Una historia corta por

Matt Burns

Vik había oído hablar de los zerg, como todo el mundo. Unos años atrás, habían aparecido en el espacio terran y habían causado el caos, destruyendo mundos y masacrando a millones de colonos. Incluso la Confederación terran, que en ese momento era el gobierno más poderoso del sector Koprulu, se había desmoronado y había desaparecido por la invasión alienígena. Los zerg eran criaturas de pesadilla, los enemigos de todos los terran.

Se los imaginaba más grandes.

Tres de esas criaturas, que eran la mitad de Vik en tamaño, estaban sentadas en el suelo, en el centro del desarmadero. Sus cuerpos segmentados estaban cubiertos por un grueso caparazón de púas, con varias hileras de patitas a su alrededor. En la cabeza de cada alienígena sobresalía una especie de mandíbula dentada, que enmarcaba varios ojos apagados, casi sin vida.

Junto a las criaturas había una caja de neoacero de tres metros de largo y dos de profundidad, llena de balazos. Por el hielo cristalizado que se veía incrustado alrededor de los bordes, Vik dedujo que debía ser algún tipo de congelador o contenedor criogénico.

—No parecen tan temibles. —Hutchins, uno de los mercenarios de Iván, alzó a uno de los zerg en el aire. Sus tatuajes luminiscentes contorneaban los músculos flexionados por el esfuerzo. Los otros mercenarios se agruparon alrededor de los alienígenas, formando una masa irregular de cartucheras, cuchillos, extremidades cibernéticas y armaduras abolladas.

Los siervos bordearon el grupo para buscar una mejor vista, más allá de las torres de contenedores. La sala central del desarmadero era un lugar cavernoso y húmedo, iluminado tenuemente por algunos destellos de luz. De las sombrías vigas del techo colgaban motores oxidados, sostenidos por cadenas más oxidadas aun. Durante los diez años que había estado al servicio de Iván, Vik había ayudado a arreglar y mejorar la mayor parte del desarmadero. Era su segundo hogar: una cárcel que él mismo había diseñado.

—Deja eso, es propiedad de Iván. —La voz de Jace resonó gravemente, como un motor viejo que funciona por última vez. Se adelantó entre los demás hombres mientras se rascaba una vieja y arrugada cicatriz que le cruzaba la cara de oreja a oreja.

—El jefe no va a conseguir un comprador. —Hutchins sacudía al zerg en el aire. Vik esperaba que el alienígena reaccionase y lo cortase en dos, pero solo se quedó colgando, indefenso. Era muy decepcionante—. No traficamos mercadería viva. Esto no es más que comida para perros. No tiene nada de malo divertirnos un rato.

—Ya tuviste bastante diversión. —Jace golpeó suavemente su bota contra los agujeros de bala de la caja congeladora.

Hutchins lanzó un gruñido. —Déjame en paz. El tipo disparó y yo tuve que tirar también. No es mi culpa que haya usado su propia carga como escudo.

—Solo digo que ya hiciste bastantes méritos para hacer enojar a Iván —dijo Jace, encogiéndose de hombros.

El otro mercenario dejó caer al zerg, y Vik se estremeció cuando el alienígena se estrelló contra el piso de metal. Hutchins era novato en el grupo y ya se había metido en problemas en otras ocasiones, pero esta vez era diferente. Nadie despreciaba la propiedad del jefe. Jamás, jamás, jamás.

Sin embargo, Iván no aparecía. Probablemente estaba metido en su oficina, haciendo contactos y rastreando posibles compradores. De todas formas, Vik se sentía incómodo solo por ser testigo de esa desobediencia.

—Deberíamos irnos —le susurró Vik a Serj. Su amigo no respondió. Como los mercenarios, no podía dejar de mirar a los alienígenas.

Vik se dio vuelta y miró a su alrededor. Algo se movió en las sombras de un corredor que desembocaba en el lugar. Ivan... estaba observando.Una enorme criatura de cuatro patas avanzaba silenciosamente junto a su amo.

—¿Qué les parece una apuesta entre caballeros? —Hutchins sacó una pistola y la apuntó hacia uno de los zerg—. Yo creo que mi P220 puede atravesarles la armadura. ¿Alguien quiere apostar?

Nadie llegó a responder. Iván levantó rápidamente la mano señalando al mercenario, una orden silenciosa que solo Vik pudo ver. El animal que estaba junto al jefe gruñó, pegó un salto y quedó bajo la luz. Era uno de los mastines del jefe. La bestia moteada atravesó el aire y tiró a Hutchins al suelo.

—¡Fuera! —bramó el mercenario mientras el perro le clavaba los colmillos en el brazo. Hutchins golpeó su puño contra las placas de acero que formaban la piel del animal, pero eso solo pareció irritarlo más.

Iván se acercó con calma al grupo, vestido con su característico traje negro. Al verlo junto a los mercenarios fuertemente armados tenía un aspecto benigno, salvo por los gélidos ojos que se mantenían siempre en alerta. El jefe se aproximó al lugar donde Hutchins peleaba por liberarse del perro.

—¡Yo no hice nada! —gritó el mercenario.

—No es por lo que hiciste, es por lo que pensabas hacer. Aunque no muerda, un perro rabioso es un perro rabioso. Es solo cuestión de tiempo para que una bestia así busque sangre.

—Ya entendí, jefe. ¡Ya entendí! ¡Sáquelo!

Iván chasqueó los dedos y el perro abandonó su presa.

—Mierda, jefe. —Hutchins examinó la mordida que le sangraba en el brazo mientras se levantaba.

—Deberías agradecerme, Hutch. —Iván levantó del suelo la pistola P220 del mercenario—. Ibas a pasar mucha vergüenza con esa apuesta.

—¿Qué quiere decir?

—Estos zerg que ves acá son unos bichos bastante duros. Larvas, los llaman. En la guerra, era difícil bajarlos incluso con los rifles Gauss de los marines confederados. ¿Tu P220? —Iván miró el arma con desdén—. No habría servido de nada.

El jefe de Vik movió lentamente la pistola hacia uno de los zerg. —La bala habría rebotado así —dijo, mientras apoyaba el arma sobre el alienígena y luego la levantaba formando un arco en el aire hasta apuntar a Hutchins. Se detuvo cuando la P220 quedó contra el pecho del mercenario—. Y habría terminado aquí.

Hutchins no dijo una palabra. Al jefe le gustaba hacer bromas, jugar con las personas. Vik nunca sabía si hablaba en serio o no. En una ciudad en la que la supervivencia dependía de adivinar el próximo movimiento del rival, la imprevisibilidad de Iván lo transformaba en un terror permanente.

—Ya ves. —Iván sonrió, le dio una palmadita en el hombro al mercenario con la mano que tenía libre y la tensión cedió—. Habrías sido el hazmerreír de todos de aquí a Moria. Todos los mercenarios del sector se habrían reído a carcajadas al recordar cómo te mató una larva zerg.

Hutchins soltó una risita forzada. —Sí, sí. Ya veo.

—Ahora, por lo menos dirán que te maté yo.

Los disparos resonaron en los oídos de Vik cuando Iván apretó el gatillo y abrió un agujero a través de la armadura y el pecho de Hutchins. El cuerpo sin vida del mercenario cayó hacia atrás contra una pila de cajas como si fuese un muñeco de trapo.

Iván señaló el cuerpo del mercenario y chasqueó la lengua. El perro se abalanzó y comenzó a roer el cadáver. —No es tan difícil, muchachos —dijo—. Ustedes me traen el producto, yo lo vendo. Hasta entonces, nadie lo toca.

Los mercenarios asintieron con la cabeza, sin ni siquiera volver a mirar a Hutchins. ¿Por qué iban a mirarlo? Ellos estaban vivos. Habían sobrevivido otro día. Y eso era lo único que importaba.

—¿Encontró un comprador, jefe? —Jace se rascó perezosamente la cicatriz.

Iván dio un puñetazo contra la caja congeladora. —Resulta que el contrabandista que atacaron le estaba llevando esta propiedad a una rata de laboratorio que se llama Branamoor. Tuve que pedir muchos favores solo para conseguir esa información.

—¿Un comprador privado? —preguntó Jace.

—No creo —respondió Iván—. No era la primera vez que este contrabandista le llevaba carga, así que debe tener bastante para pagar. Probablemente es alguien de un gobierno, pero no pude averiguar de cuál. Puede ser umojano, pero apostaría a que es del Dominio. Siempre están metidos en alguna mierda. De todas formas, no importa. —Iván espantó un par de moscas que se acercaban al cuerpo de Hutchins—. Lo importante es que logré contactar a Branamoor a través de un intermediario. Tiene mucho interés en mantener en silencio todo este asunto. Si es del Dominio, lo que menos quiere es que haya un informe de la UNN para denunciar que trafica zerg vivos. Lo que sí quiere es a estas bellezas... Tanto que va a enviar a uno de sus asistentes a recogerlas. Será en cuatro días.

—¿Cuánto hay? —La pregunta de Jace resonaba en la cabeza de cada uno de los mercenarios. Les pagaban una parte de lo que se conseguía en el mercado negro por las mercaderías robadas. Una carga valiosa podía representar una pequeña fortuna.

—Lo sabrán cuando hagamos el intercambio, como siempre. Vuelvan a trabajar. —Iván se volvió hacia Vik y Serj mientras lo mercenarios se dirigían lentamente a hacer el inventario de otras mercaderías secuestradas—. Siervos. Los compradores desean que estas muestras de ingenio terran estén en perfectas condiciones en el momento de la entrega. Y es mi intención complacerlos.

La rata de laboratorio no sabe que están afuera de la caja, se dijo Vik. Conocía el juego, nunca se muestran las cartas. Probablemente el comprador creía que el producto seguía guardado y a salvo. No entendía qué diferencia había, a menos que fuese peligroso dejar a los alienígenas afuera.

—Encierren a los zerg en una de las jaulas para perros vacías —continuó Iván—. Vigílenlos mientras reparan la caja. Si pasa algo, si alguien quiere joder, me avisan.

—Seguro, jefe. —Vik sintió escalofríos de solo pensar en meterse en una jaula con los zerg.

El comprador los quiere vivos. Entendido?

Serj se despertó de su aturdimiento y alejó la mirada de los zerg. —Entendemos, jefe.

Vik asintió efusivamente y miró al mastín. La bestia sacó la lengua entre los colmillos amarillentos y lamió el charco de sangre que se había formado junto al cuerpo de Hutchins. Cuando Iván giró sobre sus talones y silbó, el animal salió sigilosamente junto a su amo dejando atrás los restos de su comida.

Buen perro.

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