StarCraft® II

Una historia corta por

Matt Forbeck

—No estamos listos para esto. —Erick Snabb se retorció en el arnés de su vikingo mientras que la nave se desplazaba a gran velocidad por el cielo azul profundo de Braxis. Manejar esa máquina tosca era como montar una mula alquilada y tenía ganas de bajarse y darle unos golpes como si realmente lo fuera. Tal vez se guardaría ese tratamiento para el ingeniero que tuvo la idea de ponerle alas a un caminante de guerra y forzarlo a volar.

—Tú no estarás listo, novato —gruñó el mayor Stortand Varg por el canal de comunicación abierto—. Sabías en qué te metías cuando te ofreciste como voluntario.

Los otros miembros de la formación se rieron. Las mejillas de Erik ardieron de vergüenza. Lo reconfortó un poco el hecho de que nadie lo podía ver.

Entonces apareció la cara de Varg, fea y maltrecha por la guerra, en la pantalla de Erik y lo fulminó con la mirada. En el pasado, un hidralisco le había abierto la cara de un tajo con una de sus garras de un metro de largo y el veterano no se había molestado en hacerse la cirugía reconstructiva hasta que fue demasiado tarde para que sirviera de algo. La cicatriz le atravesaba la boca y hacía que los labios tuvieran una mueca permanente que exponía las prótesis metálicas que reemplazaban los dientes que había perdido en la batalla.

Para Erik, la cara de Varg era un recordatorio cruel de los horrores de la guerra que quería dejar atrás. Él había volado un Ánima para el Dominio por poco más de un año durante esa ruta de servicio distante que le asignaron y había disfrutado cada minuto. Erik nunca se había sentido tan vivo como cuando se sentaba frente a los controles de un caza, sintiendo el poder en sus manos y protegiendo a la galaxia para los terran.

Había considerado que era su obligación usar su talento y sus habilidades como piloto de combate donde pudiera hacer el bien. Luchar por el Dominio contra las fuerzas que amenazaban con estrangularlo en su cuna le había parecido la forma más inteligente de ayudar a la mayor cantidad de gente posible. Y digamos que tampoco le molestó mucho haber tenido la oportunidad de volar algunas de las máquinas más poderosas y mortíferas del sector.

Eso le había durado hasta conocer a Kyrie y enamorarse. Por mucho que adorara volar, no podía soportar dejarla en tierra. Había visto la manera en que Kyrie lloraba por él cada vez que se iba a la batalla, aterrada pensando que nunca volvería a verlo, y supo que no podía hacerla sentir así toda la vida o, peor aun, hacerla lamentar su muerte.

A sus superiores no les había gustado nada que quisiera renunciar. Lo arengaron con el hecho de que el emperador había invertido una fortuna en su entrenamiento y que Erik tenía que pasar el resto de su vida retribuyéndolo por ello. Sin embargo, al final, más allá de qué parte de él estaba de acuerdo con esos oficiales, Erik se había ido. Cuando se enteró de que Kyrie estaba embarazada, ni el mismísimo Emperador Mengsk habría podido convencerlo de que se quedara.

Tan pronto como terminó su ruta de servicio, se casó con Kyrie. Como regalo de bodas para ella, Erik obtuvo su licencia, subió a Kyrie y a Sif, la hijita dulce que tenían, a un transporte interplanetario y las llevó a Braxis.

Braxis, solitario y glacial, estaba lejos del resto del Dominio, lo que le daba a Erik la esperanza de que no caería en la tentación de volver al servicio. Casi lo hace un par de veces después de ver las noticias en UNN pero siempre recuperó la cordura antes de partir hacia el puerto estelar.

En cambio, había vuelto a su trabajo: hacer transportes aéreos sobre los páramos helados de Braxis en los que llevaba mercancías de un asentamiento a otro y minerales preciosos desde las minas hasta las refinerías. Ganaba bien, pero lo mantenía alejado de Kyrie y Siff, a veces durante días. También le daba demasiados momentos para estar solo con sus pensamientos.

No bien mencionó la posibilidad de abandonar el planeta, Kyrie supo lo que realmente quería decir. —Olvídalo —dijo ella—. Tenemos una buena vida aquí. Es seguro, está lejos de todos los problemas de alguien que se está construyendo un imperio y es el tipo de lugar en el que nuestra hija tiene una chance real de crecer con su madre y su padre. ¿Por qué querrías cambiar eso?

Erik se encogió de hombros. —Es que no me siento muy útil aquí. Allí afuera se está escribiendo la historia de la humanidad y nosotros no vamos a ver ni las notas al pie de página.

Kyrie sacudió la cabeza. —Dime que eso es más importante que tu matrimonio. Más importante que darle un padre a tu hija. Dímelo y lo pensaré.

Quería alejar la vista pero ella lo tomó de la barbilla y lo obligó a mirarla. —Vamos—dijo ella—. Inténtalo.

No podía. La tomó en sus brazos y la sostuvo hasta que se le fue el ansia de partir. Necesitó un abrazo muy largo.

Así que volvió a su trabajo y le sacó el mejor provecho posible. Si eso significaba ser un simple camionero, entonces sería el mejor camionero del planeta, carajo. Hizo un buen trabajo y ascendió en la organización. Sus jefes lo dejaron trabajar cerca de casa y lo mandaban a hacer viajes cada vez más cortos para que pudiera pasar más tiempo con su familia.

Estaba en paz. Se sentía satisfecho. Hasta feliz.

Y entonces llegaron los zerg.

Todo ese mineral precioso que Erik había estado transportando por todo el planeta resultó ser tan valioso para los zerg como para los terran. Los alienígenas no daban ninguna advertencia cuando invadían. No hacían ninguna demanda. Caían en la superficie de un planeta e inmediatamente se ponían a trabajar para tomar lo que querían y masacrar a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Cuando Erik por fin llegó a casa, Kyrie estaba llorando. Sif (la niña dulce, pequeña, de ojos azules) había hecho todo lo posible por consolar a su madre pero no lo había logrado. Se sintió tan aliviada al ver a su padre que corrió hasta él y saltó a sus brazos no bien abrió la puerta. Entonces, una vez que se sintió a salvo, ella también se permitió llorar.

Erik había estado escuchando los reportes de la UNN durante todo el viaje hasta su casa. Sabía que el planeta ya estaba perdido, al menos el Braxis que él conocía. Era solo cuestión de tiempo para que los zerg arrasaran con el último terran de la faz del planeta. Aunque el emperador enviara una fuerza para detenerlos, la guerra entre ambos lados haría trizas los asentamientos. Erik, Kyrie y Sif tenían que irse ya mismo y rogar que quedara algo en pie para cuando volvieran.

Estaban empacando sus cosas para la evacuación cuando llegó la llamada. El reclutador local le dijo a Erik que el ejército había armado un plan para frenar a los zerg, al menos por un tiempo. Con suerte, los contendría hasta que la mayoría de las personas del planeta hubieran tenido la oportunidad de escapar. Pero el Dominio necesitaba más pilotos aptos para el combate para poner en marcha ese plan desesperado, y los necesitaba ya.

Kyrie reaccionó de inmediato. —Ve —le dijo a Erik mientras se secaba las lágrimas que le recorrían el rostro—. Ayuda en todo lo que puedas. Te estaremos esperando cuando regreses.

Erik se tomó el tiempo suficiente para darle un beso de despedida a Kyrie y a Sif antes de salir a toda velocidad a encontrarse con el reclutador

Cargando comentarios…

Ocurrió un error al cargar los comentarios.