incorporó para agradecerle, temblando de dolor. Teredal trató de levantarlo pero vio que Kherenoss había perdido las piernas. Era demasiado tarde. El templario oscuro tembló una vez más y dejó de moverse.

Temporalmente protegido por el camuflaje cada vez más tenue de Kherenoss, el veterano lleno de cicatrices evaluó la batalla con su único ojo. De los doce guerreros que habían desembarcado en Saalok al amanecer, solo quedaban tres. Todo había pasado rapidísimo.

Los persecutores habían sido los primeros en caer, se habían desmoronado bajo una tormenta de espinas de hidralisco. Los templarios oscuros habían acudido enseguida a socorrer a sus hermanos cibernéticos; al ponerse frente a ellos, su intención era interceptar la siguiente descarga de espinas haciendo girar sus hojas de transposición. Era demasiado tarde para salvar a los persecutores, sus cuerpos arácnidos plateados no más que ángulos rotos desparramados por la arena; sin embargo, no era demasiado tarde para desquitarse con los zerg responsables de su muerte. Teredal veía que dos de los guerreros camuflados todavía luchaban, trazos de movimiento liminal cubiertos de vestigios de sangre alienígena brillaban sobre la arena pálida. Los templarios oscuros eran peligrosísimos en los combates melé, temidos en todo el sector por su invisibilidad letal. Pero la invisibilidad no era una buena aliada en una emboscada. Ambos templarios estaban rodeados de cuerpos de zerg, vivos y muertos. Ambos estaban a punto de ser derrotados.

Los zelot, combatientes implacables que sabían que estaban en desventaja numérica, se habían arrojado a la batalla sin pensarlo. Un zelot no se escondía en las sombras, no atacaba sin ser visto como los nerazim. Un zelot iba a la vanguardia, daba el primer golpe. Así había sido en incontables campos de batalla, en incontables mundos. Los zelot del xilium de Teredal no eran la excepción: con las espadas desenvainadas, habían cubierto la distancia que los separaba de los zerg hasta arrollarlos con un torrente de furia muda. Una bruma repentina de sangre negra y miembros amputados. El avance de los zelot había debilitado la emboscada, había bullido contra el enemigo y casi lo había obligado a rendirse. Casi.

Pero había llegado una segunda oleada de zerg dentro de las entrañas de un amo supremo, que los había dejado caer al suelo en un charco de bilis gorjeante. El contraataque fue implacable: los bichos arremetían, se arrastraban, reptaban sobre sus hermanos muertos, y los zelot habían quedado sepultados, ahogados en garras. Todos habían caído, enterrados bajo los cadáveres crispados de los zerg.

Todos menos Teredal, el único zelot que quedaba de pie de los seis que habían desembarcado, un equipo de guerreros experimentados seleccionado por el concilio por su experiencia contra los zerg. Su misión era brindar apoyo, dos de ellos acompañarían a cada templario oscuro o equipo persecutor mientras ellos exploraban el territorio en busca de fortalezas zerg escondidas en los arroyos calcáreos de Saalok. Se suponía que esta sería una misión de infiltración, cuyo objetivo era marcar fortificaciones prioritarias para futuros ataques. Con las piedras de transposición removidas de la armadura protoss, la muerte en este caso sería permanente. El derramamiento de sangre no estaba en los planes.

Teredal sacudió la cabeza.

Y no se habría derramado ni una pizca si hubiéramos venido en una nave camuflada. ¿Pero por qué esconder las naves de un enemigo incapaz de razonar? Los animales no rastrean inserciones orbitales, no distinguen la diferencia entre una estrella y un transbordador…

La misión había fracasado. Ahora Teredal estaba de pie frente a una multitud de hidraliscos y zergueznos junto con los dos últimos... no, la única templario oscuro que todavía quedaba viva: Kehdana. La guerrera estaba rodeada, se defendía de la tormenta de garras curvas con una danza enloquecedora de espadas, fuego psiónico y sangre. Teredal se daba cuenta de que Khedana estaba peleando con lo último que le quedaba y salió de un salto de su escondite detrás del cuerpo de Kherenoss en un intento por atraer la atención de los zerg y liberar a la guerrera exhausta.

Funcionó. Tres hidraliscos se voltearon para perseguirlo. Un par de zergueznos los siguieron con chillidos de hambre.

Teredal oyó el silbido de las espinas de hidralisco y giró sobre los talones para esquivar una lluvia que le pasó rasando. En el impulso de la carrera, se topó con las garras de un zerguezno, que bajaban para asestar el golpe. La energía de disparo psiónica del arma que Teredal llevaba en la muñeca cortó las garras del alienígena con precisión arrogante.

Impulsado por la furia, como si no sintiera dolor, el zerguezno atravesó el chorro de su propia sangre, decidido a comer, a matar. La reacción fue instintiva, del tipo que Teredal había aprendido a provocar. Después de años de combatir a esas bestias, sus músculos se habían acostumbrado a los movimientos reflejos de defensa y ataque. Con la gracia que confiere la práctica, se agachó y dejó que la trayectoria del monstruo lo llevara de cabeza hasta la espada que él tenía alzada. Dos mitades palpitantes de zerguezno se desplomaron sobre el polvo lunar pálido detrás de Teredal.

En la mente de Teredal retumbaban gritos de muerte, el tejido psíquico se sacudía y crujía con las arias sombrías de sus hermanos zelot. El Khala conectaba los pensamientos y las pasiones de los protoss, y Teredal sentía las muertes de su xilium con una pena fría, desgarradora.

Intenta no llamar la atención, envió. Y no dejes de moverte.

Tienen dientes arriba y abajo, respondió Kehdana. En la voz mental de la templario oscuro se notaba el esfuerzo. Y son dema...

El silencio se comió sus palabras y, cuando Teredal se dio vuelta, la guerrera caía bajo un trío de zergueznos. Más espinas surcaron el aire y Teredal se echó al suelo cubriéndose la cara con las manos. Sintió un impacto punzante contra su armadura, oyó el grito del metal destrozado cuando cayó al suelo. Mientras se ponía de pie, Teredal vio que dos hidraliscos más entraban en su rango de disparo. Uno se sacudió el polvo de la cabeza, una nube fantasmagórica le recorrió el caparazón espinoso.

Teredal sabía que no soportaría otra andanada, que las ondulaciones vacías del Khala significaban que estaba solo contra los zerg que quedaban. Mientras giraba imitando a los monstruos, que andaban en círculos, le echó un vistazo rápido a su mano y vio que el guantelete derecho estaba destrozado; ahora funcionaba solo una de sus espadas psiónicas. Su escudo se había quedado sin batería. El hidralisco principal siseó y se arqueó hacia atrás para retraer los protectores de sus lanzaespinas. Cayó más polvo de sus hombros.

Polvo... estos zerg acaban de salir de sus madrigueras.

El descubrimiento le dio impulso a Teredal. Tomó tres pasos de carrera y saltó hacia el hidralisco acomodando su cuerpo en forma de bola para protegerse de las espinas que silbaban debajo de él. La bestia, sorprendida por el movimiento de Teredal, se agachó y se deslizó hacia un costado. Teredal aterrizó y, en lugar de darse vuelta para enfrentarse con el hidralisco, envainó la espada y se internó en el agujero oscuro que estaba detrás de la criatura. En su madriguera. El único lugar donde podía escapar del fuego cruzado y obligar a su enemigo a un combate cuerpo a cuerpo. Espacios reducidos... era ahí donde un zelot era más letal, sin dudas.

Teredal se puso en cuclillas, bien pegado al suelo, en la oscuridad. El túnel estaba ocupado, se oían sonidos secos como de caparazón y de algo que cavaba, sonidos que se detuvieron abruptamente cuando él entró. Teredal conocía esos sonidos de tierra removida característicos de la cucaracha zerg, el frontispicio excavador de la horda quitinosa. Teredal volvió a encender la única espada psiónica que le funcionaba y la oscuridad quedó surcada de pinceladas de luz azul. Agazapada a un brazo de distancia de él, estaba la cucaracha. Ojos fríos, vacíos. Fauces llenas de dientes. Maxilas filosas completamente abiertas en ira animal. La cucaracha llenaba todo el túnel con las garras gigantes listas para atacar; su siseo se transformó en un rugido que desprendió guijarros de las paredes curvas.

Teredal le enterró la espada en el ojo del medio con el cuerpo inclinado hacia un costado para esquivar las garras agonizantes que golpeaban contra en suelo del túnel. El rugido se fue desvaneciendo hasta convertirse en un suspiro borboteante y la cucaracha se sacudió, después se quedó quieta.

Más sonidos detrás de Teredal: el reptar seco del hidralisco que se arrastraba de vuelta a la madriguera de la que había salido. La cabeza y los hombros ya se veían dentro de la cueva. Teredal giró y tomó el borde de la placa torácica del hidralisco con la mano que tenía libre, lo arrastró hasta el interior del agujero y le aplastó la cabeza contra la pared dura de gravilla del túnel. Desencajó la espada de la cucaracha y la hundió en el cuello del hidralisco, que quedó clavado en el suelo. El cuerpo ofídico y pesado de la criatura se estrelló contra las paredes ásperas y el aire se llenó de polvo. Teredal agitó la espada y le cortó la cabeza. El hidralisco se estrelló contra la pared con aun más fuerza y el túnel se derrumbó en una lluvia de rocas y arena que el zelot esquivó de un salto. Con la abertura de entrada destruida, Teredal apagó su espada y quedó sumergido en oscuridad.

Teredal se quedó inmóvil; tal vez los zerg pensarían que había quedado sepultado en el derrumbe. Las especies zerg que había encontrado en la emboscada no eran criaturas de gran sensibilidad —ni intelecto— cuando dependían de sus propios medios. La supervivencia del zelot ahora dependía de que el interés de los monstruos languideciera, de que su atención se concentrara en otra cosa. Sonidos de roces, el rugido agudo de un zerguezno irritado con otro miembro de la manada y luego el ruido se fue desvaneciendo. Los zerg se estaban yendo. Teredal se quedó de pie en la oscuridad.

Ahora para ver si... ¡momento!

Había algo ahí arriba. Un hidralisco. El zelot oía su cola arrastrarse sobre la roca más arriba.

Raro que uno se quede. Los zerg salvajes no dejan exploradores.

La criatura se movía lentamente. Se... alimentaba. Teredal sentía que el mundo le perforaba la mente como un carámbano. El hidralisco se estaba alimentando de guerreros protoss, campeones entre los suyos y guardianes nobles de los niños perdidos de Aiur. Como ya había hecho infinitas veces, Teredal dominó la ira candente que amenazaba con aplastarlo. Como ya había hecho infinitas veces, la canalizó en una furia fría, enfocada.

Se puso en cuclillas, cerca del suelo, y evaluó la situación. Los zerg se alimentan solo cuando están lejos del talo, el bioterreno nutritivo que cubre el suelo en torno a una colmena. Eso significaba que el campamento zerg estaba alejado, tal vez un viaje de varias rotaciones. Cabía la posibilidad de que esta emboscada hubiera sido ideada por un grupo aislado que o regresaría a la colmena después de la victoria o bien continuaría viaje en una suerte de patrulla. Fuera cual fuera el camino que siguieran, si Teredal se quedaba quieto, los hidraliscos que quedaban se irían. Con solo una espada operativa y sin batería en el escudo, era consciente de que sería la decisión más segura. Tal vez podría salir del túnel una vez que la criatura se hubiese ido y completar la misión. Eso sería lo más sensato.

Pero sería inútil.

La misión se había planificado en torno a la idea de una población irracional de zerg salvajes que habitaban Saalok. Colmenas de animales —animales peligrosos— que podían localizarse, cartografiarse y eliminarse de la luna con una flota estacionada en órbita extrasolar. Era una flota costosa, compuesta de transbordadores livianos cargados con hostigadores especialmente diseñados para eliminar colmenas. Las fuerzas destinadas a aterrizar en Saalok estaban perfectamente preparadas para destruir una infestación: hostigadores equipados con escarabajos explosivos, autómatas programados para arrastrarse hacia unidades e instalaciones marcadas y luego explotar. Los hostigadores eran muy efectivos contra fuerza terrestres y, según los sondeos en órbita, los zerg salvajes de Saalok eran casi exclusivamente zergueznos terrestres, hidraliscos y cucarachas; los pocos amos supremos que volaban sobre la multitud se consideraban prácticamente inofensivos. Los hostigadores descenderían con un apoyo aéreo mínimo... y quedarían hechos trizas a manos de un enemigo táctico e inteligente. Un adversario preparado para su llegada y armado con mutaliscos, las bestias aladas que seguramente estaban engendrándose en las colmenas de Saalok ahora que los zerg habían detectado la presencia protoss. O tal vez ya se habían engendrado, una armada escondida en las profundidades de los cañones lunares, una armada que ya serpenteaba por toda la superficie de la luna. Era una carnada tortuosamente irresistible, y el ejecutor había sido incapaz de ver el engaño.

Teredal sintió la condena de su gente como una sombra sobre la cabeza, nubes tormentosas que se acumulaban fuera de su alcance. Hasta una fuerza de mutaliscos reducida destrozaría un ejército de hostigadores que no podía despegarse del suelo. El aterrizaje de la flota estaba programado para la siguiente rotación lunar... hacia donde abría el día desde la posición de Teredal. Sería una catástrofe.

Sea como sea, no sirvo de nada en este estado.

En la oscuridad claustrofóbica del túnel, rodeado de zerg muertos, Teredal puso manos a la obra y se quitó la armadura rota del brazo derecho. La criatura que se alimentaba sobre la superficie hacía demasiado ruido para oírlo y el zelot estaba preocupado por la herida que había recibido. Era evidente que su guantelete había quedado reducido a pura chatarra. No solo una, sino dos púas de hidralisco habían impactado contra la médula conectiva de cerámica de su antebrazo. Era un milagro que todavía pudiera sentir los dedos. Teredal cerró su mano y sintió el calor de la sangre que le caía desde el codo.

Para esto voy a necesitar luz.

Teredal encendió la punta de la espada psiónica que le quedaba y sostuvo la luz azul sobre su brazo. Sí, el guantelete había bloqueado las espinas monstruosas... pero le había cortado el brazo al retorcerse con la fuerza del impacto. Gracias a la compresión que le brindaba el servos inteligente de la armadura, la hemorragia era mínima pero, aun así, el brazo le sangraba. Tenía que curarse la herida.

El zelot levantó la espada y examinó el túnel. Detrás de él, la galería giraba un poco antes de terminar en la forma arrugada de la cucaracha muerta. En frente, una pendiente de rocas caídas y la criatura responsable del derrumbe. El hidralisco decapitado estaba ahí, medio enterrado bajo las piedras que había derribado en sus espasmos agónicos. Con el ceño fruncido, Teredal reptó hasta la criatura y arrancó la cabeza cercenada del cuerpo. Más fluido negro empapó la gravilla. Sin hacer ruido, Teredal empujó algunas de las rocas más grandes a un costado y se dispuso a destripar al hidralisco. Los tendones le servirían para ligarse la herida y ayudarían a frenar la hemorragia. Ya los había usado durante el asalto Hierba negra en Tepperus, le habían salvado la vida a un magistrado hacía unos cuantos años. Ahora, los tendones zerg le salvarían la vida a él.

Mientras trabajaba, analizó lo que había visto en la emboscada. ¿Sería cierto que los zerg actuaban bajo las órdenes de un ser inteligente? ¿Estaba seguro de que no era su imaginación? Teredal tenía que admitir que era posible que su grupo de veteranos cayera en una emboscada de zerg salvajes, que incluso, dadas las circunstancias adecuadas, las bestias podían destrozarlos. Tal vez estaba confundiendo mala suerte con estrategia. Cinco zelot de Aiur, tres persecutores, y tres templarios oscuros, todos eliminados por garras, espinas y colmillos en cuestión de minutos. Una primera andanada que había atacado a los persecutores, las unidades con mayor movilidad y mejor armadas, seguida de una horda de zergueznos para anular a los templarios oscuros. Y el amo supremo se había mantenido fuera de alcance, la nave de evacuación voladora del ejército zerg, no más sabia que un zerguezno. Pero su presencia les había dado una combinación de entendimiento de manada y sensibilidad psíquica a los esbirros que pululaban abajo. ¿Mala suerte?

No.

Una emboscada ejecutada con demasiada perfección por unas criaturas que, supuestamente, eran salvajes.

Yo sé cómo se comportan los zerg feroces. Vengo eliminándolos de nuestros mundos desde que quedaron en estado salvaje. Estos se movían en concierto. Los estaban controlando.

Para Teredal no había duda. Él había luchado contra los zerg cuando estaban bajo el mando de su semidiós biológico, la Mente Suprema. Se había adaptado a las nuevas tácticas desconocidas cuando esa humana advenediza, Kerrigan, había tomado el control del Enjambre y se acordaba del resabio nauseabundo de las inexpertas estrategias terran entretejidas con los viejos patrones zerg, como el moho que cubre un hueso fosilizado. Más recientemente, Teredal se había adaptado a la locura de los zerg privados de su maldita reina: un caos de garras e ira insaciable frente al que los encuentros anteriores parecían juego de niños.

Teredal conocía a los zerg y sabía cómo luchaban. Conocía sus instintos y sus debilidades. Eran lecciones que le habían costado millones de cicatrices, un mapa de experiencia trazado con líneas irregulares por todo su cuerpo. Hasta el ojo de Teredal, perdido durante el golpe Plaza, había pagado una lección sobre cómo matar a los poderosos ultraliscos zerg. Teredal consideraba que había sido un precio justo por la enseñanza recibida a cambio: una enseñanza y un monstruo enorme despedazado sobre los cerámicos de rezo sagrados de Nelyth.

Esas lecciones aprendidas con tanto sacrificio eran precisamente la razón por la que lo habían seleccionado. La razón por la que le habían ordenado escoltar a Kehdana a la zona donde, según los cálculos del ejecutor, la actividad zerg sería mayor, para proteger a la templario oscuro mientras posicionaba los faros. El centro de mando sabía que Teredal era capaz de guiar a Kehdana a través del centro de una colmena si se lo pedían. Teredal conocía a los zerg.

Y sabía que el ejecutor estaba equivocado. Alguien estaba controlando a los zerg. Él no sabía quién... o qué. No todavía. La formación de las bestias durante la emboscada no parecía obra de Kerrigan, tenía un tinte diferente pero, sin dudas, le resultaba conocida. Una versión más tosca del control de la Mente Suprema... la misma sensación de organicidad pero sin la gracia elegante, experta que Teredal recordaba de esas primeras batallas.

¿Se habría engendrado un nuevo cerebrado para ocupar el lugar de la reina derrocada?

Sin importar cuál fuera la respuesta, el nuevo estado de cosas complicaba el actual plan para recobrar Aiur. Teredal tenía que hablar con el ejecutor. Esto era más que una simple misión. Los protoss ya habían sufrido muchas pérdidas, su número solo una fracción del vasto imperio que, en una época, había brillado con orgullo en las estrellas del sector Koprulu. Esta incursión era su última esperanza, un costoso asalto a todo o nada para introducirse en lo que parecía ser un bastión enemigo por accidente.

Si Teredal no le avisaba, la flota quedaría expuesta frente a un enemigo preparado para atacar con ferocidad y rapidez. Los protoss necesitaban retirarse, volver a reunirse en consejo y repensar sus tácticas contra un enemigo pensante.

El único problema era que él no tenía forma de decirles. Teredal frunció el ceño y pensó en gritar sus pensamientos en el Khala lo más fuerte posible. Pero sabía que no tenía sentido. La flota estaba alejada porque así se había planeado. Se había planeado que quedara fuera de su alcance.

Su misión estaba caratulada como ataque silencioso, un pedido de los nerazim, independientes del Khala, a fin de impedir que los zerg feroces irrumpieran en las ondas psiónicas más poderosas que los protoss necesitaban para comunicarse extraplanetariamente. Los zerg, aún en estado salvaje, parecían tener la capacidad perturbadora de sentir las emisiones psíquicas más fuertes. Teredal no sabía bien por qué. Quizá la longitud de onda protoss era similar a las frecuencias de la Mente Suprema. Los zelot no tenían nada que hacer tratando de resolver misterios que era mejor dejar en manos de los altos templarios. Pero él sabía que las emisiones psiónicas fuertes atraían a los zerg como la luz a las polillas. De hecho, algunos tenían la hipótesis de que las criaturas eran más sensibles a la energía psíquica porque no tenían la disciplina ni la capacidad biológica de crear filtros mentales. Estos filtros eran necesarios en una sociedad inteligente que hablaba telepáticamente; los protoss aprendían a contener el tejido de pensamientos, muchas veces ruidoso, desde muy pequeños. Los zerg no tenían esa necesidad.

Así que el transbordador que había dejado a su equipo en Saalok era mudo, un vehículo automático programado para depositar su cargamento y volver a la flota, estacionada apenas pasando el límite del alcance psiónico. Lo más probable era que la flota hubiera visto lo que había pasado; los escáneres de vigilancia visual a bordo de las naves principales de seguro habían podido observar los resultados de la emboscada porque el hemisferio de la luna donde había ocurrido ahora estaba justo frente a la flota. Pero Teredal sabía que al ejecutor no le importaría el ataque, por lo menos no desde el punto de vista táctico. El plan, que le habían explicado claramente al comienzo, sería seguir adelante con la limpieza de Saalok sin importar los resultados obtenidos por su equipo. Se había invertido demasiado en el encuentro y no iban a retirarse solo por un primer ataque fallido. Si el xilium no había logrado completar su misión y eso complicaba los ataques subsiguientes, que así fuera; lo único que cambiaría era que los hostigadores tendrían que organizarse en patrullas de caza y recorrer la cara cavernosa de Saalok en lugar de dirigirse a los faros que Kehdana y sus templarios oscuros tendrían que haber posicionado.

Teredal sacudió la cabeza, trató de ahuyentar la desesperanza que amenazaba con inundarlo. Se alejó un paso de las tiras mojadas de tendón que había extendido sobre el suelo. Él no podía hacer nada.

Nada.

El zelot se recostó sobre las piedras compactas y frías de la pared de la galería para analizar la situación, intentó ver el problema con mayor claridad. Este era el modo en que había vivido durante mucho tiempo, sobreviviente de muchísimas batallas en las que otros se habían desmoronado de miedo e indecisión.

¿Sabías que la luna de Aiur es única entre las estrellas?

La voz de su maestro le retumbaba en la cabeza, no solo como un recuerdo sino como el vestigio vibrante de un alma entretejida en el Khala. Era un conocimiento que permeaba las fibras del universo. Teredal estaba demasiado lejos de sus hermanos para comunicarse con ellos deliberadamente pero podía sentir su esencia —la de los vivos y la de los muertos— incluso a años luz de distancia. Escuchaba la voz y la sentía en los huesos. Su respuesta fue tanto una plegaria como una súplica susurrada; se habló a sí mismo y al eco de su maestro que todavía vivía dentro de él.

Maestro, veo la condena de nuestro pueblo, el principio del fin. Mis armas están dañadas y yo estoy solo. ¿Qué puede hacer un zelot viejo y solo contra las colmenas de Saalok?

Después, al pensar que su maestro lo castigaría por quedarse sentado sin hacer nada, Teredal se inclinó y empezó a vendarse el brazo lastimado con los tendones. La carne dura y húmeda se le adhería a la piel y le producía ardor en los sectores en que el tejido alienígena tocaba la herida abierta. Cuando ajustó bien el vendaje, el dolor le llegó hasta el hombro y el zelot tensionó los músculos. Era bueno sentir dolor, lo mantendría enfocado. Una vez que la herida estuvo bien cubierta, Teredal abrió y cerró la mano para corroborar que todavía tenía plena movilidad. La hemorragia se detuvo.

El zelot miró hacia abajo y, a la luz tenue de su espada psiónica, descubrió que todavía le quedaban tiras de tendón. Los tendones de hidralisco eran fuertes y prácticamente impenetrables pero flexibles como el cuero. Dada la capacidad aterradora de los zerg para adaptarse, su carne y sus huesos estaban a la par de las armas y armaduras forjadas por protoss y humanos. Teredal volvió a abrir y cerrar la mano, contempló las largas garras de hidralisco que habían quedado descartadas en el polvo empapado en sangre.

Rondas la respuesta, Teredal.

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