Universo Expandido

Gelbin Mekkatorque:Truncado

por Cameron Dayton

—Efectuamos una revisión de seguridad en los pisos superiores del sector 17, señor. El lugar parece no haber sido tocado desde nuestra, um, salida. Claro que todo hiede a trogg…

—Hmmm, sí. Esa fabulosa mezcla de moho, sarna y chango agrio. Le quita a uno el apetito, lo sé.

El capitán Herk Vincarresorte de los Engranes frunció el ceño, palideciendo ante la descripción de su comandante. El hedor ciertamente estaba causando estragos en la moral.

—¿Y su equipo cuenta con la versión más reciente de mis Sanitizadores Nasales de Alta Velocidad?

—Sí señor. El aroma… bueno, uno puede saborearlo, señor. No importa qué tan limpias se encuentren sus fosas nasales. —Vincarresorte echó la cabeza hacia atrás, mostrando unas enormes y apuestas fosas nasales gnomas que, en efecto, se encontraban relucientes. —Dos de los miembros de mi escuadrón solicitaron su transferencia a la Patrulla Trol en Yunquemar y mi médico quiere saber si ofrecemos vacaciones por hedor.

El Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque suspiró, se colocó los lentes sobre la frente y deslizó sus dedos índice y pulgar por los costados de su prominente nariz. Las gafas nuevas le lastimaban y ajustarlas era el primer inciso de una lista de miles de tareas que planeaba llevar a cabo cuando terminase el combate. No había dormido la noche anterior y la piel de su nariz se encontraba enrojecida y le dolía. Recuperar Gnomeregan se estaba tornando en algo más que una simple operación militar.

Consideremos el hedor, por ejemplo. Uno de los problemas que presenta una vasta ciudad mecanizada subterránea —mejor dicho, uno de cientos— era la ventilación. Operando a máxima capacidad, la red de ventiladores, ventilas y filtros requería un equipo de quince técnicos trabajando las veinticuatro horas para mantener el aire de Gnomeregan fresco y limpio. Años de pestilencia trogg sin sanitizar se habían coagulado en capas de suciedad impenetrable con aroma a almizcle, que era más difícil de eliminar que los invasores mismos.

Descargar en alta resolución —No se preocupe, capitán. Tengo a los genios del Cuerpo de Alquimia creando un prototipo de mis Cañones Deodorizantes Quitapeste. Eso deberá ayudar a expulsar ese asqueroso hedor de nuestros corredores. ¿Por qué no se toma el resto del día junto con su escuadrón? Vayan por unas pintas a la Cervecería Trueno.

El otro gnomo sonrió, saludó y asintió con presteza.

Mekkatorque se volvió hacia los planos extendidos en la mesa que se encontraba detrás de él y se acomodó de nuevo los lentes con un gesto de dolor. Aunque algunas secciones de Gnomeregan seguían en brutal conflicto, otras fueron recuperadas con facilidad sorprendente. Por supuesto, la ayuda de la Alianza había sido un catalizador en ese aspecto, pero Gelbin no estaba tan seguro. La Cámara de Engranajes parecía… abandonada. No era común que su antiguo enemigo cediera territorio tan fácilmente.

Gelbin, luego de ser interrumpido por alguien aclarándose la garganta, se volvió de nuevo. El capitán de los Engranes seguía ahí, moviendo nerviosamente las manos.

—Disculpe, ¿hay algo más, capitán?

—Bueno, sí, Manitas Mayor; señor. Si no le molesta que pregunte…

—En absoluto, hable.

—Bien, señor. Es sólo que algunos de los muchachos se preguntaban, y yo también, por qué fuimos enviados a efectuar reconocimiento de ese sector. Vaya, no se encuentra cerca de las líneas frontales y no parece tener recursos; ni valor estratégico alguno. Parece ser la biblioteca de un viejo loco, señor.

—¿La biblioteca de un viejo loco dice usted?

El capitán Vincarresorte sonrió con aire de complicidad. —Je, esa es la impresión que me dio, señor. Pilas de libros antiguos, papeles arrugados y algo similar a una madriguera de conejo construida con moldes de hojalata para pay.

—Vaya, supongo que la maqueta a escala del Tren Subterráneo tiene cierto parecido con eso…

—El… ¿Señor?

—Esos eran mis aposentos, capitán.

—Sus… sus aposentos, ¿señor? Oh. Oh. Mil disculpas Manitas Mayor, no pretendía…

—No es lo que esperaría de alguien que cuenta con mi exaltada posición, ¿eh? —Gelbin rió y le dio unas palmaditas en el hombro al nervioso capitán. —No se preocupe, Vincarresorte. Puede que tenga un puesto importante en la Corte Manitas pero todo mi trabajo real, como pensar e inventar, lo llevé a cabo en esa biblioteca de viejo loco. Ahora, mientras va de salida, ¿podría decirle al sargento Pernocobre que estoy listo para examinar el área? Gracias por su excelente trabajo, capitán.

* * * * *

Gelbin aguardó hasta que su equipo de seguridad desapareció alrededor de la esquina antes de permitir que la sonrisa abandonara su rostro. Sus hombros cayeron al son de una exhalación entrecortada, la cual era tanto un suspiro como una maldición.

Era difícil regresar a su estudio, su rincón. Éste era el sitio que imaginaba siempre que escuchaba la palabra hogar, aún después de tantos años. Años viviendo de la caridad y la tolerancia de aliados quienes, pese a sus nobles sentimientos, todavía le veían con lástima.

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