StarCraft® II

Una historia corta por

Matt Burns

BIP.

BIP.

BIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP.

El siervo portuario se despertó bañado en un sudor frío, como siempre. La alarma del transmisor que tenía implantado en la muñeca chillaba cada cinco segundos. Iván, el jefe, lo estaba llamando. Había llegado un nuevo producto.

El instinto tomó el control y comenzó a emitir órdenes. Las glándulas adrenales segregaron su propio estimpack en las venas. Los pulmones se le llenaron de aire. Los latidos del corazón se le aceleraron. Los glóbulos rojos inyectaron oxígeno a través de los tejidos musculares mientras comenzaba el ritual de despertarse.

El siervo se levantó del enmohecido asiento de piloto en el que dormía y se subió el cierre de un uniforme de trabajo sucio reforzado con una capa delgada de neoacero que debía resguardarlo de los ataques. La sórdida luz parpadeante apenas iluminaba lo que era su hogar: la cabina de mando de una nave vieja ya destruida. Revolvió los cables desparramados por el piso con la esperanza de encontrar una ración de emergencia. No tuvo suerte.

Sentía la urgencia de obedecer al llamado de Iván, pero el ritual aún no había terminado. Tanteó el panel de control oxidado hasta alcanzar un compartimento abierto, metió la mano en la oscuridad y sacó una insignia dorada con forma de alas de piloto que colgaba de un cordel de goma. Se la puso y sintió el metal contra el pecho: frío, fuerte, tranquilizador.

Pronunció lentamente su nombre: —Vik. A veces era fácil olvidarlo, sobre todo cuando los días se transformaban en una cadena interminable de experiencias cercanas a la muerte. —Yo no soy como ellos... Yo soy Vik.

El siervo portuario llamado Vik salió de la nave y cerró la puerta con un candado magnético. Se detuvo un momento para adaptarse al entorno y dejar que sus órganos sensoriales percibiesen el nuevo día. Una capa de miasma espesa y oscura cubría el aire hasta donde llegaba la vista. La mortecina luz del sol apenas se colaba entre los cascos retorcidos de las naves, las barras de metal y otros restos de basura que formaban las callejuelas del Puerto del Muerto Hogar, dulce hogar.

La ciudad de chatarra vibraba llena de actividad, y el zumbido constante daba una falsa ilusión de vida pujante en un lugar atrapado en una decadencia perpetua. En algún sitio, los traficantes cargaban en sus naves toneladas y toneladas de hab cortado con solventes industriales para los niños ricos de Turaxis II. En otro sitio, los refugiados que pensaban que habían llegado al paraíso desembarcaban de los transportes para caer en las garras de los esclavistas.

Un día más en el puerto.

Otros siervos iban y venían en sus actividades diarias, vendiendo productos para los jefes mafiosos locales, haciendo trabajitos para casas de apuestas y burdeles o robando carga en el puerto estelar. Con la piel cubierta de suciedad y las ropas manchadas, se camuflaban a la perfección con el oscuro paisaje de hierros y metales. A los tipos de la clase de Vik se los llamaba de muchas maneras: ratas callejeras, parásitos, insectos. Vik no se ofendía. Abandonados a su merced y repudiados en una ciudad aplastada bajo las botas de la humanidad, podían convertirse en animales para sobrevivir.

Yo soy Vik. Yo no soy como ellos...

Comenzó a andar por las calles polvorientas a paso prudente, casi siempre mirando hacia adelante. De vez en cuando se arriesgaba a echar una mirada a los que pasaban y se fijaba si había un enrojecimiento sutil en la piel, la señal biológica inconsciente que lo alertaba sobre un ataque inminente. Se detuvo junto a un cuerpo en el que unas nerratas sarnosas de ojos rojos se estaban dando un festín. Por la apariencia, llevaba ahí un par de días. Nunca se enterraba a nadie en los callejones traseros.

Pronto tuvo a la vista el desarmadero de Iván. La antigua refinería de vespeno reacondicionada se levantaba en los confines del Puerto del Muerto. El siervo apuró el paso, aliviado por haber llegado ileso, cuando alguien lo sorprendió al doblar la esquina y lo sujetó por el cuello.

Cerró los puños y ya se preparaba para defenderse cuando vio que el agresor era otro siervo. Al igual que Vik y los demás miembros de su clase, el atacante llevaba ropas andrajosas y tenía la cabeza afeitada, con marcas de picaduras recientes de insectos. Tenía un aspecto peligroso. Y era el único amigo de Vik.

—Otra vez tarde, carajo —dijo Serj mientras lo soltaba.

—Vete a la mierda. —Vik sonrió y levantó la vista para saludar a su amigo.

Serj era enorme. Podría haber sido el matón de algún jefe mafioso pero tenía cerebro, algo que no se veía mucho en el puerto. Él y Vik se habían conocido en la calle y habían aprovechado su afición por la ingeniería, las reparaciones y la venta de mercadería para ahorrar créditos y poder irse del puerto. Habían hecho el pacto de abandonar ese lugar sin claudicar, sin convertirse en tan solo dos animales con dos patas como el resto de los siervos. Pero luego Iván se percató de su talento, los "contrató" y les implantó transmisores en los brazos. El empleo no era negociable. Vik y Serj a veces pensaban en escaparse, pero sin dinero no había ningún lugar a donde ir.

—Déjame verlas. —Serj señaló el pecho de Vik.

—¿Las quieres hoy? —respondió Vik mientras le mostraba las alas de piloto. Serj se las había sacado a un tipo que encontró muerto en los callejones traseros. Esa insignia era lo único que los había ayudado a tener esperanzas en el futuro durante los últimos años. A pesar de eso, Vik ya no era tan optimista como antes. Cada vez que empezaban a ahorrar un buen puñado de créditos, alguna banda de siervos se los robaba o se quedaban sin comida y tenían que gastar los ahorros para conseguir más. Siempre pasaba algo. La vida en el puerto tenía el poder de oprimir hasta el fondo, de quitar las fuerzas, de aplastar todos los sueños.

—No, quédatelas. ¿Dijiste la oración esta mañana?

—Claro, ¿y tú?

—Yo soy el que te la enseñó, idiota —dijo Serj dándole un empujón en el hombro—. A propósito —agregó mientras le arrojaba una ración de emergencia a su amigo—, los ruidos de tu estómago se oían desde la esquina.

Vik se encogió de hombros un poco avergonzado e hizo un gesto con la cabeza en señal de agradecimiento. —No es la última que te queda, ¿no?

—Come —fue la única respuesta de Serj. Vik sabía que no valía la pena discutir. Nunca daba resultado.

Mientras comía la mezcla gelatinosa de nutrientes, notó las oscuras ojeras de su amigo. Cada día que pasaba, Serj se veía un poco más agotado, y Vik se preguntaba si la preocupación de su amigo por cuidarlo no sería una de las causas. Vik nunca había tenido una familia, al igual que el resto de los siervos, pero si el concepto de "hermano mayor" hubiera existido en ese lugar, Serj sería exactamente eso.

—Vamos. —Serj se dirigió hacia las puertas del desarmadero, abiertas de par en par—. Llegó algo grande.

Los pensamientos de Vik se aceleraron cuando imaginó la clase de artefacto tecnológico en el que podría meter mano. Los hombres de Iván habían perfeccionado el arte de la piratería selectiva, y secuestraban naves solitarias para contrabandear la mercadería. Por lo general conseguían material médico o alimentos, pero de vez en cuando pescaban algún artefacto tecnológico raro que Vik desarmaba y estudiaba antes de que su jefe lo vendiese al mejor comprador. Eran buenas épocas.

—¿Y bien? ¿Qué es? —preguntó Vik con ansiedad.

Serj se volvió para mirarlo. Había algo en su mirada... Repulsión... Inquietud... Temor.

El instinto de Vik reaccionó. Corre.

—Zerg.

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