Una historia corta por

Robert Brooks

—Todos y cada uno de estos hombres y mujeres se ofrecieron como voluntarios —afirmó el Emperador Arcturus Mengsk—, y después de meses de sacrificios y un duro entrenamiento se han ganado un lugar entre los nobles Marines del Dominio. Ahora son parte de la vanguardia de la humanidad. Han elegido hacer frente a un universo implacable.

Los murmullos de aprobación resonaron entre la multitud que se había congregado en el gran salón. La luz del sol, que entraba por los altísimos ventanales del lado este, resaltaba la figura del líder del Dominio e iluminaba las cinco hileras de reclutas uniformados que lo escuchaban de pie.

Uno de esos reclutas era Geoff Shane que aún era un muchacho de diecinueve años pero estaba a punto de convertirse nada más y nada menos que en el soldado de Primera Clase Geoff Shane. Sin embargo, en su propia batalla personal llevaba las de perder. El esfuerzo que hacía por no sonreír le hacía arder la cabeza, y las comisuras de los labios se le seguían estirando contra su voluntad.

El emperador está hablando en mi iniciación. El mismísimo héroe de Korhal, en carne y hueso. Parecía irreal. Quería pellizcarse, pero no se animaba por miedo a romper la formación. Semejante comportamiento era impropio de un marine del Dominio.

—Aún enfrentamos amenazas muy graves. Dos razas alienígenas, salvajes y sedientas de sangre, nos observan con recelo —explicó Mengsk—. Y los marginados, los criminales y los disidentes siguen actuando en contra de los intereses humanos para rebelarse contra el Dominio.

El Emperador Mengsk escrutó las filas de reclutas nuevos. —Pero hoy nos hemos reunido para honrar a estos reclutas, para celebrar sus logros. La instrucción militar ya terminó. Ahora, inician la senda que los llevará a derrotar a nuestros enemigos.

La mirada del emperador se posó sobre Shane que, sin pensarlo, giró la cabeza para mirar a Mengsk. Al instante, una sonrisa comenzó a dibujársele en la cara... Recordó demasiado tarde que debía mantener la vista al frente.

Volvió a girar la cabeza hacia adelante rápidamente. El Emperador Mengsk soltó una risa ahogada.

—Estoy seguro de que estos jóvenes héroes están listos y ansiosos por enfrentar cualquier desafío del universo, aunque quizás algunos necesiten un poco más de instrucción.

Las risas se multiplicaron en la multitud. Shane fijó los ojos en la enorme insignia de acero del Dominio que colgaba del techo detrás del púlpito de Mengsk, y la miró detenidamente mientras la cara se le encendía. A su pesar, la sonrisa volvió a aparecer. Sentía que nunca olvidaría ese momento.

Shane esperaba que el emperador continuase con su discurso. La multitud permanecía en silencio.

El tiempo transcurría lentamente, y el silencio aumentaba. El Emperador Mengsk seguía mudo.

A Shane le desapareció la sonrisa nerviosa. ¿Había pasado algo? No se atrevía a mirar. Mantuvo las manos cruzadas en la espalda y apretó los puños. Nada interrumpía el silencio. La ausencia total de sonidos causaba una sensación cada vez mayor de ensordecimiento.

Sintió que se le erizaba la piel. El salón no solo permanecía en silencio, sino que parecía vacío. Completamente vacío.

No se oían susurros, ni toses sofocadas, ni niños inquietos. No se oía ni siquiera una respiración. Nada que indicase la presencia de cientos de personas sentadas detrás de él, a escasos metros.

Shane sentía cómo le latía la sangre en los oídos y la frente se le llenaba de gotitas de sudor. Le empezó a doler la cabeza y el estómago se le estrujó de miedo. Siguió con la vista clavada en la insignia, con un temor irracional a mirar hacia el podio.

Imaginaba que el Emperador Mengsk, toda la multitud y todos los reclutas lo estaban mirando, esperando un nuevo error impropio de un marine del Dominio.

Solo una mirada, se dijo. Los minutos seguían pasando pero Shane no podía hacerlo. Apenas un movimiento de ojos, solo un segundo. Al emperador le pareció divertido antes. No le importará.

Shane seguía sin poder moverse. Quería que el discurso continuase. Quería oír las risas de la multitud. Cualquier cosa que hiciese desaparecer el dolor de cabeza y esa incómoda presión en el cráneo.

Finalmente, echó una rápida mirada. No lo podía creer. Giró la cabeza y miró en dirección al podio.

Mengsk se había ido.

También habían desaparecido los reclutas. Shane giró sobre los talones, aterrorizado.

No había nadie. Estaba completamente solo en el enorme salón vacío.

Quedó paralizado por la confusión. No era posible. Una persona podía irse sin hacer ruido pero, ¿cientos de personas? ¿Todos? ¿En un instante?

No, no todos. Una figura permanecía sentada en la última fila del salón, fuera del alcance de los rayos de sol que entraban por los ventanales. Era una figura grande y maciza, demasiado grande para caber con comodidad en los asientos.

Shane reconoció su aspecto. Era un marine. Un marine del Dominio con su armadura de combate.

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