Una historia corta por

Danny McAleese

—¿Escuchas eso? Ya sortearon la muralla.

Los sonidos metálicos eran apenas audibles entre el viento, pero no había posibilidad de confundirlos. Los cuatro hombres sentados a la mesa se acercaron un poco más los unos a los otros. No era por miedo, sino para conservar el calor.

—¿Tú crees? —Preguntó Prescott sin ocultar el nerviosismo en su voz. —Vaya, las murallas son tan gruesas que no creí que…

—Cierra el pico —gruñó Garrick mientras volteaba su siguiente carta—, sólo te está jodiendo. —Luego echó una mirada de complicidad a su compañero y una sonrisita se dibujó en su rostro. —¿O no?

Charn cayó en la cuenta de que disfrutaban asustando al novato. Ver como desaparecía el color del rostro de Prescott era mucho más entretenido que cualquier otra cosa que habían hecho en los últimos seis días. En particular, más que jugar cartas.

—Si lograron sortear la muralla, ya estuvo —dijo Kort con naturalidad al son de un suspiro de resignación fingido—, roerán los cables de energía y moriremos congelados en este agujero.

Garrick tomó otra carta. —Para nada, nos encontrarán mucho antes de que nos congelemos. Somos lo que irradia más calor en 20 kilómetros a la redonda. Las criaturas se abrirán paso hasta acá antes de dirigirse a ningún otro lado y, ahí sí, ya estuvo.

El viejo marine no se equivocaba en cuanto al frío. La caldera llevaba seis horas apagada y entre todo lo que hallaron en el antiguo búnker no había combustible. Los conductos geotérmicos en el suelo constituían la única fuente de calor restante, pero era terriblemente inadecuada.

—No pueden haber llegado aún —razonó Prescott—, el fantasma habría visto. Nos habría avisado y estaríamos en camino lejos de aquí.

La segunda parte de la mano fue repartida y Kort se llevó el premio: seis rondanas grandes, diez pequeñas y un par de fichas de dominó desportilladas. Ayer jugaban por comida y duchas sónicas, pero el futuro era demasiado borroso en este punto. Qué mal que no había suficientes fichas de dominó para jugar una partida, pensó Charn. Sería un cambio agradable.

—Quizá ese sonido fue él —dijo Prescott esperanzado—, tal vez se prepara para efectuar el llamado.

—Puede que esté muerto —replicó Kort, callando de inmediato al joven marine. A esto siguió un silencio incómodo. Las palabras del veterano reflejaban lo que todos pensaban pero que nadie deseaba expresar.

—C-creo…

—A nadie le importa lo que crees —interrumpió Garrick. No habrá extracción. Si los de operaciones especiales se largaron, ya fue. Nadie más sabe que estamos aquí.

Probablemente había verdad en eso, pensó Charn. Las órdenes de la misión eran sencillas: permanecer en las ruinas del complejo abandonado hasta que los zerg hicieran acto de presencia. Una vez que eso sucediera, el fantasma asignado a su unidad solicitaría un ataque táctico de precisión y posteriormente solicitaría la extracción.

En resumen, eran la carnada.

A Charn no le agradaba la situación más que a los otros, pero era su primera tarea; su primera misión. No rompería filas ni desobedecería órdenes a menos de que no hubiera otra opción.

El único problema era el fantasma. Perdieron contacto con él hace 26 horas. Vaya, nadie lo había visto ni una vez durante toda la misión. No era más que una voz entrecortada al otro extremo de un comunicador traqueteado y ya no decía nada.

Para empeorar las cosas, el fantasma tenía los códigos para transmitir la solicitud de extracción.

—Intenta comunicarte de nuevo —Charn le dijo a Garrick—, prueba todas las frecuencias.

—¿Crees que no hice eso ya? —Respondió hoscamente el marine. —Pura estática.

—Entonces habrá que ir a visitarle —dijo Charn—, tenemos que checar.

Kort le lanzó una mirada a Garrick y ambos, sin necesidad de palabras, pensaron lo mismo. Charn sabía que los dos marines eran veteranos y respetaba eso. Juntos habían visitado lugares y hecho cosas que Charn deseaba vivir en carne propia. Esa fue la razón por la cual se enlistó.

Nadie dijo nada por un buen rato.

Uno de nosotros irá. —Kort rompió el silencio como si estuviera al mando. No era el caso. De hecho ninguno de ellos tenía autoridad, no desde que desapareció el cabo.

Prescott parecía confundido. —¿Uno de nosotros?

Garrick asintió con lentitud. —El Cerezo tiene razón, hay que hacer algo.

—¿Quién?

—Lo dejaremos al azar. —Garrick tomó las cartas.

El complejo era de tamaño considerable sin ser gigantesco. El fantasma se encontraba en la torre del sur, la cual tenía vista al horizonte. No había modo de llegar ahí sin cruzar el oscuro, inmenso y helado atrio.

Charn miró al corpulento marine barajar las manoseadas cartas que les habían mantenido entretenidos la mayor parte de la semana pasada. Sus anchas manos flotaban sobre la mesa mientras repartía las cartas; sus dedos estaban tapizados de cicatrices.

—La mano más baja irá. —Confirmó el viejo marine. —Nadie se echa para atrás y no hay “dos de tres”. Sólo es cosa de salir y regresar. Ya veremos qué hacer después de eso, ¿entendido?

Todos asintieron; Prescott fue el último. No quedaba más qué decir. Charn observó como los demás tomaban sus cartas antes de tocar las propias.

Dos reinas. Enorme, tremendo.

—Tres —dijo Charn, deslizando boca abajo el resto de sus cartas sobre la mesa. Los demás también desecharon tres cartas, con la excepción de Prescott. Después de dudar un poco, el joven marine desechó una carta.

—¿Sólo necesitas una? —Preguntó Garrick.

Prescott asintió casi a modo de disculpa.

Garrick se encogió de hombros y repartió el resto de la mano. Todos tomaron sus cartas.

—Tú primero. —Kort miró fijamente a Charn antes de volverse y escupir hacia el suelo.

Sin palabras, Charn colocó sus tres reinas sobre la mesa. Garrick dejó escapar un quedo silbido.

—Carajo, Cerezo, tienes suerte. Parece que no vas.

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