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Primera parte

Garrosh inspeccionó el paisaje de Nagrand detenidamente. Hacía días que no se avistaba a los rastreadores Grito de Guerra. ¿Por qué habrían de dejarse ver? La colina se alzaba en el linde del territorio del clan y, en tiempo de paz, no había motivo apenas para patrullar en ella. Los asaltantes ogros llegarían del oeste. El resto de clanes orcos lo harían desde el este. Hasta las piezas de caza escaseaban aquí estos meses, recordó Garrosh.

Habían pasado muchos años desde la última vez que, sentado en esta colina...

No. Garrosh no se había sentado nunca en esta colina, ni había trepado a estos árboles, ni había acariciado estas briznas, siendo niño. Este era un mundo distinto.

Kairozdormu lo había prevenido de los extraños descubrimientos. "He dedicado mi vida a estudiar las sendas del tiempo. Si intentas contar y comparar las hojas de hierba, te volverás loco", había dicho. "Mis planes requieren unas... condiciones favorables. Aquí las encontraremos. Este es el portal perfecto. No será un reflejo exacto, pero sigue siendo perfecto".

Eso estaba por verse. Garrosh alzó la mano para protegerse del sol y observó los campos bajo la luz del atardecer. Al menos sabía que la colina era un lugar seguro para descansar. Las extensas praderas, verdes y exuberantes, delatarían a los intrusos mucho antes de que estos avistasen a Garrosh.

Tras él, Kairoz descansaba recostado junto a los restos de la fogata mientras sostenía, sobre sus ojos, un fragmento de cristal curvo y dentado. La luz de las brasas y el sol del ocaso lo teñían de reflejos dorados. —¿Has pensado en lo que hemos hablado, Grito Infernal? Ya has perdido tiempo suficiente...

Garrosh se volvió, atravesándolo con la mirada. —No vuelvas a llamarme así. Ni aquí, ni nunca.

Kairoz se levantó con torpeza. El dragón de bronce carecía aún de elegancia en sus movimientos, en su nueva forma de orco. —¿No? Tu apellido llamaría sin duda la atención de los Grito de Guerra. Pondría las cosas en marcha.

—Tal vez ponga a Aullavísceras en mi cuello. Y en el tuyo —dijo Garrosh.

Kairoz sonrió con afectación. Su mueca era decididamente quel'dorei, totalmente ajena a un rostro orco. —Tu padre y su arma no podrían tocarme. No, salvo que pueda volar.

Garrosh no respondió. "Espero que muestres tu forma de dragón ante Grommash Grito Infernal. No sabes cuánto".

Kairoz apoyó el cristal en el regazo. Incluso un movimiento tan simple como ese resultaba extraño. —Entonces... ¿Has decidido algo?

—Sí.

—¿Y bien?

Garrosh habló, sin alterarse: —Es hora de separarnos.

—¿Lo es? —Kairoz rio entre dientes. —No recuerdo haberte dado tal elección.

—Podrás parecer un orco, pero no actúas como tal. Tu olor te delatará. Debo ir yo solo —dijo Garrosh.

—Ya veo. ¿Y cuándo volveré a unirme a ti? —La mueca de Kairoz se hizo más pronunciada.

—¿Quién sabe? Cuando sea buen momento...

—Es decir, nunca. —Kairoz movió la cabeza. —Ay, Garrosh, Garrosh, Garrosh... La sutileza no es tu fuerte. No hagas el ridículo.

Garrosh replicó con dureza. —Muy bien. —Su voz seguía en calma. —Seré claro: mi Horda no necesita la ayuda de un dragón.

—Mmm. ¿Tu Horda? —Kairoz se levantó muy despacio, tanteando el fragmento de cristal. —Tu Horda te depuso. Sin mí aún estarías pudriéndote en una celda. No tienes el privilegio de decirme que me vaya. —El falso orco arqueó la cabeza. —Y, si no sabes comportarte, puedo hacer que llegues a desear la clemencia del hacha del verdugo.

La otra mano de Kairoz descansaba en su fajín, la única prenda que había conservado de su atuendo de elfo noble. Garrosh oyó un tintineo metálico en su interior. ¿Un arma oculta, quizás?

Garrosh aguardaba ya que se desatase la violencia. Percibió el mundo más claro, nítido. No se inmutó. —Mi pueblo merecía un destino mejor. Lo arreglaré. Sin ti —dijo Garrosh

—Tú no me das órdenes —replicó Kairoz. —Yo...

"Basta". Garrosh se abalanzó de improviso. Su grito de batalla resonó en el aire. En apenas tres pasos había saltado por encima de las brasas y tenía el cuello de Kairoz a su merced. El dragón se resistía, retorciéndose.

Hubo destello de bronce. El cristal de Kairoz resplandeció en su mano.

Garrosh parpadeó. Su mano solo apretaba ya el aire. Volvía a estar a tres pasos de la fogata, como si nunca se hubiera movido. No había rastro del dragón. Tras un momento de confusión, Garrosh notó cómo un brazo lo agarraba del cuello y sus pies se levantaban del suelo.

Cielo y tierra mudaron sus posiciones. Un metal frío —y familiar— se cerró con un chasquido en torno a sus muñecas.

Cayó con fuerza contra el suelo. La rodilla de Kairoz lo retenía, mientras que el antebrazo del dragón apretaba su cuello.

—¿Crees que el ser mortal ahora me hace más débil? —siseó Kairoz. —Ya no eres un jefe de guerra, Grito Infernal. Eres libre porque así lo quiero. Vives porque esa es mi voluntad. Y vas a unirte a tu padre y convocarás a los viejos clanes orcos porque tal es mi deseo. —El disfraz de Kairoz desapareció de su rostro y su cabeza de orco se transformó súbitamente en algo mucho mayor y reptil. Los inmensos ojos del dragón de bronce se posaron a escasos centímetros del rostro de Garrosh. —Eres un peón. Nada más. Si dejas de ser útil, serás sacrificado.

Garrosh enseñó los dientes. Volvía a llevar las mismas esposas que había lucido en aquel espectáculo absurdo que llamaron juicio. Ahora entendía por qué Kairoz se las había retirado con tanto cuidado, en lugar de romperlas.

Las había guardado a buen recaudo. Esperaba un enfrentamiento. No. Lo había provocado.

Lentamente, poco a poco, Garrosh refrenó su furia. Controló su respiración, ya regular, acompasada. "Necio. Te ha engañado. No vuelvas a cometer ese error". El tinte encarnado desapareció de su visión. Su voz, tensa, recuperó la compostura cuando acertó a hablar:

—Si no me necesitases, dragón, me habrías dejado en Pandaria. Ahórrate las amenazas.

La boca reptil de Kairoz esbozó una sonrisa. —Siempre y cuando nos entendamos... —Volvió a adoptar su forma de orco y se levantó, alejándose de Garrosh.

—Lo hago. —Grito Infernal rodó sobre su cuerpo y usó las manos, aún atadas, para incorporarse. —Créeme.

Un resplandor de luz llamó su atención mientras se levantaba. Era el fragmento de cristal, que había caído al suelo durante la refriega. Kairoz lo señaló.—Levántalo.

Garrosh lo observaba. —Recoge tú tus cosas.

—Ahora es tuyo. —El dragón parecía hablar a un niño rebelde. —Te va a hacer falta.

Garrosh no se movió, sin dejar de observarlo. El cristal curvado latía, emitiendo destellos de una luz broncínea, la misma que había visto cuando el dragón huyó de su presa. Sus bordes parecían afilados. Con las muñecas atadas, habría resultado difícil sostenerlo sin cortarse las palmas.

—Pensé que habías dicho que ya no tenía poder. —Dije que ya no tenía el de antaño. Eso no quiere decir que no tenga poder, como bien has visto —respondió Kairoz. Volvía a sonreír.

Garrosh levantó sus manos esposadas. —¿Y estas?

—Esas aún tienen poder, ¿no te parece? Se quedarán ahí hasta que me convenzas de que has entendido cuál es tu sitio. Kairoz se volvió hacia la fogata y empezó a cubrir las brasas de tierra con los pies. —Tó... ma... lo.

Con respiración regular, acompasada. "Que no te engañe de nuevo". Garrosh levantó el fragmento con cuidado, sosteniéndolo en las palmas de las manos. Cuando estaba entero, durante su juicio, la Visión en el tiempo tenía labrados dos dragones de bronce, enmarcándolo. Aún conservaba la cabeza y el cuello de una de las figuras. Era una empuñadura cómoda.

—Supongo que no tiene poder para mí —dijo Grito Infernal, con voz firme. "O no me habrías dejado tocarlo". El pensamiento hizo brotar de nuevo la rabia del orco.

—Claramente. Pero no lo pierdas. O me enfadaré —dijo Kairoz. Se alejó de la hoguera, arrancando una hoja de una rama baja y aplastándola entre los dedos hasta que no fue más que una masa verduzca. —Tienes razón en una cosa, Garrosh. Tú y yo somos dos extraños, aquí. Tal vez sea lo mejor acercarnos a los Grito de Guerra por separado. Con meses de distancia, si es preciso. De este modo, reduciremos las suspicacias de tu pueblo para que no piensen que estamos... confabulados. —Dejó caer al suelo los restos de la hoja y se limpió la mano contra el muslo. Su palma aún lucía una leve mancha verde. —Enséñales el cristal. Aun cuando los tuyos fuesen primitivos en este mundo, tenían consciencia de lo sobrenatural, ¿o no? Tu chamán bastará. Cualquier necio con un mínimo de talento sabría distinguir qué es lo que portas. Bastará para percibir un destello de nuestro Azeroth y los despojos de otros mundos. Cuando los hayas convencido de que se unan a tu Horda ideal para someter aquello que vean, volveré contigo. Seré otro orco que sigue al nuevo caudillo de su pueblo. —Kairoz abrió los brazos. —Revelaré nuevos usos milagrosos para el fragmento. Lo usaremos para viajar a cualquier mundo que nos plazca.

—Solo me interesa uno —dijo Garrosh.

—Porque eres incapaz de ver más allá. Quieres una Horda, libre de la deshonra demoníaca. Yo anhelo más. Podemos crear un número infinito de Hordas...

Garrosh se rio.

Kairoz bajó los brazos. Su gesto se volvió peligroso. —¿Dudas de mí?

El orco lo miró con franqueza. —El reloj de arena se destruyó en nuestro viaje. Lo vi hecho añicos, en el suelo del templo pandaren. —Elevó el fragmento. —Podrás hacer algunos trucos con esto, pero no finjas que sigue siendo la Visión en el tiempo.

—Piénsalo bien, Grito Infernal. —La voz de Kairoz sonaba liviana. —Dado que la mayor parte del reloj de arena sigue en nuestro Azeroth, este fragmento aún resuena con nuestro portal. Llámalo un destello... una centella del tiempo. Con un poco de trabajo por mi parte...

—Podemos volver. —Garrosh sintió cómo se le aceleraba el pulso y se erizaba la piel. Los planes empezaban a cobrar forma en su mente. —No solo a nuestro Azeroth, sino también a nuestro tiempo.

—Y eso es solo el comienzo —dijo Kairoz. Se dio la vuelta, hacia el sol que se ocultaba ya bajo el horizonte de Nagrand. —Primero, Azeroth. Después, el resto de mundos. Todos ellos. Cuantos resulten necesarios. —El dragón de bronce empezó a reír. —No tendríamos límites. Ni siquiera en el tiempo. Las posibilidades son infinitas. Seré infinito...

Tres pasos, y Garrosh hundió el fragmento en la espalda de Kairoz.

La carcajada se tornó en aullido. El filo desgarró la carne sin dificultad, sin romperse, mientras seccionaba los músculos y revelaba el hueso. El orco no cejó en su empeño, agarrando con firmeza la escultura de bronce entre sus manos atadas.

El cristal se imbuyó de poder. Sobre la piel de Kairoz aparecieron y desaparecieron escamas de bronce. Intentaba usar el fragmento para volver a su forma de dragón. No funcionaba.

Garrosh lo empujó y ambos cayeron al suelo. El filo llegó a la clavícula y lo extrajo con violencia. Los aullidos se hicieron más fuertes. Unas temblorosas manos de orco intentaron apartar a Grito Infernal, que acercó su cara a escasos centímetros de los ojos del dragón de bronce, antes de clavar el cristal en su garganta. Los aullidos se volvieron gorgoteos.

Garrosh seguía agarrándolo con firmeza, ignorando el torrente de energía que fluía hacia dentro y hacia fuera del fragmento, sin dejar de prestar atención al gesto de sorpresa de Kairoz.

—Basta —dijo Garrosh. —Basta de titiriteros maquinando en las sombras. Basta de esclavistas y de su poder corrupto. Basta de miserables como tú. Los orcos serán libres de todos los amos.

Garrosh giró el cristal y lo arrastró hacia el pecho de Kairoz, sin dejar de apuñalarlo. La colina se tiñó de sangre. No era sangre de orco, ni de ninguna otra criatura que hubiera hollado la faz de este mundo, pero la tierra habría de beberla igualmente.

Al fin, arrancó el arma de su carne mortecina y se puso en pie.

Kairoz convulsionaba en el suelo. El orco observaba, con curiosidad. Nunca antes había matado a un dragón de bronce. El fragmento temblaba en la empuñadura, latiendo al ritmo del corazón moribundo de su presa. Una niebla broncínea y espesa como arena se elevó, alejándose flotando de Kairoz. No se dispersaba como el humo, sino que se concentraba en un vórtice, como una fina cuerda retorcida hacia la nada, como si tirasen de ella para arrastrarla de este mundo.

Cuando la niebla hubo desaparecido, el fragmento dejó de latir. Los ojos de Kairoz seguían abiertos. El dragón no respiraba. Garrosh esperó. Quería asegurarse. Pasaron los minutos y, al fin, gruñó, sacudiendo la cabeza:

—Un final mejor del que merecías.                    

Dejó el cadáver donde estaba. Si alguien llegaba a toparse con él, vería simplemente a un orco que había enojado a alguien equivocado.

"¿Y acaso no era cierto?". Garrosh sonrió.

Encontró un arroyo cerca y limpió la sangre de su cuerpo y del fragmento. Seguía esposado. Del esfuerzo, sus muñecas estaban en carne viva. No había nada que pudiera hacer al respecto por el momento. La llave estaba a un mundo de distancia.

¿Qué hacer ahora? Empezó a concebir y desechar ideas elaboradas con rapidez. Kairoz tenía razón: la sutileza no era su fuerte. Si se acercaba a su padre con demasiada astucia o haciendo gala de un carácter excesivamente manipulador, le cortaría la cabeza. Grommash Grito Infernal no era un necio.

"¿Verdad?".

El miedo comenzó a aflorar en su interior. Era tan joven cuando pasó. Apenas recordaba a su padre. "¿Y si no es el orco que espero que sea?". A Grommash Grito Infernal lo habían embaucado. Lo engañaron para que sirviese a los demonios. Al final se redimió, demostrando la talla de su corazón, pero no fue infalible.

Garrosh había cavilado durante días, sin encontrar una respuesta al problema. "¿Cómo convencer de su debilidad a uno de los orcos más fuertes de la historia?".

Los últimos rayos de sol saludaron la llegada de la noche. Garrosh seguía sentado en silencio junto al arroyo. Tal vez debía esperar. Le llevaría horas llegar a pie al campamento Grito de Guerra, y las esposas y el fragmento de cristal lo delatarían sin duda. Hacerlo al día siguiente o al otro, sería más seguro que llegar en mitad de la noche.

No, se decidió al fin. No más esperas. Envolvió el cristal en el fajín de Kairoz y lo ocultó en su pretina. Grommash reconocería la talla del corazón de Garrosh... o no lo haría.

Empezó a caminar. Al amanecer sabría si podría vivir al lado de su padre o si habría de morir por su mano.

—Lok-tar ogar —susurró.

Grito Infernal