Universo Expandido

Garrosh Hellscream:Corazón de Guerra

por Sarah Pine

Traducción castellana.

Descargar en alta resolución Me decepcionas, Garrosh.

Hiciera lo que hiciera, el recuerdo de aquellas palabras no se apagaba. No importaba cuántas veces escuchara los orgullosos vítores de «¡Bienvenido, Señor supremo!» mientras atravesaba El Martillo de Agmar, ni cuánto tiempo permaneció en las ruinas ante la Puerta de Cólera observando las llamas encantadas que todavía ardían allí. Incluso el choque de sus filos contra las bestias o los miembros de la Plaga que se atrevían a enfrentarse a él solo le proporcionaba un alivio temporal. Todas las cálidas salpicaduras de sangre contra su cara no eran capaces de ahogar aquella voz. En el momento en que regresaba al camino escuchaba esas palabras en su mente cada vez que la pata de su gran lobo se posaba sobre la nieve.

Quizá fuera la continua presencia del Jefe de Guerra en su flanco lo que hacía que las palabras permanecieran. Thrall había decidido acompañar a Garrosh de vuelta al Bastión Grito de Guerra desde Dalaran. Había dicho que quería ver sus territorios en Rasganorte. Garrosh se sentía como si llevara un carabina, pero también era una oportunidad. Las incursiones de la Horda en Rasganorte no eran precisamente triviales. Seguro que Thrall se había dado cuenta. Seguramente apreciaría todo lo que se había conseguido en ese frente.

Garrosh escupió a la espalda de su lobo, Malak, y contra los juncos. El lago Kum’uya quedaba tras ellos, tranquilo como un espejo en el gris cielo de la mañana. Llegarían al Bastión Grito de Guerra a media tarde, o al anochecer si iban despacio. En privado tenía que admitir que estaba ansioso por ver la mirada en los ojos de Thrall cuando llegaran.

Por desgracia no podrían admirarlo debidamente mientras se acercaban. En un instante, Garrosh supo que los nerubianos habían vuelto a entrar en la Cantera de Piedra de Poderío. Hizo una mueca. Daba igual lo efectivo que fuera su bloqueo de Azjol-Nerub, los insectos siempre se las arreglaban para encontrar el modo de volver al oeste. Sus espeluznantes chillidos eran inconfundibles, llevados a todos los rincones por el gélido viento de la tundra.

—¡Adelante! ¡Atacad! —ordenó Garrosh a los jinetes Kor’kron que les acompañaban, olvidando que, en realidad, él no era el comandante del grupo. Había espoleado a Malak al galope y los había dejado atrás antes de recordar que el decoro dictaba que defiriera en Thrall. Bueno, el decoro no ganaba batallas. La acción, sí—.

Más sonidos de la pelea se hicieron audibles mientras se acercaba: gritos de los guardas de batalla, las pesadas explosiones de la artillería y el distintivo sonido de las armas de metal al astillarse contra la quitina nerubiana. Garrosh preparó sus hachas, su pulso acelerándose por la emoción. Cabalgó hacia el borde de la cantera, Malak no perdía el paso. Se deslizaron pared abajo, saltaron sobre las rocas y los andamiajes y, con un grito, Garrosh se lanzó al combate.

El nerubiano ante él no le vio venir. El primer golpe de Garrosh le hizo un profundo corte en el tórax y el segundo separó su parte delantera de su cuerpo. El guarda Grito de Guerra que había estado luchando contra él levantó la vista con su hacha lista por encima de su hombro. Garrosh sonrió.

—¡Grito Infernal! —gritó el guerrero, a modo de saludo. Se dirigió a los que le rodeaban—. ¡El señor supremo Grito Infernal ha regresado!

Garrosh levantó su hacha como respuesta. «¡Derrotadlos!», gritó a sus soldados. «¡Recordad a estas alimañas lo que significa atacar a la Horda! ¡Lok-tar ogar!»

La arenga de Garrosh inyectó un fervor renovado en los defensores. Un enorme monstruo con aspecto de escarabajo dominaba el suelo de la cantera y Garrosh azuzó a su lobo para enfrentarse a él. Los lobos orcos estaban entrenados para la batalla al igual que sus jinetes y Malak propinó un profundo mordisco al tarso del nerubiano, desequilibrándolo mientras Garrosh saltaba sobre él. A pesar de lo ventajoso que podía llegar a ser el combate montado, siempre se sentía mejor con los pies sobre la tierra.

El nerubiano bufó y lanzó sus miembros delanteros contra su cuello. Garrosh paró el golpe y con un barrido de su hacha envió los extremos cortados a tierra. El insecto caminó hacia atrás y Garrosh prácticamente bailó tras él, moviendo sus hachas con gélida gracia. La sangre cantaba en sus venas, el fervor de la batalla ardía en su pecho. Nunca se le ocurriría pensar en la ironía de que cuando más vivo se sentía era cuando se enfrentaba a la muerte.

Garrosh golpeó el tórax del monstruo mientras Malak atacaba a sus piernas para evitar que pudiera conseguir estabilidad. Mientras preparaba el siguiente golpe, un brillante destello seguido de un afilado crujido y el olor de quitina cortada le desorientaron momentáneamente y anunciaron la entrada del Jefe de Guerra Thrall en la batalla. El nerubiano estaba derrotado y no tenía adonde ir. Garrosh sintió una oleada de certeza mientras levantaba el hacha y asestaba el golpe final, partiendo la cabeza del enorme insecto en dos.

Con eso, Garrosh sabía que había ganado la batalla. Todo lo que faltaba era que las tropas de Grito de Guerra se encargaran de las tropas de nerubianos que aún se ocultaban en la cantera. Al ver que los guardas tenían dificultades, Thrall levantó el Martillo Maldito, murmurando algo que Garrosh no pudo oír. A la orden del Jefe de Guerra, el viento repentinamente se convirtió en un aullante vendaval de furia y el aire crujió, levantando los pelillos de la parte trasera del cuello de Garrosh. Thrall invocó un rayo de luz cegadora contra el último grupo que quedaba, mientras los soldados se apartaban del camino. La explosión hizo que llovieran trocitos de caparazón sobre las rocas.

Garrosh llamó a Malak a su lado y pasó el brazo sobre su grupa, observando a las tropas agradado por su éxito. La lucha había sido rápida, pero satisfactoria. Por desgracia, la Horda había construido su fortaleza en lo alto de una zona muy concurrida del antiguo reino nerubiano, pero los ataques eran cada vez menos frecuentes y él confiaba en que en algún momento cesarían por completo. Sus soldados se volvían más eficientes con cada oportunidad de defensa y las tropas habían aguantado. Las tropas seguirían aguantando.

Caminó hacia la rampa en la parte delantera del Bastión Grito de Guerra, donde esperaba el supervisor Razgor cuya espada todavía goteaba icor.

—Ya era hora de que aparecieras —dijo secándose el sudor de la frente. Garrosh rio—.

—No me perdería la oportunidad de matar algunos insectos tamaño familiar —contestó. Razgor sonrió—.

—El Jefe de Guerra Thrall me ha acompañado desde Dalaran —continuó Garrosh—, para inspeccionar nuestras conquistas en Rasganorte. —Mientras hablaba, Thrall ascendió por el camino detrás de Garrosh—.

Los ojos de Razgor se abrieron y asintió. Se giró para enfrentarse a la multitud de soldados a su alrededor.

—¡Bienvenidos al retorno del señor supremo Grito Infernal! —anunció. Los soldados jalearon y alzaron sus armas—. Y dad la bienvenida —continuó en voz más alta—, a nuestro Jefe de Guerra Thrall, hijo de Durotan! —Todos se giraron casi a la vez y saludaron también, todos los ojos humildemente puestos en Thrall. Razgor dio un paso hacia delante y saludó también—.

—Nos honra tu presencia en el Bastión Grito de Guerra, Jefe de Guerra —dijo. Los ojos de Thrall recorrieron las altas paredes de piedra de la fortaleza, a través de las murallas de hierro, por el foso de la cantera en el que acababan de luchar y finalmente se paró en Garrosh, quien le devolvió la mirada—.

—Me recuerda a Orgrimmar —dijo Thrall—. Impresionante.

—Lo es aún más en el interior —respondió Garrosh—. Te lo enseñaremos.

—Estoy seguro de que no me decepcionará —respondió Thrall. Garrosh apretó los dientes al oírlo.

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This original Garrosh Hellscream image was created by Ludo Lullabi and Tony Washington, the artistic team behind
DC’s latest World of Warcraft miniseries, CURSE OF THE WORGEN.