StarCraft® II

Una historia corta por

Robert Brooks

Permaneció allí durante horas. La presencia zerg nunca volvió. Los oficiales del Dominio vinieron a buscarlo y lo arrastraron en dirección a los tanques de resocialización mientras gritaba y pataleaba.

Los científicos trabajaban con aburrimiento.

Las puertas del tubo transparente se cerraron sobre la cabeza de Shane que empezó a gritar cuando el dolor finalmente comenzó, pero ni a los oficiales ni a los científicos les importaba en absoluto. Era un asesino, y algo peor. Pura escoria.

La agonía latía en su cabeza. Espontáneamente, se le aparecieron recuerdos que de la misma forma se evaporaron.

Shane no podía controlarlo. No comprendía lo que pasaba. Era su vida la que pasaba de largo mientras se retorcía y maldecía.

Ahora comprendía. Los científicos habían examinado sus recuerdos. Los habían catalogado, habían encontrado los más dolorosos y los habían revivido. Solo después de eso los habían modificado.

Parpadeó. Habían empezado por el principio, que era muy doloroso.

El niño de ocho años llamado Geoff Shane cayó de espaldas en el piso, aturdido y con sangre en la nariz.

Su padre le gritaba, exigiendo una disculpa, con el puño aún cerrado. Geoff se disculpó una y otra vez. Era algo relacionado con una silla que había roto sin querer. La cabeza le latía por el dolor.

El soldado de Primera Clase Shane no solo lo estaba recordando, lo estaba reviviendo. Los pensamientos le giraban en la cabeza. Sentía la lengua hinchada y entumecida. Algunos de los dientes le bailaban en el lado izquierdo de la mandíbula. Podía oler el punzante hedor del whisky en el aliento de su padre. Se oyó a sí mismo balbucear otra disculpa, y sintió la cachetada que recibió como respuesta.

Su padre esperaba una disculpa más sincera. —Dile que lo lamentas como si de verdad lo sintieras —le reprochó a gritos.

No te rías —gimió el soldado Shane. El niño no podía oírlo. En medio de su aturdimiento, el pequeño Geoff de tan solo ocho años se rio sin temor. —Mamá está muerta, y habría odiado esa silla —dijo el niño con una risita.

El puñetazo de su padre cortó el aire zumbando, y los recuerdos se hicieron borrosos. El soldado Shane oyó el crujido de dos costillas rotas y sintió más dolor en la cabeza. Cuando el niño finalmente despertó, sus pensamientos estaban desordenados. El miedo se había alejado por completo y, en su lugar, lo inundaban el enojo y el dolor. Los latidos del corazón le resonaban en los oídos y tenía la frente bañada en sudor.

Sentía la cabeza a punto de explotar.

Su padre se había quedado dormido o se había desmayado. Daba igual. Geoff estaba parado en la puerta del dormitorio contemplando un momento el pecho de su padre, que subía y bajaba al ritmo de la respiración. Había pensado en agarrar un cuchillo de la cocina o buscar el revólver "Koprulu Especial" de su padre con culata cromada.

Su padre eructó e inundó la habitación con olor a alcohol.

El niño de ocho años se dirigió con pasos tambaleantes a la cocina y notó por primera vez la botella de whisky a la mitad sobre la mesa. Olió el líquido de color ámbar. Ya estaba decidido. El soldado Shane permanecía en silencio, anonadado.

Después de tomar la decisión, el pequeño Geoff volvió al dormitorio de su padre y vació lo que quedaba de la bebida sobre el pecho del hombre que dormía.

No. El soldado Shane intentó escapar a este recuerdo y pensar en otro, cualquier otro. Hasta trató de volver a concentrarse en su resocialización o en su condena. Con gusto habría soportado ese dolor nuevamente. Pero nada funcionó. Lo obligaban a revivir cada horrible momento

Su padre resopló y se pasó la lengua por los labios mientras el alcohol se derramaba sobre su cuerpo, pero no despertó. El pequeño Geoff encontró el encendedor de su padre junto con los cigarros baratos de Umoja y lo encendió. Sostuvo la titilante llama anaranjada sobre su padre con la mirada fija. Luego, la dejó caer.

El pequeño Geoff se sorprendió por la lentitud con la que crecían las llamas. También se asombró de que su padre no despertase. La habitación estaba llena de humo, y el olor de las telas y la carne quemándose le causó náuseas. Salió a los tumbos y observó la escena mientras las llamas se propagaban por toda la casa, y recordó demasiado tarde que su hermanita de tres meses de edad aún dormía en su habitación.

Nunca intentó salvarla. Se sentó en silencio con la cabeza entre las manos espiando a través de los dedos, viendo cómo las llamas se retorcían.

Shane parpadeó. Estaba otra vez en el tanque de resocialización, gritando de dolor. Y de pronto, la realidad se alejó nuevamente.

Por favor, basta.

Los recuerdos avanzaron una década. El muchacho de dieciocho años Geoff Shane había conseguido llevar a una muchacha a su apartamento de mala muerte, con la promesa de regalarle un poco de snoke. La muchacha estaba bastante perdida y no hizo falta demasiado para convencerla. Después de unos minutos comenzó a dormitarse, vagando en un sueño estimulado por la droga. Eso era lo que el muchacho había estado esperando.

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