Universo Expandido

Sylvanas Brisaveloz:Al Filo de la Noche

por Dave Kosak

CORONA DE HIELO

Sylvanas Brisaveloz flota en un océano de consuelo, donde las sensaciones físicas se ven reemplazadas por la pureza de emoción. Es capaz de tomar la felicidad, ver la alegría y escuchar la paz. Esta es la otra vida, su destino. El mar eterno en el que terminó después de caer defendiendo a Lunargenta. Ella pertenece a este sitio. Cada remembranza hace que se empañen los recuerdos que tiene de este lugar. El sonido se torna distante y el calor se enfría, la visión se desarrolla en la palidez de un sueño a media reminiscencia. Sin embargo, éste, con claridad espantosa, siempre termina igual y el espíritu de Sylvanas es arrancado. El dolor es tan intenso que su alma queda desgarrada para siempre. El rostro de Arthas Menethil, con su torcida sonrisa y ojos muertos, se burla de ella mientras la jala de vuelta al mundo; violándola. Su risa, esa hueca risa, el mero recuerdo hace que su piel se enchine.

* * * * *

—¡Hijo de puta! —Aulló Sylvanas, pateando un pedazo destrozado de la armadura congelada del Rey Exánime. Su voz vacía y aterrorizante se quebró bajo el peso de su odio. El sonido hizo eco a través de los picos de Corona de Hielo, deslizándose por los valles tal como la empalagosa bruma que embrujaba este horrible sitio.

Había viajado sola hasta aquí, la otrora sede de poder de Arthas, la punta de la Ciudadela Corona de Hielo; donde un trono helado se alzaba imponente sobre una meseta de hielo blanco. Era obvio que el mocoso egoísta que conocía se establecería aquí, sentado en la cima del mundo. Sin embargo, ¿dónde estaba ahora? Destrozado, ella ya no podía sentir su maldad jalando los bordes de su conciencia. Las piezas de su armadura rota se encontraban dispersas en el pico blanco que se encontraba frente a su trono, rodeadas de plastas congeladas de sangre ennegrecida; los restos de aquellos que finalmente hicieron que cayera de rodillas.

Sylvanas lamentó no haber estado ahí para ver su derrota y recogió un guantelete quebrado, el mismo que cubría la mano que blandía Frostmourne. Por fin ha muerto. ¿Por qué se sentía tan vacía por dentro? ¿Por qué seguía pulsando con rabia? Sylvanas lanzó la armadura desde la punta para verla desaparecer entre la turbulenta niebla.

Descargar en alta resolución No estaba sola. Nueve espíritus fulgurantes rodeaban el pináculo y sus rostros enmascarados se volvieron hacia ella. Sus formas efímeras flotaban con la ayuda de alas elegantes y carentes de sustancia. Eran las Val’kyr, las doncellas guerreras de antaño, previamente esclavizadas por la voluntad de Arthas. ¿Por qué permanecían en este sitio? Sylvanas no sabía, ni tampoco le importaba. Se mantuvieron fuera de su camino, mudas e inmóviles mientras ella aullaba con furia. ¿Estaban mirándola? ¿Juzgaban sus acciones? Sylvanas las ignoró y caminó trabajosamente por la nieve hasta llegar al trono de Arthas.

Alguien más estaba ahí sentado.

En un principio Sylvanas pensó que se trataba del cadáver de Arthas, colocado en ese sitio de honor de manera burlona y sellado en un bloque de hielo, mas la silueta era totalmente distinta. Se aproximó al trono y pasó la mano por encima de la superficie del hielo, mirando la distorsionada figura en su interior; humano, sí. Sylvanas reconoció el perfil de una hombrera de la Alianza, no obstante, el cuerpo presentaba quemaduras muy serias. La piel se encontraba abierta como si fuera carne rostizada. Llevaba la corona de Arthas y sus ojos, ese destello de consciencia…

Lo reemplazaron. ¡Había un nuevo Rey Exánime en el trono!

Sylvanas gritó nuevamente y su shock se tornó en furia explosiva. Primero golpeó el hielo con la palma de su mano y luego con su puño. El hielo se resquebrajó y el rostro inmóvil pareció partirse detrás de la red de fracturas. Sus aullidos se apagaron, perdiéndose en la neblina que envolvía el pico. Lo reemplazaron. ¿Significa esto que siempre habrá un Rey Exánime? Idiotas. Ingenuamente creen que su títere no comenzará a torcer el mundo para sus propios fines algún día, o peor aún, que no se convertirá en el arma contundente de algo todavía más terrible.

Fue un golpe amargo. Esperaba entrar triunfalmente, no toparse con otra derrota. La victoria era hueca, pero se alejó del trono, se irguió y aceptó que el ciclo continuaría. Arthas estaba muerto. ¿Qué importaba si otro cadáver llenaba su trono vacío? Sylvanas Brisaveloz consiguió su venganza. La visión que impulsó a la dama oscura y a su gente durante años se había materializado; ni a una sola fibra de su cuerpo reanimado le importaba qué ocurriese con el mundo ahora.

Había terminado al fin. Una fracción de ella se sorprendió de que seguía en este mundo pese a que la presencia de Arthas ya no se encontraba tirando de la parte posterior de su mente. Se alejó del trono y se volvió para mirar el mundo frío y gris que la rodeaba. Sus pensamientos regresaron a ese sitio de felicidad, ese vistazo a medio a recordar de lo que aguardaba más allá. Casa, era tiempo.

Con paso lento regresó al afilado borde de la plataforma congelada. Trescientos metros abajo, oculto por las nubes, yacía un bosque de púas de saronita que Sylvanas había explorado previamente. La caída no podía matarla ya que su carne reanimada era casi indestructible. Sin embargo, las púas —la sangre solidificada de un Dios Antiguo— no sólo harían pedazos su cuerpo sino también su alma. Ella deseaba esto, el regreso a la paz. La labor que comenzó en los bosques de Lunargenta había concluido con la muerte de Arthas.

Descolgó el arco de su hombro y lo dejó caer a un lado. El impacto con la superficie desigual del hielo fue audible. Posteriormente se quitó el carcaj. Las flechas se regaron, despeñándose como una cascada por el costado de la Ciudadela Corona de Hielo, desvaneciéndose una por una entre la niebla. El carcaj vacío cayó silenciosamente a sus pies.

Su rasgada capa oscura, libre de las armas que acababa de tirar, comenzó a agitarse alrededor de su cuello con los agrestes vientos. No sentía frío, sólo un dolor sordo que pronto se disiparía por completo. Podía percibir como su espíritu llegaba a un sitio de calma por primera vez en casi una década. Se inclinó hacia el borde del abismo y cerró los ojos.

Como una, las Val’kyr se volvieron en silencio para mirarla.

Sylvanas Brisaveloz Descargar en PDF