Una historia corta por

Gavin Jurgens-Fyhrie

Amos supremos, somos nosotros. A Kerrigan, escuchamos nosotros. Las palabras de Nosotros nos empujan.

Se ha ido, Kerrigan. Enloquecimos, Nosotros. Enloquecimos nosotros nacidos después de la Creación.

Recordamos, algunos de nosotros.

Los mundos ancestrales, recordamos nosotros. Las crías hambrientas, recordamos nosotros.

El miedo, recordamos nosotros.

A Nosotros, llamamos nosotros. Nos salvamos, Nosotros. Nos convertimos nosotros.

Larga vida tenemos nosotros. El idioma del color y la mente, recordamos we. Contar, pudimos nosotros.

Lloramos, nosotros. Asesinados por los no-Nosotros, muchos de nosotros. Pero...

No nos asesinaron, a Uno y Uno, compañero de siglos atrás.

Mientras nuestras mentes dormían, servimos nosotros. Juntos, cuando nuestras mentes regresaron, fuimos nosotros.

En la línea del horizonte, esperamos Uno y Uno.

En un lado, el abrazo calmo de Nosotros. Regresará, Kerrigan. Lo sabemos nosotros.

Al otro lado, la locura.

Soledad.

CNos aferraremos a la línea del horizonte, nosotros. Muerta, está nuestra especie. Muertas, están nuestras crías.

Los últimos de nuestra especie, somos nosotros.

Uno y Uno.

* * *

Diez minutos antes de morir, Razek miró hacia el nuevo hogar de sus Piratas Escántidos con un dejo de logro supremo.

Estaba de pie en la plataforma de observación de la antigua Academia de fantasmas de Tarsonis, una estructura gigante de mármol oscuro y reflectante por fuera y de neoacero por dentro. Los suelos resecos de la plaza de la ciudad enmarcaban la academia y el destrozado monumento que estaba al frente. Solo quedaban dos pies de piedra rotos sobre un pedestal, antaño tributo a algún héroe de la ya extinta Confederación.

Cinco años antes, los zerg habían llegado a Tarsonis, el mundo capital de la Confederación. Miles de millones de personas habían muerto en pocos días a manos de los protoss y los zerg. Ahora Tarsonis era un mundo fantasma, un canal para los vientos que ululaban en los corredores de piedra fría y que corrían entre los restos oxidados de los rascacielos que rodeaban la academia. La ciudad de Tarsonis era un lugar espeluznante, eso nadie lo dudaba, pero desde que la tripulación salvaje del Dominio se había marchado, no quedaba ni un alma.

Razek sonrió, frotándose la red de cicatrices que le adornaba la garganta. Ni un alma excepto por sus piratas, claro. Y unas pocas patrullas del Dominio. Muy pocas, dirían algunos.

Era evidente que la academia necesitaba refacciones. Los piratas solo tenían acceso al nivel A y los niveles superiores, aun cuando los ascensores bajaban hasta el nivel Z. . Razek encendió un cigarrillo y expulsó el humo entre los dientes. ¿Qué secretos interesantes y valiosos habría escondido la Confederación allí abajo?

Razek parpadeó. Una mancha blanca trazó una línea a través del cielo gris de Tarsonis; una línea que giró y volvió directo a...

Tanteó su comunicador justo cuando el evamed del Dominio, con los motores a toda velocidad, se detuvo abruptamente sobre los terrenos polvorientos de la academia. Ocho marines abastecidos de poderosas armaduras de CMC saltaron de la rampa de carga central. Los pies metálicos crujieron al contacto con la tierra.

Sera y Bourmus, que vigilaban la entrada del túnel debajo de la estatua destruida, quedaron boquiabiertos. Solo Sera consiguió tomar su pistola antes de que los cuatro marines más cercanos se arrodillaran y los ocho juntos empezaran a disparar sus rifles Gauss al mismo tiempo. Las balas de los C-14 fulminaron a los dos guardias, que cayeron como una pila enmarañada.

Habían pasado solo veinte segundos desde que Razek vio la nave de transporte. El comunicador, casi sin uso, le temblaba en las manos.

Uno de los marines, con su armadura maltrecha y destrozada, rompió las filas y echó a correr hacia el túnel. Miles salió corriendo del túnel, chillando y con su cuchillo en la mano, como siempre. El marine le tomó la muñeca, la aplastó y le partió el cráneo de un revés. El cerebro del idiota salió volando y regó la tierra.

—¡Razek! —gritó Lom por el comunicador—. ¡Los Marines! ¡Están matando a todos!

Todavía no, pensó Razek, mientras se dirigía al ascensor y desenvainaba su lanzaagujas Gauss. Pero estoy seguro de que les vamos a dar una oportunidad.

* * *

Cuatro marines del Dominio avanzaron por el corredor oscuro de dos en dos, sus cuerpos bloqueando la luz solar que entraba por la puerta frontal. Los iluminadores del pecho brillaron y alumbraron la silueta de las puertas del ascensor que tenían delante con círculos de luz superpuestos.

Un pirata plagado de cicatrices se abalanzó hacia las luces como un stripper sin experiencia y disparó una ráfaga rápida de agujas. Una munición dio en los servos de la pierna izquierda del marine. El soldado cayó de rodillas sin soltar su C-14, y contraatacó. Las púas empaladoras trazaron una línea diagonal que cruzó el pecho del pirata y cayó, partido en pedazos.

Entonces llegó el resto de los piratas, o bien por esa falta de valor que muchos confunden fatalmente con coraje, o bien por mera desesperanza. Un marine que estaba atrás arrojó una granada que atravesó la última embestida heroica de los piratas en dirección hacia las puertas del ascensor.

Llamas y fragmentos de acero segaron todo el recorrido del corredor. Los piratas no se desintegraron. No precisamente.

El sargento Bayton levantó el visor de su casco. Gotas de sangre y otras cosas indescriptibles resbalaban por su cuerpo.

"—¿Soldado Berry? —dijo amablemente, mientras quitaba pedazos de pirata de las manos mecánicas de su traje—. La táctica que ha usado es valiente y única.

—¡Gracias, sargento!

—Por nada. La mayoría de los marines diría que usar granadas de fragmentación en combates de corta distancia es... ¡una verdadera estupidez!

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