StarCraft® II

Una historia corta por

Matt Burns

Vik estacionó el transporte de Iván en el límite del área de aterrizaje que hacía las veces de puerto estelar de la ciudad. Saltó del vehículo vestido con una camisa y pantalones gastados. Se había quitado el uniforme y lo había colocado alrededor de la larva para no llamar la atención de los oficiales del puerto estelar. La ropa ocultaba por completo al alienígena, y Vik parecía solo un siervo más que transportaba desechos inútiles.

Estuvo a punto de pasar de largo ante la nave del comprador. La rata de laboratorio había actuado con astucia. La nave desgastada y de apariencia normal encajaba perfectamente en el puerto. Lo que la delataba era el hombre regordete que esperaba afuera, prolijamente afeitado y vestido con un uniforme de color negro impecable. El representante de Branamoor. Vik recordó lo que Iván había dicho. El hombre probablemente estaría en problemas si no fuera por los guardias armados (mercenarios, por lo que se veía) que tenía a su alrededor.

Vik se dirigía a la nave cuando sintió una tremenda fatiga. Los golpes y las heridas que se había ganado en las últimas horas revivieron con fuerza. Parecía que la larva pesaba toneladas en sus brazos. Cuando quiso acomodar al zerg, entre los pliegues del uniforme aparecieron las alas de piloto. El siervo se quedó mirándolas por un momento, sin reconocerlas de inmediato.

Sin embargo, algo en su interior las reconoció. La niebla primigenia que aturdía su mente pareció disolverse. Los fragmentos de su anterior personalidad, celosamente guardados en el subconsciente, se agitaron con inquietud. Luchó por evadirlos. Esos resabios débiles e innecesarios solo atentaban contra su supervivencia.

"No somos como ellos, eso es lo importante. No somos animales". Escuchaba la voz de Serj en su cabeza.

—Cállate... —gruñó Vik. Pisó con fuerza las alas para silenciar esa voz no deseada. En su interior, su otra mitad salía a la superficie de la conciencia armada con recuerdos, responsabilidades y culpas.

"Cuando logremos salir de aquí, vamos a pasearnos entre las personas. Seremos verdaderos terran".

Vik tropezó. Las imágenes del día anterior pasaban por su mente como los vagones de un tren: el cuerpo despedazado de Jace, los mastines desgarrando las gargantas de los mercenarios aterrorizados, y los restos de Iván tirados en la calle. En realidad no había visto nada de eso mientras sucedía. No había sido él; era otra persona. Otra cosa.

—Vik... —dijo el siervo mientras caía sobre las rodillas—. Yo soy Vik.

El representante del comprador lo miró con repulsión, sin advertir la carga atesorada bajo el uniforme ensangrentado. Los ojos de ese hombre, fríos y calculadores, le recordaban a Iván. El siervo abrazó a la larva en un gesto de protección mientras pensaba en figuras indiferentes enfundadas en trajes blancos de laboratorio, escarbando en el alienígena y pinchándolo con extraños dispositivos. La libertad estaba al alcance de las manos, a solo unos metros, y lo único que se necesitaba era una vida más, la vida de un alienígena que ni siquiera podía pensar. Solo un sacrificio más para terminar con esta travesía de sangre...

—Los dos nos olvidamos... —Vik tomó las alas de piloto del suelo, se dio vuelta y se alejó del representante de Branamoor—. Los dos jodimos todo. Debería haberme quedado... haberte convencido para que no lo hicieras. Podríamos haber encontrado otra manera.

Cayó rendido por el cansancio al llegar a los límites del puerto estelar. Permaneció sentado en el lugar durante horas, mirando las naves que llegaban y se iban. Finalmente, la nave de la rata de laboratorio partió sin ninguna carga.

La larva murió más tarde esa noche. Sus patitas dejaron de moverse y el cuerpo se puso rígido. Vik cavó una fosa y puso al alienígena adentro. Se quedó junto a la tumba, pensando en todos los videos de UNN que había visto acerca de los zerg. Cualquier otro terran habría dicho que la larva era un monstruo, pero no el siervo. Esa pequeña criatura no había llegado a convertirse en un ser monstruoso. Los zerg cambiaban la piel cuando se transformaban en máquinas de matar, pero los de la clase de Vik eran siempre iguales. Escondían su bestialidad bajo máscaras cuidadosamente maquilladas. Quizás por eso su especie era más peligrosa que un millón de alienígenas sedientos de sangre embistiendo contra una colonia indefensa. Al menos a los zerg se los veía venir cuando atacaban.

Vik comenzó a cubrir la tumba con tierra, y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Se dio cuenta de que en medio de su ataque de terror y frialdad no había sentido nada por la muerte de Serj. Cuando bajó la vista para mirar a la larva a medio enterrar, esos sentimientos adormecidos revivieron. Era la primera vez en su vida que veía algo muerto y sintió una profunda tristeza. Supo por primera vez lo que significaba sentirse como una persona de verdad.

A la mañana siguiente, Vik le entregó el transporte de Iván a un grupo de contrabandistas a cambio de un lugar en el compartimento de carga de su nave. Nunca preguntó a dónde se dirigían. Salvo por el montón de ropa que llevaba y las alas de piloto de Serj en su bolsillo, había dejado todo atrás. Era solo Vik cuando subió por la rampa de embarque de la nave. El soñador. El amigo. El terran.

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