La Búsqueda de Pandaria

Parte 2 de 4

Li Li entendió lo que Chen decía, pero su instinto le decía que confiara en la perla.

—No sé —admitió—, supongo que es posible que la perla sea peligrosa, pero no la siento maligna. No tiene nada espeluznante.

—Es bueno confiar en tu instinto cuando se trata de magia, pero, los naga no son una especie amable y considerada. Si una naga la deseaba, seguro tiene capacidades destructivas. —Al ver la expresión en el rostro de Li Li, agregó. —Sólo trato de cuidarte, como Po me pidió.

Li Li colocó el tarro en la mesa con más fuerza de lo normal y frunció el ceño con la mirada fija en la pared. Chen hizo el tema a un lado con gentileza.

—¿Aún estás molesta, Li Li?

—No voy a caerme en la bahía, ahogarme, ni nada por el estilo.

Chen decidió que prefería no discutir con su sobrina.

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—Sé que eres fuerte y que no eres una niña. Tu padre se preocupa por ti, es todo.

—Tampoco le agrada cuando salgo en los botes de pesca. Tiene mucho miedo a raíz de lo que ocurrió con mamá, supongo. Yo estaría en casa todo el tiempo si de él dependiera, encargándome del jardín, cocinando y no habría nada interesante para mí. —Li Li se inclinó hacia Chen. —La perla me dio una visión, es mi tarea. Cuando la cumpla, papá tendrá que admitir su error al intentar detenerme.

—Los padres pueden ser particularmente frustrantes, ¿no?

Chen y Li Li miraron hacia el origen de la voz. La persona alzó las manos de forma desarmante.

—Es bueno confiar en tu instinto cuando se trata de magia, pero, los naga no son una especie amable y considerada. Si una naga la deseaba, seguro tiene capacidades destructivas.

—Perdón por interrumpir. Es una tarberna bulliciosa y no pude evitar escuchar. —Ella jaló una silla vacía y se sentó junto a Li Li; era una pálida mujer humana. Catelyn dejó caer su mochila al suelo junto a la mesa, cruzó un tobillo sobre su rodilla con gracia y colocó un brazo encima del respaldo.

—Me llamo Catelyn. Por estos lares me llaman Catelyn la Cuchilla. —Ella se acomodó un mechón de cabello rojizo detrás de la oreja. —Es un tanto dramático, admito, pero tiene cierto timbre, ¿no crees?

—Te otorga un filo particular. —Dijo Li Li y Catelyn rió.

—¡Eres muy lista! —Sonrió. —Escuché lo que decías. Para ser honesta, hablé sin pensar. Tu historia me es muy familiar.

—¿Familiar?

—Pasé por algo parecido. —Dijo Catelyn. Miraba al techo y daba golpecitos con la mano a su pierna cruzada. —Mi padre es un erudito estirado y quería que yo fuera igual. No soportaba esa vida y él no soportaba la idea de que yo hiciera algo distinto a lo que él quería. Me fui hace años, fue la mejor decisión que he tomado.

—Siento que no hayas logrado reconciliarte con tu padre. —Dijo Chen con educación.

Catelyn se encogió de hombros. —Es su culpa. Si hubiera querido escucharme, no habría tenido que salir a sus espaldas. —Ella miró a Li Li y se estiró para rascarse la pantorrilla bajo la mesa. Li Li miraba su cerveza pensativa, el ceño fruncido.

—Hey —dijo Catelyn con voz más suave—, siento haber hablado abruptamente. Sólo quería darte algo de ánimo. ¡Tienes que ser tu propia persona y vivir tu vida! Si tu padre no entiende eso, no es tu problema.

—Le gusta hacerlo mi problema. —Murmuró Li Li y Chen entrecerró los ojos.

—Ya entenderá, Li Li. —Dijo él.

—Quizá, quizá no. —Respondió Catelyn. —El mío nunca lo hizo, pero no me arrepiento de mis decisiones. —Se incorporó, tomando su mochila. —Dudo que tú te arrepientas de las tuyas. Disfruta de la Bahía del Botín. —Se despidió con la mano y se perdió entre la multitud de la taberna.

—¿Qué tal eso para consejos no solicitados? —Comentó Chen mientras la miraba alejarse.

Li Li estaba inquieta y se bebió su tarro de cerveza. Posteriormente hizo una mueca por el sabor. —Ella entiende, no obstante, ha pasado por lo mismo que yo.

Chen la miró. —Supongo, vamos arriba.

Li Li tomó su bastón y se echó la mochila al hombro, siguiendo a Chen por las escaleras. La habitación estaba en el segundo piso y su pequeña y torcida ventana hacía que la espectacular vista de la bahía se apreciara de mala calidad.

Li Li se hundió en una de las desvencijadas camas, sintiendo como crujían las tablas bajo su peso. Una larga siesta le haría bien.

Luego, tomó su mochila deseando cambiarse de ropa. La parte superior estaba curiosamente plana, como si faltara algo. Con el corazón acelerado, la abrió y jaló la capa que usaba para cubrir la perla. Estaba vacía. Tratando de mantener la esperanza, regó el contenido de la mochila a su alrededor sin querer creer lo que sabía que era verdad.