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Diez llevaba toda la tarde siguiendo a los extraños y estaba seguro de que tenían dinero. Podía notarlo en su postura, sus atavíos y la confianza que proyectaban al desplazarse por el mercado. Discernir la riqueza de blancos potenciales era un hábito que mantenía a Diez con vida, aún en estas épocas.

Eran cuatro y, a juzgar por sus pesadas capas, provenían del norte. Además, si la ropa fuera de temporada no constituía prueba suficiente de que eran extranjeros, el guía que eligieron sí: Jogu, el viejo borracho jinyu que pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo junto al pequeño estanque cerca del mercado. Jogu era delgado aún entre los jinyu, divagaba arrastrando las palabras y le faltaban escamas. ¿Por qué estos hombres lo escogieron a él como guía era un misterio para Diez. De cualquier modo, el pago debió ser bueno porque Jogu mostraba más energía que en años, gesticulando y señalando las mediocres vistas y el panorama del Mercado del Alcor como si fueran monumentos del Templo de Jade.

Por su parte, los cuatro viajeros caminaban sin decir nada y ni se inmutaban ante las gracias del hombre pez. Era obvio que estos pandaren deseaban un guía más directo y silencioso que les condujera a su destino; ya se arrepentían de su decisión.

Diez se recargó contra el muro del callejón e intentó pensar. Tal acto era difícil cuando le dolía con intensidad el estómago, pero eso no cambiaría a menos que pusiera su mente a trabajar. Aun aquí, en el Valle de los Cuatro Vientos, la cosecha resultó pobre esta temporada. Los granjeros eran más cuidadosos con sus mercancías y las rutas comerciales ostentaban más guardias que nunca antes. Había pasado un día desde su última comida, un durazno que se deslizó fuera de la carreta del vendedor de frutas mientras éste dejaba el mercado. O… eso parecía haber sucedido cuando el carromato pasó por donde Diez se encontraba oculto entre las sombras. Diez se había beneficiado de los “descuidos” de Kim Won Gi en el pasado y quería agradecerle al generoso comerciante, pero no estaba listo para dejar de robarle. ¿Cómo haría un ladrón para sobrevivir entonces?

Ladrón. Diez no sentía orgullo por lo que hacía o tenía que hacer. Si su padre viviera, retorcería las zarpas a causa del pesar.

Uno no puede cambiar las estaciones.

El grupo avanzaba. Jogu concluyó un prolongado soliloquio sobre el Altar del Comerciante Honesto en lo que pareció ser una épica presentación emocional acompañada de revoleos. Cuando sus clientes no respondieron, ni le pasaron una propina mientras se encontraba inmóvil con los brazos levantados cual imponente árbol taolun, Jogu se encogió de hombros y siguió caminando. Los fuereños le siguieron. Uno de ellos negaba con la cabeza.

En ese momento, Diez estaba seguro de que iban al Consejo de los Labradores. Tal era el único edificio de importancia en esa dirección. El joven pandaren sonrió. Por supuesto, los acaudalados extranjeros vinieron a visitar a la poderosa unión de granjeros, quizá para hablar de comercio o contratos. ¿Mercaderes, quizá? Eso explicaría las voluminosas capas que llevaban sobre estómagos anchos y bien alimentados, las cuales, si Diez no se equivocaba, cubrían bolsillos profundos y sacos llenos de oro. Al observar más de cerca, notó el modo en que la tela oscura caía sobre las cinturas de los viajeros. En efecto, había dinero debajo. Los dedos le temblaron.

Sucedió cuando el grupo cruzaba el Puente Fo. Nam Zarpa Férrea, el maestro de despensas, acababa de llegar al punto más alto con una carreta repleta de salmón. Una de las ruedas del vehículo estaba floja y, cuando Nam saludó a los viajeros, ésta cedió con el peso. El robusto tendero se volvió impotente mientras la carreta sobrecargada se volcaba, regando toda una noche de abundante pesca por el puente.

—¡No, no! —Gritó Nam, sus bigotes temblaban haciendo eco visual de su frustración.

Una avalancha húmeda y plateada fluyó sobre las tablas del puente. Las balaustradas hicieron veces de embudo, encausándola hacia un aterrorizado Jogu y sus acompañantes. El pobre jinyu, borracho aún, les gritó a los peces lo mismo que Nam. —¡No, no! —Luego, con desesperados gestos de súplica, intentó convencerles de que reconsideraran. Los salmones muertos hicieron caso omiso.

Al son de un impacto húmedo, el grupo terminó bajo peces. Diez hizo una mueca al imaginarse en tal situación, así como el hedor que resultaría de ello. Al pasar la ola, los salmones restantes se deslizaron por los costados del puente hasta caer al río. Los cuatro mercaderes pandaren se habían agachado y agarrado de las tablas para mantener el equilibrio y ahora se ayudaban unos a otros a incorporarse. Los salmones arrastraron a Jogu hasta el agua, pero éste aún no salía a la superficie. Tal situación era más graciosa que alarmante, pues el río —a diferencia de la tierra— constituía el elemento del borracho jinyu. Estallaron gritos y risas en el mercado conforme la familia de Nam y otros aldeanos llegaron corriendo.

Diez sabía que no habría mejor momento para actuar.

El muchacho dejó las sombras y se unió a la multitud que se aproximaba a la carreta volcada. Delgado y menudo para sus catorce años de edad —con manchas grises donde la mayoría de los pandaren tenían manchas blancas— para Diez era fácil permanecer inconspicuo entre el caos. Eso hacía por lo general, pasar desapercibido era una especialidad del hijo más joven de un pobre granjero de nabos. Un hijo que fue bautizado así sólo por ser el último en nacer.

Sus cinco hermanos mayores se dividieron la propiedad cuando murió su padre, pero pronto cayeron en la cuenta de que cinco parcelas de una granja en ciernes apenas y podrían mantenerlos, ¿de que servía dividirlas más si eso significaba que todos morirían de hambre? Así, dieron a los cinco hijos restantes la opción de permanecer como peones… o irse. Para alivio de sus hermanos, Diez se fue. De cualquier forma, ahí no había nada para un joven pandaren. Dudaba que alguien le extrañaría.

Al frente pudo ver a los miembros de la familia Zarpa Férrea intentando enderezar la carreta, mientras otros recolectaban pescado en canastas, vasijas e, incluso, las secciones frontales de sus delantales. Nam se aproximó a los cuatro extranjeros con la cabeza inclinada, disculpándose de manera profusa. Diez esperaba que los acaudalados mercaderes estuvieran furiosos por la viscosa bienvenida al Alcor, pero se sorprendió al ver que reían, una risa suave y gutural que prácticamente sacudía el puente, mientras quitaban las escamas de sus sombreros y se daban palmadas en los hombros. Uno de los viajeros extrajo un pescado grande de entre el cuello de su camisa y asintió al extendérselo a Nam. El maestro de despensas se vio aliviado por el buen humor de los fuereños y se alejó para supervisar los esfuerzos de recuperación. El precio del salmón era alto y habían transcurrido meses desde que su carreta estuvo tan llena.

Diez avanzó, recolectando pescado en silencio junto con los demás miembros de la familia Zarpa Férrea. Cuando estuvo cerca de los viajeros, fingió un resbalón y chocó contra el de mayor tamaño. El mercader se volvió y Diez dejó escapar un grito ahogado. Su objetivo sólo tenía un ojo. Una larga cicatriz se extendía por el rostro del viajero, desde su frente hasta su barbilla, y un parche de color negro cubría el punto donde habría estado su ojo. El mercader obviamente estaba acostumbrado a ese tipo de reacciones. Con una sonrisa, ayudó a Diez a recuperar el equilibrio y le dijo que tuviera cuidado al caminar sobre tablas mojadas. Su voz era fuerte pero amable y el joven ladrón sintió algo de culpa por robarle a esta gentil alma.

Sin embargo, los pensamientos bonitos no silencian un estómago que ruge.

Diez hizo una tímida reverencia, como haría un simple cachorro de aldea, y se alejó. La bolsa de cuero que le quitó al mercader se encontraba bajo su mugrienta túnica y el joven sentía ansias de ver qué riquezas había robado. ¿Oro? No pesaba lo suficiente. ¿Joyería? Quizá. Suficiente para pagar un par de comidas calientes y otra frazada, o al menos eso esperaba. El invierno se aproximaba y a Diez le preocupaba el frío. El pequeño pandaren se aseguró de embolsarse también algunos de los peces más pequeños, pero no quiso presionar su suerte. Su estómago rugió de nuevo.

Al llegar al borde del mercado, Diez fingió limpiarse escamas de las mangas mientras examinaba la escena que se desarrollaba detrás de él. Nadie había notado que ya no estaba. Todos se encontraban ocupados recuperando los peces antes de que se los llevara la apacible corriente. Diez sacó la bolsa de entre su túnica, desató el cordel de cuero y vació el contenido en su zarpa.

No era oro ni joyería, sino un pergarmino. El corazón de Diez se encogió. Un estúpido pergamino enrollado en una simple varilla de bronce con remates de marfil. El joven alzó el delicado objeto, rompiendo el sello de cera para ver si era posible desarmarlo. Quizá podría vender el marfil.

Echó un vistazo rápido a la página, leyendo las palabras sin querer. Hace años, su hermano Siete le enseñó a leer para que pudiera ayudar con el conteo de las cosechas. Diez aprendió rápido y descubrió que era una habilidad útil al seleccionar qué bolsa hurtar de los puestos de comestibles desatendidos. El mensaje estaba escrito con trazos fuertes y urgentes. Conforme leía, Diez sintió el pánico aglomerarse en su estómago vacío.

Honorable Haohan Zarpa Fangosa, Líder de los Labradores en el Valle de los Cuatro Vientos,

Con este mensaje te extendemos un saludo, una bendición para tus campos y una advertencia. Nuestros contactos han avistado a varias tribus yaungol desplazarse hacia el este desde las Estepas de Tonglong. Parecen huír más que buscar conflicto. En centurias pasadas, esto ocurría cuando los mántides surgían, sus colmenas de tamaño tal que aún estos imponentes seres con pezuñas huían de ellos. Nuestras fuerzas se encuentran al límite, Haohan, y necesitamos comenzar a almacenar provisiones para el conflicto venidero. Estamos conscientes de la cosecha pobre de este año así como de tu deber de alimentar a la gente del valle y más allá. Sin embargo, nuestra necesidad es imperiosa. Por favor envía lo que puedas con estos muy estimados guardianes. Ellos garantizarán que cualquier cosa que tu generosidad permita llegue con bien.

Esas no eran las palabras de un mercader.

Estimados guardianes. Estos viajeros no vinieron a comerciar. La marca en la parte inferior del pergamino hizo que Diez contuviera el aliento. Era sencilla, un círculo con líneas curvas que surgían de los costados; el rostro de un tigre blanco que gruñía.

Shado-pan!

De súbito, se presentó una conmoción en el puente. Diez giró mientras guardaba el pergamino en su túnica. Jogu surgió del agua, gritaba y señalaba… señalaba a Diez.

—¡Ladrón! ¡Han robado a mis señores! ¡Ladrón! ¡Ladrón!

De primera instancia, nadie sabía de qué hablaba el histérico jinyu. Algunos miraron a Diez con ojos de sospecha y otros más se rieron de Jogu, poniendo los ojos en blanco ante su alcoholizada agitación. Sin embargo, el imponente pandaren contra el que chocó Diez palpó su bolsillo e hizo un gesto a sus compañeros. Al caer las capas de los fuereños quedaron armas al descubierto: espadas, lanzas y hojas que brillaban peligrosamente bajo la luz del sol. Tenían algo oculto después de todo. Diez estaba parcialmente en lo correcto.

Era momento de correr.

La Prueba de las Flores Rojas

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