StarCraft® II

Una historia corta por

Kal-El Bogdanove

Bill "Pearly" Bousquette sentía esa comezón en la nuca que le aparecía cada tanto desde su primera semana de servicio en la guerra anterior. Se había criado en Choss, una roca insignificante que en las guías turísticas figuraba con el frívolo nombre de "Luna Atacama", por su clima desértico extremo. Pearly había pasado sus primeros años de juventud trabajando en ese clima. Planificaba las elegantes ciudades al borde de los acantilados a las que hombres más adinerados que él llevaban a sus familias y sus amantes para disfrutar del sol y del clima seco, para curarse del estrés y la palidez, y disfrutar de los millones de créditos que costaba.

La vida al aire libre en Choss le había dejado a Pearly una nuca curtida, tostada y seca como el cuero. Prefería esa vida aunque trabajara como un perro y las partes de su cuerpo no expuestas al sol y al viento se bañasen en sudor. Cuando estaba de servicio, la mitad del tiempo lo metían en una gran armadura de lata y luego debía volar por ahí metido en otra lata más grande, lejos de la luz y el aire. El arnés del articulador del vehículo de construcción espacial T-280 hacía que la nuca de Pearly se llenase de sudor. Y, sin poder secarse con el sol y el viento, la nuca transpirada le picaba terriblemente al final de cada día de trabajo. A Pearly le parecía que le picaba más cuando estaba exasperado, y en este momento, mientras observaba a sus hombres que se reunían alrededor de la pantalla protestando a los gritos, le picaba muchísimo.

—¡Olvídense de las superficies! ¿Cómo carajo se supone que construyamos esta maldita cosa, en primer lugar? ¿Un conector de puentes plegables que pueda soportar parejas de tanques de asedio para cruzar un hueco de 250 metros, pero lo suficientemente liviano para meterlo en una nave de evacuación con un complemento completo de armas? ¡Es imposible!

El que habló fue Vigo Czark, al que algunos llamaban el "Atún". Allá afuera, Czark había sido un experto operador de grúas para las flotas de pescadores de Turaxis II, y ahora en el espacio su fatalismo le impedía hacer otro trabajo. Chewitel "Choosey" Wsoro (un hombre de pocas pulgas, elegido especialmente ante las mismísimas narices del Consorcio de Minería de la Confederación) sacudió la cabeza y chasqueó la lengua. —En tu lugar, hermano, lo que me preocuparía es que Raynor empiece a ordenar misiones en las que nosotros tengamos que manejar esas maquinitas de a dos sobre un agujero de 250 metros.

Pearly dejó que los VeCeÉs se quejasen mientras los contemplaba y analizaba el problema. Los hombres que lo rodeaban no eran precisamente jóvenes: de hecho, el más joven ya tenía canas en la barba. Raynor había intentado asignarle pilotos jóvenes cuando comenzó a formar esta unidad de locura. Le había enviado a los mejores y más brillantes graduados de la Universidad Central de Umoja (al menos ,después del Dominio, los umojanos y la Coalición habían reclutado a los mejores). Todos estaban llenos de conocimientos teóricos, pero ninguno había construido más que maquetas.

Además, eran tan tiernos que casi todos soltaron los soldadores y salieron corriendo ante la primera señal de disparos, y eso no le servía a esta unidad. Los Rebeldes de Raynor eran insurrectos que trataban de pelear contra todo el maldito Dominio con la centésima parte de los recursos del enemigo. Tenían pocos hombres, pocas armas y poco tiempo, pero de todas formas Jim Raynor había logrado alcanzar más victorias que derrotas.

Con tantos factores en contra, Raynor necesitaba un grupo de VeCeÉs que pudiesen soportar el calor, concentrarse en resolver los más difíciles problemas de ingeniería, incluso bajo fuego, y usar sus armas para defender su trabajo si fuese necesario. Para liderar a semejante grupo de locos, Raynor había reclutado a Pearly, un hombre al que había visto terminar la soldadura en un demonio mientras la parte trasera de su T-280 recibía disparos cruzados. Cuando Pearly le dijo que ninguno de los hombres que le había asignado servía para la tarea, Raynor tuvo la paciencia suficiente para dejar que los despidiera a todos y volviese a reclutar a toda su tropa.

Y vaya si reclutó. Lo que Pearly necesitaba era un grupo de especialistas de verdad, expertos con la dureza de un pedazo de pan en una ración de guerra. Necesitaba hombres con fuerza, inteligencia y sentido común. Necesitaba treinta hombres como él mismo, y se había lanzado a buscarlos. Había buscado en puertos y obras en construcción (y una cantidad considerable de bares) en todo el sector, seleccionando a todo tipo de profesionales, desde ingenieros diplomados, como él, hasta plomeros sin título que se habían formado con la experiencia, y que eran tan buenos que podían hacer que el agua circulase cuesta arriba.

Todos superaban el promedio de edad de los marines, y dos de cada tres ya habían sido llevados de Pho-Rekh a Aiur en la vieja guerra. Por eso, entre los marines, existía una broma muy conocida: "Sé amable con un VeCeÉ, que puede ser tu papá". Todos se habían reído mucho de esta broma hasta que vieron cómo los VeCeÉs construían un centro de mando y seis búnkeres mientras el resto de los Rebeldes se ocultaban de la lluvia de disparos de dos banshees. De pronto, la idea de que los pilotos VeCeÉs eran solo un puñado de viejos mediocres con malos modales ya no pareció importar tanto. Había una sola verdad: esos tipos eran capaces de construir una fortaleza de hielo en el infierno mientras el Diablo en persona les escupía fuego.

Quizás era por eso que, al oírlos refunfuñar como viejas de Pridewater, Pearly sentía que la nuca le estallaba por el escozor. Sabía que si estos hombres se quejaban debían tener un buen motivo.

Habían estado malhumorados desde el martes a la mañana, cuando el primer soldador Steiglitz recibió la carta. Como la mayoría de los VeCeÉs, Steiglitz tenía una familia que lo esperaba allá en su hogar: tres muchachos y una mujer paciente. En la carta le avisaban que el mayor de sus hijos había muerto. Fuera de servicio, el muchacho se había unido a una milicia de defensa de su planeta y había recibido un disparo de "fuego amigo" durante una escaramuza con los zerg.

Esa tarde, Steiglitz había destrozado un cuervo reluciente que acababa de armar. Lo había dejado convertido en un montón de basura carísima justo antes de que Choosey y un operador llamado Patel lo arrastraran de su máquina de soldadura de aceroplástico.

Pearly había visto a tipos más jóvenes quejarse de todo, desde las raciones que les tocaban hasta los lugares para dormir, mientras los VeCeÉs comían las sobras y usaban menos cobijas, pero desde que llegó la carta para Steiglitz tenían mucha menos tolerancia.

Pearly pensó en su mujer y sus propios hijos, los dos ya crecidos. Uno estaba a cargo de la Plaza de Cañones en su hogar natal, y el otro diseñaba propulsores avanzados en Umoja. Eran tan vulnerables como el hijo de Steiglitz. Cuando pensaba en sus seres queridos, no podía evitar imaginar tres figuras en un campo abierto, rodeadas de enemigos por todas partes. El tiempo y la distancia siempre magnificaban esa sensación de ansiedad, pero desde que llegó esa carta se había convertido en un peso que le oprimía el pecho.

Trató de disipar esa sensación y se aclaró la garganta. —Muy bien, escuchen. Si quisiera excusas, habría buscado a un político del Dominio. Vamos a intentarlo de nuevo a las 16:00. Quiero que a esa hora los tres escuadrones tácticos tengan preparada una lista de superficies logísticamente viables. Si les sobra tiempo mejor para ustedes. Por mí pueden usarlo para rezar o jugar a las cartas, me importa un carajo.

Pearly observó a los hombres, cansados y arrugados como una carta que se leyó una y otra vez. —Me parece que algunos deberían aprovechar para ejercitarse un poco. —Algunos de los pilotos soltaron una risa ahogada, y Pearly se palmeó la panza—. Y yo también. —Otros sonrieron—. Pueden retirarse.

Observó detenidamente a los VeCeÉs mientras se alejaban, y comenzó a rascarse nuevamente la nuca con el puntero de su consola remota. Estaba a cargo de estos hombres, y era su deber hacer algo. Mierda.

***

Rory Swann apoyó su vaso con un golpe claro y sonoro. Casi siempre hacía todo así, con fuerza y contundencia. Tenía una cualidad expansiva que le gustaba a Pearly, quizás porque él, por el contrario, siempre se contenía y jamás era de los que rompen un silencio.

Rory era el jefe de ingenieros de la nave. Unos años antes, los VeCeÉs habían colaborado con el equipo de ingeniería para arreglar el Hiperión después de una batalla bastante complicada. Mientras trabajaba metido hasta el cuello en engranajes y grasa, Pearly había encontrado a los mejores amigos de su vida, y uno de ellos era Rory.

Aunque tenían temperamentos opuestos, los dos habían encontrado la forma de llevarse bien. Pearly lo atribuía en parte al hecho de que ambos tenían el mismo rango y el mismo nivel de experiencia pero sus tareas jamás se superponían, como si fuera una regla tácita. Podemos quejarnos el uno al otro sin que haya problemas de orgullo herido, pensaba Pearly. En realidad, generalmente era Rory el que se quejaba de que Jim Raynor era un "maldito genio" y se pasaba veinte minutos explicando cada tema sobre el que había estado discutiendo con el comandante.

Hoy puede ser diferente, pensaba Pearly mientras Rory hablaba por centésima vez sobre los méritos del vehículo de asalto Katari. En realidad, a pesar de todas sus discusiones y peleas, Raynor y Swann eran carne y uña. Y como Pearly buscaba la forma de convencer a Raynor de hacer algo que seguramente no le gustaría, sabía que Rory era el hombre indicado para obtener un consejo.

Swann estaba terminando de contar una de sus grandes historias: —Carajo, no creo que ni siquiera me dejen aterrizar en esa luna otra vez... Pearly soltó una risita (aunque había oído la historia cientos de veces) y pensó cómo podía explicarle su inquietud.

—Escucha, Swann...

—¿Qué te anda pasando, compañero?

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