StarCraft® II

Una historia corta por

Robert Brooks

Shane no solo lo estaba recordando: lo estaba reviviendo. La expectativa del muchacho era su propia expectativa. El placer del muchacho era su propio placer. Era más horripilante de lo que nunca hubiera imaginado.

Ya basta. Shane sabía lo que estaba por suceder. Intentó irse de allí. Intentó dejar de mirar. Gritó en su mente pidiendo ayuda. Nada de eso sirvió. No podía parpadear si el Shane de dieciocho años no parpadeaba. No podía darse vuelta ni escaparse si el muchacho no lo hacía.

—Déjanos ayudar —dijo una voz.

El muchacho contempló la respiración pesada de la joven durante un largo rato. Le levantó un párpado y observó la pupila dilatada. La muchacha no se movió, y él la miraba fascinado. Luego encendió el fuego. Finalmente, ella se despertó. En sus ojos, abiertos como dos platos, se veían círculos pálidos que resaltaban contra la súbita luz anaranjada.

El muchacho se quedó cerca mientras las llamas se propagaban. Los gritos de la joven le canturreaban en los oídos, y los ojos de él bailaban al compás del cuerpo que se retorcía en llamas.

Shane trató de despertarse. Luchó para salir a la superficie pero sintió que su mente chocaba contra un techo. Los zerg lo mantenían abajo.

—Déjanos ayudar —repitió la voz.

La piel del muchacho se ampolló y se agrietó cuando se inclinó para acercarse a la joven. Respiró profundamente. Quería sentir el aroma. No había nada tan placentero en todo el universo. Ese olor era siempre tan agradable... era el olor de una criatura viva y jadeante ardiendo en sus propios jugos.

Absorbió esa dulce y maravillosa esencia, y obligó Shane a absorberla también. Era realmente dulce. Era el aroma del azúcar convirtiéndose en caramelo. Siempre un poco diferente, y a la vez igual.

Shane rebotó contra la tapa del tubo una y otra vez. Cada intento le causaba dolor, pero ya no le importaba.

—Déjanos ayudar —repitió la voz.

Los gritos de la muchacha se ahogaron, pero sus débiles esfuerzos continuaron. Un olor nuevo y punzante llenaba la habitación. Las llamas crecieron con renovado vigor, y el joven Shane sonrió. El gozo y la alegría invadieron la mente del soldado Shane. Trató de apartar todo eso de la mente. Trató de odiarlo.

Se estaba mintiendo a sí mismo y lo sabía. Le encantaba. Siempre le gustaría.

—Déjanos ayudar —repitió la voz.

Un marine vestido con armadura de combate apareció ante el muchacho de dieciocho años Geoff Shane, iluminado desde atrás por las llamas del incendio, cada vez más grandes. Shane miró en lo profundo de esos ojos brillantes. Y parpadeó.

* * *

Dos estructuras seguían ardiendo a medio kilómetro de distancia, pero los últimos gritos ya se habían apagado. En el cielo y en la tierra, el Enjambre se movía a través de los restos del puesto de avanzada terran. La masa compacta de talo se expandía implacablemente y ya lamía los cuerpos de los enemigos caídos, con ansias de envolverlos y reclamarlos para sí.

Sobre las sombras flotantes de los Amos Supremos, un miembro del Enjambre se apoyó en sus rodillas. La criatura llevaba puesta la armadura típica de los marines del Dominio. Las placas de acero apenas se ajustaban a la figura humanoide deformada. Los bultos enormes de carne y los tentáculos salían por los huecos que quedaban entre las placas.

Dos ojos brillantes observaron el exterior a través del casco de la criatura. Su respiración, pesada y tranquila, se mezclaba con el humo que la rodeaba. La criatura olfateó y resopló. El aroma no era tan dulce.

Cerca, un zerguezno pasó saltando por encima de los restos calientes de un ánima del Dominio y se detuvo. La criatura más pequeña de cuatro patas miró al otro ser mientras sus mandíbulas en forma de guadaña repiqueteaban alegremente frente a la amplia sonrisa llena de colmillos.

La criatura más grande, de dos patas, miró hacia abajo y resopló profundamente con satisfacción. El Enjambre había vencido. La tarea había terminado.

Sus ojos brillantes parpadearon.

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