StarCraft® II

Una historia corta por

Michael O'Reilly y Robert Brooks

Hay muchos caminos para llegar a la muerte. Para llegar a la victoria hay uno solo.
—Precepto del Frigorífico N.º 1

Gabriel Feltz no podía respirar. El aire reciclado apestaba a basura caliente, y todo empeoraba cada vez que alguno de los demás veinticuatro pobres diablos que estaban en el lugar exhalaba. Estaban tirados en el piso duro, en plena oscuridad, y el temblor del casco de la nave les hacía vibrar todo el cuerpo. Gabriel no había logrado dormir más que algunos minutos seguidos durante los últimos días.

El temblor terminó con un golpe seco que hizo gritar a algunos de los pasajeros. Se abrieron las puertas e ingresó la luz. Probablemente los pasajeros se habrían sentido agradecidos de no haber sido por la ráfaga de aire helado que entró al mismo tiempo. Los impactó como un golpe físico, les cubrió el cuerpo y les apretó la garganta. Parecía que lo único que había afuera era luz y olor a nieve.

Después una gran sombra dio unos pasos en dirección a ellos y se detuvo en medio de las puertas. Todos sabían qué era esa sombra. Un metro ochenta de altura, corpulento como una estatua y con un arma maciza en las manos. La figura apuntó el rifle y gritó:

—¡Todos arriba! ¡Tienen cuarenta segundos hasta congelarse! ¡Muévanse!

Gabriel salió junto con el resto, las manos sobre los ojos para protegerse de las esquirlas de hielo que había en el aire. Cuando sus pies dejaron la rampa e hicieron contacto con la nieve, Gabriel gritó. Otros guardias vestidos con armadura de combate llevaron a los prisioneros como ganado hasta un grupo de puertas enormes que se abrieron delante de ellos como las puertas del infierno. De ahí salía un aire cálido, y los prisioneros se abalanzaron para entrar.

Cuando las puertas se cerraron, las luces iluminaron el nuevo hogar. El lugar estaba construido por la mano del hombre, de eso no había dudas. Todo era acero y cables, un pasillo interminable que los internaba más y más en donde fuera que estuvieran. Un guardia ladró algunas órdenes y los prisioneros se movieron hasta que llegaron a otra puerta. Detrás de esa puerta había una sala gigante en la que entraban unos quinientos hombres.

—¡En fila! —gritó el guardia—. ¡El alcaide los revisará!

* * *

El alcaide Kejora estaba de pie en medio del centro de mando con las manos detrás de la espalda y observaba las decenas de monitores ubicados frente a él. En cada uno de ellos se podía ver a los recién llegados. No le gustaba el aspecto de ninguno. Nada de qué sorprenderse, claro. Un porcentaje menor de la humanidad era resistente a la resocialización de una u otra forma, pero incluso dentro de ese grupito, su programa solo recibía a lo más bajo de la sociedad: piratas, ladronzuelos, asesinos. Tal vez uno o dos disidentes políticos.

No era la primera vez que pensaba en ejecutarlos a todos, pero ese no era su trabajo. El Emperador Mengsk quería yum-kimiles, y yum-kimiles iba a tener.

—Cuéntame algo sobre ese —dijo Kejora, mientras señalaba un monitor con el dedo—. El séptimo de la fila.

Era un hombre joven y desnutrido, un chico en realidad. Tenía la cabeza y los hombros decorados con quemaduras de aceite, y los antebrazos plagados de cicatrices. Los ojos que se asomaban de su cara maltrecha se parecían a los de un protoss: bien abiertos y sin nada que ocultar.

Uno de los analistas, un alférez, respondió: —Soldado Samuel Lords. Veintidós años de edad. Asaltos múltiples. Abuso de armamento militar. Destrucción de propiedad del ejército. Seis asesinatos. El perfil psíquico es algo de no creer, señor.

—Me imagino. ¿Y las cicatrices? ¿A qué se deben?

—Las heridas de la cabeza se las hizo durante una expedición a un mundo dominado por los zerg, señor. Fue uno de los primeros en llegar al colmenar. La operación no estuvo bien planeada; el escuadrón entero entró en contacto con toxinas zerg. De alguna manera, él logró sobrevivir. Las otras heridas se las hizo él mismo.

Kejora acercó la cámara al trazado de tejido arruinado que cubría la cabeza de Lords y pensó en el sumario criminal del muchacho. ¿Cuántas sinapsis habría derretido el ácido alienígena para convertir a ese chico en un gólem? En el entrenamiento se vería si el muchacho era útil para algo. Al alcaide alejó la cámara y se concentró en los otros.

La mayoría de los reclusos nuevos miraban hacia delante o hacia abajo. Algunos de ellos miraban a los guardias de una manera desafiante, pero había un par de ojos que se movía de un lado para el otro, al borde del pánico.

Kejora nunca había visto a alguien con tanto miedo en toda su carrera. —¿Quién mierda es ese? El vigésimo de la fila.

Los técnicos comenzaron a teclear en sus computadoras, pero después de varios minutos, la pregunta de Kejora todavía no tenía respuesta. El alcaide se dio vuelta y encontró a tres técnicos amontonados frente a una pantalla

—¿Qué pasa?

—No tenemos casi nada de información, señor. Se llama Gabriel Feltz y fue reclutado en un asentamiento de colonos. No tiene antecedentes penales. Ni siquiera hay notas sobre su aptitud neural.

Kejora frunció el ceño. No sería la primera vez que un burócrata se equivocaba con el papeleo. —Envía una notificación a Korhal. Necesitamos mucho más que esto.

—Les tomará por lo menos un día contestarnos. ¿Quiere que saquemos a Feltz de la fila?

—No. Ponme en altavoz. Luego de unos cuantos clics, la luz amarilla que estaba frente al micrófono en el medio del centro de mando se encendió.

La voz de Kejora resonó por todo el salón. —Bienvenidos al sistema Torus, prisioneros. Están aquí porque nadie más en toda la galaxia los quiere cerca. Esta es la última oportunidad que tendrán de ser útiles al Dominio. En este lugar hay unas pocas reglas que pueden resumirse en una sola frase: se convertirán en yum-kimiles o morirán en el intento. Hagan lo que tengan que hacer.

Nota de recuadro: Por la victoria se paga cualquier precio. El precio siempre es alto.
—Precepto del Frigorífico N.º 2

Una ola de escalofríos recorrió el cuerpo de todos los prisioneros. Sucedía siempre y Kejora nunca dejaba de disfrutarlo.

—El entrenamiento comienza después de su próximo ciclo de descanso y termina cuando yo lo diga. —Hizo una pausa, y agregó—: Bienvenidos al Frigorífico.

Los guardias llevaron a los prisioneros a otro grupo de puertas, aún más adentro del complejo.

* * *

Los guardias no entraron con los prisioneros a la habitación, y las pesadas puertas se cerraron. Algunos de los prisioneros miraron alrededor en busca de los guardias nuevos. Robots, todos por lo menos una cabeza más altos que un hombre promedio. Estaban ubicados en unos huecos cavados en el pasillo y llevaban una armadura pesada y cañones Gauss. No se movieron, pero Gabriel se imaginó que podían activarse y desplazarse sobre sus ruedas en cualquier momento.

Ninguno de los prisioneros tenía intenciones de ponerlos a prueba.

En un momento se escuchó una voz femenina muy estridente. Algunos reclusos se quejaron y maldijeron a las adjutoras y demás. La voz les dio la bienvenida formal al complejo de entrenamiento de yum-kimiles y dijo que su deseo era ver que todos los prisioneros se convirtieran en colaboradores valientes del Dominio. Del hombre joven de las cicatrices brotó una risa oscura.

La adjutora describió el complejo muy alegremente, como si fuera una guía turística. Si uno se concentraba en las palabras, el lugar casi parecía agradable pero alcanzaba con mirar un poco alrededor para ver los signos desagradables de lo que estaba por venir. El aire era seco y frío, pero olía a comida. En un muro había una mancha roja y seca. No había ningún premio para el que adivinara qué era.

La sensación de estar siendo vigilados era tangible. Gabriel miró hacia arriba y vio una gran cantidad de aparatos y sensores en todo el techo: sensores térmicos, detectores de movimiento, cámaras y quién sabe qué otra cosa. De privacidad ni hablar.

Después de mucho andar, llegaron a los dormitorios. Era una sección llena de celdas... y no estaban vacías. Unos cien hombres, que probablemente habían llegado algunas horas antes, se acercaron para darles la bienvenida a los recién llegados.

Gabriel sabía que ese no iba a ser un encuentro placentero y se encargó de no llamar la atención. Era evidente que iban a desafiar a alguno de ellos y que lo iban a usar como ejemplo. Como si hubiera escuchado su pensamiento, un hombre gigantesco entró con paso seguro y se acercó a los nuevos prisioneros sonriendo como un cocodrilo.

—¿Qué tememos aquí? —dijo con una voz áspera.

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