Una historia corta por

Brian T. Kindregan

Los zerg pronto se abrirían paso. Arremetían contra la puerta, las paredes y el techo. Erekul podía percibir a los demás altos templarios, sus hermanos y hermanas, luchando y muriendo, concediéndole preciosos segundos. Cerró los ojos y el Khala pulsaba. Los pensamientos y sentimientos colectivos de su gente se encontraban repletos de caos, terror y dolor.

Aiur, el querido mundo natal de Erekul, se encontraba bajo el control de los zerg. Seguramente los invasores creían que la victoria estaba cerca, pero no tenían idea de que la lucha distaba mucho de terminar. Erekul avanzó por la lúgubre habitación hasta una consola, e ingresó varios códigos con serena gracia —sus manos bañadas en un suave brillo azul— mientras la puerta detrás de él se sacudía.

En los lindes del espacio conocido por los protoss, la señal fue recibida y procesada. Cristales que llevaban mucho tiempo inactivos empezaron a brillar, fuentes de energía se desplegaron como lirios y comenzó a fluir poder.

Erekul se volvió cuando la puerta cayó al fin. Los cadáveres de dos altos templarios fueron proyectados por la habitación y se estrellaron contra la pared lejana. Una masa de carne café y gris entró al recinto. Veloces zergueznos, todo baba y boca, e hidraliscos, criaturas de mayor tamaño que ostentaban espinas y furia. Erekul inclinó la cabeza y sus ojos brillaron en un tono azul gélido mientras concentraba su energía psiónica. Un furioso torbellino de odio cargó contra Erekul, quien extendió los brazos. Los zerg se retorcieron en tanto que sus cuerpos se quebraban y se desgarraban. Más de las criaturas entraron por la puerta, bloqueándola. Erekul dirigió su energía psiónica contra el hidralisco de mayor tamaño y convirtió su cerebro en jirones. Otra oleada de zerg irrumpió en la habitación. Gruñendo, los monstruos pasaron encima del hidralisco que aún se convulsionaba. Buscaban rodear al protoss. Erekul había agotado sus fuerzas, no habría otra tormenta psiónica. Con un rugido mental de furia y orgullo, el protoss se lanzó contra los zerg, atacándolos con sus manos. Dientes y espinas perforaron su carne. Zergueznos e hidraliscos se abalanzaron sobre él y no se detuvieron hasta que dejó de existir.

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