StarCraft® II

Una historia corta por

Matt Burns

Hay una multitud afuera de la casa segura en Anselm, gente que cambiaba de posición, se empujaba y estiraba el cuello por la oportunidad de ver sangre. Pandora se abre paso entre los curiosos y cruza una puerta que fue destruida por una granada de concusión hace media hora. Trozos de carne se aferran a la pared encima de un cadáver casi irreconocible. Era el ingeniero en armas que previamente pertenecía al Dominio; el desertor. Hombre al que había prometido mantener a salvo. Su esposa e hija estaban cerca, abrazadas, cubiertas de sangre y temblando. Ambas con vida, pero no por casualidad. Los brazos de la hija fueron seccionados justo bajo los codos y los muñones cuidadosamente sellados por los mismos hombres que la lisiaron. El rostro de la esposa fue cortado y desfigurado para dejar cicatrices que sólo la cirugía con nanitos más costosa podría reparar.

Era un mensaje escrito con sangre para los habitantes de Anselm, el precio de la deserción al Dominio. Sin embargo, para Pandora era una provocación de parte de sus adversarios: nosotros tuvimos éxito, tú fallaste.

Aunque se le presentó la oportunidad de sacar al desertor y a su familia, ella dudó. Pandora permitió que el miedo tomara el control y ahora ve el terrible resultado.

La esposa levanta la cabeza, su rostro manchado de sangre seca. —Nos prometiste que estaríamos a salvo. Cuando te advertimos que venía el Dominio, no hiciste nada. —Dice en voz baja y temblorosa.

Pandora no siente furia en la mujer, sino la abrumadora ausencia helada que se hace patente cuando has perdido todo lo que importa. Ella coloca rápidamente una barrera mental para bloquear la desesperación de la esposa.

—No eres mejor que ellos, cobarde. —Dice la esposa de súbito, con voz estridente y enloquecida. La mujer levanta el brazo, su mano temblorosa sostiene una pistola de agujas.

Dos tiros; dos recordatorios dolorosos del fracaso y sus consecuencias. El primero atraviesa la mano derecha de Pandora y le arranca el pulgar. Ella está de rodillas en el suelo, apretando los dientes, cuando la siguiente aguja le roza el hombro.

La esposa le apunta directamente pero no dispara de nuevo, únicamente solloza. Conforme Pandora se incorpora con dificultad, sólo piensa que habría regresado a Umoja como heroína si el desertor siguiera vivo; si no hubiera tenido tanto miedo de arriesgarse…

Un bache en el camino saca a Pandora de su ensueño y ella se sacude los recuerdos de Anselm, preguntándose por qué está recordando eso en este preciso instante. El miedo dictaba su existencia en ese entonces, pero ha cambiado. Ya no tiene miedo.

Pandora mueve sus manos sobre el volante del vehículo terrestre de cuatro ruedas mientras éste se desplaza por las afueras de Augustogrado. Los alrededores ya no presentaban los rascacielos monolíticos de la ciudad, sino una red de fábricas que producen desde motocicletas flotantes hasta comida empaquetada.

Sudor mugriento se aferra a sus palmas y se desliza entre sus dedos, así como alrededor de la piel sintética que cubre la cámara hueca de neoacero en su mano derecha. Un arma diseñada con sumo cuidado para tener la apariencia del pulgar que perdió en Anselm.

El cuerpo de Pandora se cuece bajo el ajustado uniforme negro de oficial de enlace del Dominio. Extraña estar en casa, en el Protectorado de Umoja, donde lo práctico es más importante que las apariencias perfectamente arregladas. Ahora bien, su profesión gira en torno a las apariencias. Encajar a la perfección era algo que ella había convertido en un arte, ocultar quién era en realidad.

Loba con traje de oveja. Así le había llamado Sage, su mentor, líder del equipo al que pertenecía. Sin embargo, Pandora le corrigió. Ella no pertenecía a los lobos, sólo caminaba entre ellos.

Durante cuatro meses ha asumido docenas de identidades en Augustogrado. Hace dos días era una mesera de rostro alegre que atendía educadamente a los clientes hasta que Colton Miersma, un oficial militar de enlace del Dominio, murió de súbito arresto cardíaco después de una noche de borrachera. Ayer era una mensajera trabajadora —que enfrentaba las congestionadas calles de Augustogrado sobre una motocicleta flotante— hasta que hizo una entrega al departamento de Rebecca Schafer, otro oficial de enlace.

El día de hoy, Pandora es Rebecca Schafer. Ella está tan acostumbrada a asumir distintas identidades que ya casi ni nota la máscara maleable que abraza su rostro. Esa pieza crucial de tecnología de Umoja que canaliza su energía psiónica y la hace ver como alguien que no es: el tejido psi.

La máscara ha adoptado la forma e imagen aproximada del rostro de Schafer, suficiente para engañar a las holocámaras y a la gente que se encuentre lejos. Sin embargo, para sellar la ilusión, Pandora mantiene también una incesante manipulación mental de cualquiera que se encuentre cerca.

El solitario pasajero en el asiento de atrás tose y se limpia la saliva de la barbilla con una mano gruesa. El comandante Bartlett, hombre obeso que porta un uniforme gris adornado con un ribete de color rojo. Aunque el comandante de alto rango no ha cruzado palabra con Pandora durante el trayecto, ella lo ha pescado mirándola de cuando en cuando. La mente del hombre está llena de pensamientos lujuriosos que Pandora bloquea rápidamente.

El vehículo deja las fábricas atrás y se desplaza hacia una pequeña zona desértica sin terraformar en las afueras de Augustogrado. Pandora echa una mirada al espejo lateral y ve una camioneta beige que ha estado siguiéndola desde que empezó la travesía. Conforme su vehículo sube por una colina empinada, la camioneta deja el camino. El conductor, líder del equipo de Pandora, ha llegado tan lejos como puede.

Al pasar la colina aparece el destino de Pandora: la instalación de municiones Simonson. Ella conoce bien el lugar a pesar de que nunca ha estado ahí, pues estudió una serie de planos antiguos. Sin embargo, el año pasado agregaron medidas de seguridad que harían palidecer a la prisión de Nueva Folsom. Sabe de los enormes cargamentos de neoacero —cuya densidad implica partes para crucero de batalla— así como de los potentes choques sísmicos y las descargas electromagnéticas que se originan en algún punto en su interior. Seguramente es una nueva arma del Dominio para aplastar asentamientos problemáticos. Claro, será presentada al público como protección contra las amenazas alienígenas que merodean en el sector Koprulu.

Pero los datos terminan ahí.

La primera muralla de plascreto reforzado que rodea la instalación Simonson está cada vez más cerca. Marines armados, ataviados en armaduras CMC de color azul, dejan pasar al vehículo una vez que Bartlett muestra sus credenciales. Los marines que vigilan la muralla interna hacen lo propio.

Como Pandora esperaba, los guardias apenas y le prestan atención a la humilde conductora del comandante. Sin embargo, su mente imagina una docena de modos en los cuales los guardias la descubren. El tejido psi, los cartuchos de micropúas envenenadas que lleva ocultos en su uniforme o la consola de control remoto que carga en el cinturón (la cual contiene un puñado de microespías nanotecnológicos). Ella encuentra una respuesta para cada obstáculo en potencia: la manera de matar a los guardias, al comandante gordo y estar dentro de un salta-planetas fuera de Augustogrado antes de que el Dominio caiga en la cuenta.

Pandora guía el vehículo al interior del hangar principal de la instalación Simonson y se estaciona entre filas de motocicletas buitre. Bartlett sale del auto y saluda a un grupo de oficiales que aguardaba su llegada; de súbito jovial y escandaloso en compañía de sus iguales.

Antes de que los oficiales puedan conducir a Bartlett a las entrañas de la instalación, Pandora saca la consola de control remoto de su cinturón y sale del vehículo. Finge tomar notas en la pantalla de la misma y orienta la punta de su stylus hacia la espalda del comandante.

Ella no ve el láser infrarrojo que sale de la pluma, fijo entre los omóplatos de Bartlett. Tampoco ve los microespías propulsados por hélices que salen de la consola y vuelan hasta el objetivo, marcado por el rayo. Ha practicado lo suficiente como para saber que todo se encuentra en orden.

Una luz verde parpadea en la consola, indicando que los microespías han alcanzado a Bartlett. Los robots microscópicos camuflados seguirán de cerca al comandante y grabarán videos holográficos en 3D de todo lo que él vea.

En tanto que los oficiales conducían al comandante a un edificio conectado al hangar, un guardia se aproxima a Pandora y señala una puerta cercana con su guante metálico. El rótulo de blancas letras cuadradas dice “INSTALACIONES RECREATIVAS”.

—Tómate un descanso, te llamaremos cuando el jefe termine.

Pandora asiente y se encamina a la zona de recreación justo cuando la gigantesca puerta blindada del hangar se cierra, bloqueando la intensa luz del sol. De súbito, la gravedad de la situación la golpea. Ella no sólo es una guardia sombra de Umoja —una agente encubierta enemiga— que trabaja en la ciudad capital del Dominio, sino una agente enemiga dentro de una de las instalaciones de armas experimentales más secretas en el sector Koprulu.

Aún tienes oportunidad de salir. Sólo métete al coche y maneja, dijo la voz en su cabeza. Esto le recuerda a Sage, el líder de su equipo. Sage querría que ella dejara el lugar y evitara riesgos.

Pandora niega con la cabeza. No puede detenerse, no después de las cosas terribles que ha hecho para obtener acceso al interior de la instalación.

No ahora.

Cargando comentarios…

Ocurrió un error al cargar los comentarios.