Una historia corta por

Danny McAleese

Todas las explosiones cesaron al mismo tiempo.

Durante un momento largo e inquietante, reinó el silencio. Luego, las columnas de humo de color blanco y gris que cubrían la zona de combate se elevaron lentamente en el aire detenido. Como en el truco de un mago cruel, quedaron a la vista los restos calcinados del campo de batalla y se fundieron en un panorama árido y despojado.

Los protoss habían sido brutalmente meticulosos en su ataque. Los restos de los uniformes de combate de quienes alguna vez habían sido marines vivos y fuertes ahora yacían esparcidos en diferentes escenas de destrucción. Algunos soldados habían sido calcinados por los disruptores de partículas de los persecutores, que habían perforado las armaduras con disparos implacables. Otros habían encontrado un fin de tipo quirúrgico, rebanados en pedazos por la energía abrasadora de las espadas psiónicas de los zelot. Todos estaban muertos.

O casi todos.

La aparente quietud del campamento kelmoriano se quebró por un repentino movimiento. Uno a uno, desde el fondo de las filas, los soldados comenzaron a reptar hacia adelante. Eran merodeadores que avanzaban pesadamente en sus inmensas armaduras y camazotes que cargaban con los barriles ennegrecidos de sus lanzallamas. Sus formaciones, antes prolijas, habían quedado fragmentadas, como los restos retorcidos de las instalaciones que debían defender. Pero habían resistido. Aún respiraban. Y para ellos, eso era la victoria.

El capitán Marius Blackwood no vio nada de eso. A los costados de su tanque de asedio, el extraño terreno de Moria se le presentaba borroso. Las planicies de polvo rojo se extendían en todas direcciones, pero Marius se concentró únicamente en el pequeño y limitado mundo de la ventanilla delantera del vehículo. En lugar del estridente sonido de las sirenas de la fortaleza, solo oía el tranquilizador tamborileo del motor detrás de él.

—Las fuerzas enemigas han sido aniquiladas —dijo la voz a través del intercomunicador. Eran las mismas sintéticas palabras de siempre: instrucciones emitidas a través de un robot desde el centro de mando—. Todos los escuadrones deben presentarse ante los comandantes del pelotón. Objetivo principal alfa. Violación de perímetro en...

Marius apagó el interruptor de los auriculares para detener esa catarata infinita de parloteo electrónico sin sentido que conocía tan bien. La mano callosa se cerró sobre la palanca de cambios sin que siquiera tuviese que mirar. El Arclite se estremeció un instante por el cambio de marcha, y las orugas despidieron grandes nubes de polvo de color carmesí al despertar.

Sin embargo, Marius tampoco vio nada de eso. Solo vio al coloso.

Era increíblemente enorme. Un monstruo intimidante cuya silueta se recortaba contra el paisaje sombrío e inhóspito. Marius lo observó: retrocedía sobre sus piernas largas y delgadas, mientras giraba hacia atrás su cabeza sobrenatural para asegurarse de poder escapar. Estaba muy lejos, y Marius sabía que trataría de alejarse aún más del tanque de asedio. Pero había un pequeño detalle.

Cojeaba.

El solitario caminante robótico ya no tenía ni la velocidad ni la gracia que había mostrado cuando las máquinas de guerra atacaron el complejo. Había sufrido algún tipo daño. Marius aumentó la visual de su pantalla y pudo ver cuál era la pierna dañada. A cada paso, el coloso la arrastraba pesadamente.

Marius aceleró la marcha. A lo lejos, la extensa planicie anunciaba la silueta oscura de unas montañas distantes y escarpadas. Necesitaba acercarse al coloso antes de que llegara a esa cadena montañosa. Trabó el retículo en el blanco y bajó los ojos hacia el panel de lectura de proximidad, que titilaba. Solo estaba seguro de una cosa: sería cerca.

Una luz blanca parpadeó velozmente en la consola. Marius trató de ignorarla y estuvo a punto de conseguirlo, pero finalmente resopló y le dio un golpe con el puño cerrado. En la pantalla agrietada y sucia apareció una figura que conocía muy bien.

—¡Blackwood! —exclamó la teniente coronel—. ¿Adónde mierda crees que vas?

—Hacia adelante —respondió Marius con sarcasmo. Ya sabía el tipo de conversación que iban a tener.

—Adelante, un carajo —le contestó furiosa la teniente coronel. Los ojos azules le brillaban con fuerza, incluso a través de la suciedad y las grietas de la pantalla—. Se terminó la fiesta, capitán. Vuelve aquí ahora mismo. Tenemos que...

Inesperadamente, una brillante explosión sacudió al tanque de asedio. Aunque los propulsores hidráulicos absorbieron la mayor parte del impacto, no pudieron evitar que la cabeza de Marius golpease con fuerza contra la consola delantera. Marius trató de mantener el control. Se pasó los dedos por la oscura maraña de pelo, pensativo. Cuando retiró la mano, vio que estaba cubierta de sangre.

—¡Pensé que habíamos aniquilado a las fuerzas enemigas! —rugió a través del micrófono, mientras examinaba el terreno a través de su ventanilla. A pesar de todas las misiones que había llevado a cabo adentro de esa cosa, el veterano conductor aún no confiaba del todo en las pantallas de sensores.

—¡Y eso hicimos! —gritó la teniente coronel—. Pero te alejaste demasiado. Estás alcanzando a los que quedaron rezagados en la huida. Estás en medio...

Otra explosión sacudió el tanque, aunque esta vez el golpe fue de costado. Marius giró la cabeza y vio a su nuevo enemigo. Un solo persecutor lo había elegido como blanco en su huida y avanzaba en su misma dirección. Las piernas se agitaban con una increíble velocidad mientras escapaba a toda marcha

No debería estar aquí, pensó Marius con curiosidad. A esa altura, el persecutor ya debería haberse teletransportado para unirse a los demás robots. Quizás estaba dañado. Como fuese, Marius no iba a darle la oportunidad de demostrarle si eso era cierto o no.

Se puso en acción. Siempre era así cuando conducía. Después de años y años de práctica, Marius y la máquina se habían convertido en una misma cosa. Como resultado, no había diferencia de tiempo entre el pensamiento y la acción. Giró el volante hacia la izquierda.

El tanque respondió al instante. Marius derrapó violentamente y esperó a que el persecutor estuviese en su línea de visión para empujar con fuerza el pie derecho contra el pedal de estabilización opuesto. Se sintió un tremendo rugido, y el tanque se estremeció, se enderezó y avanzó sin perder un instante. Siguió hacia adelante a una velocidad aterradora.

Hay que mantener el momento, resonó una voz en su mente. Si lo pierdes, será tu turno.

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