Universo Expandido

El Consejo de los Tres Martillos:Fuego y Hierro

por Matt Burns

El cielo sobre Pico Nidal atrajo a Kurdran Martillo Salvaje como el resplandor distante de una hoguera en una fría noche de invierno. Tras veinte largos años atrapado en el infernal mundo ahora conocido como Terrallende, había regresado al hogar. Nunca había lamentado haberse unido a la expedición de la Alianza para luchar contra la Horda de orcos en su propio mundo; pero tras arduos años, el anhelo de volver a ver aquel cielo se le había marcado a fuego en el corazón.

Su grifo, Sky’ree, planeó sobre él con otros tres de su especie, tan enérgica como siempre durante las dos últimas décadas. Kurdran ansiaba estar allí arriba con ella y sentir la brisa de la montaña en el rostro. El destino caprichoso había decidido que andaría sobre dos piernas en la tierra, pero era en el cielo donde se sentía libre de verdad. Ese era el mayor regalo que Sky’ree podía ofrecerle. Volar era más valioso que su ferocidad en el combate o la amistad que le brindaba en tiempos de paz. Sin embargo, por ahora, la dejaría remontar el vuelo a solas.

Kurdran respiró profundamente y contempló su hogar: los verdes bosques se extendían en todas direcciones, los enanos Martillo Salvaje se arremolinaban alrededor de las tiendas y las casas de las laderas de la montaña; y el colosal aviario, un recinto de piedra esculpido con la imagen de uno de los nobles grifos, coronaba la cima de Pico Nidal. Todo permanecía tal y como lo había dejado.

A continuación, sacó un cetro de hierro envuelto en briznas de hierba y adornado con plumas de grifo. No se trataba de un arma sino de un recordatorio, ya que su martillo de tormenta desgastado por la batalla pendía de su espalda. En Terrallende, el cetro se había convertido en algo místico; un símbolo de su identidad y del hogar que luchaba por proteger. En varias ocasiones lo había mantenido cerca y había sentido que la esperanza le invadía y le impulsaba a continuar. Sin embargo, ahora que ya estaba de vuelta, la potencia del cetro parecía haberse…

Un chillido estrepitoso rasgó el aire. Kurdran miró hacia arriba y una punzada de miedo le atravesó. Sky’ree caía en espiral hacia el suelo con las alas retorcidas de forma poco natural.

—¡Sky’ree! —gritó Kurdran—.

Descargar en alta resolución El grifo chocó contra el suelo con un golpe tremendo. Los huesos astillados sobresalían de sus patas traseras hechas trizas y la sangre no dejaba de brotar de una horrible brecha en el cráneo. Sky’ree intentó levantarse pero se derrumbó por el dolor. Abrió el pico y dejó escapar un gemido débil.

—¡No te muevas, muchacha! —voceó Kurdran. Con el corazón en un puño, acudió a ayudar a su compañera caída cuando, de repente, su mano se quedó rígida—.

El cetro que sostenía comenzó a burbujear y a transformarse en algo escalofriantemente familiar… cristal… diamante. Unos tentáculos titilantes salieron del cetro y se deslizaron por su brazo, congelándolo y endureciéndolo. La sustancia viscosa alcanzó su pecho y se extendió hacia abajo hasta unir sus piernas con el suelo.

Kurdran luchó por alcanzar el martillo de tormenta de su espalda, pero el diamante recubrió su brazo antes de que pudiera empuñar su arma. Atrapado sin poder moverse, solo pudo observar con desesperación cómo el grifo que le había salvado la vida en incontables ocasiones y que se había convertido en parte de su propio ser se desangraba lentamente ante sus ojos.

La helada y pesada prisión diamantina prosiguió por el cuello de Kurdran hasta que descendió por la garganta e inundó los pulmones. Finalmente, cubrió sus ojos y orejas de forma que Sky’ree y el tentador cielo azul se desvanecieron.

Pero a Kurdran se le negó la liberación de la muerte. Existió en un vacío mientras el terror invadía su mente como el metal líquido en una forja. Al final, oyó un ruido lejano y repetitivo que se hacía cada vez más fuerte.

PUM. PUM. PUM.

Cada golpe enviaba vibraciones sordas a través de su cuerpo, como si alguien golpeara con fuerza un objeto contundente contra su mortaja cristalina para intentar liberarlo.

PUM. PUM. PUM.

La rigidez de su cuerpo perdió intensidad. Recuperó la sensibilidad de sus extremidades. Después, el ruido cobró un tono diferente.

CLAC. CLAC. CLAC.

Aquel ruido familiar era todo lo que necesitaba para reconocer dónde se encontraba y percatarse de que había despertado de una pesadilla para entrar en otra. El tañido metálico del martillo golpeando el yunque prosiguió día y noche, crispando los oídos de Kurdran. Sentía el pulso de una ciudad que no era la suya, construida en el corazón de una montaña a una profundidad tal, que no volvería a conocer la felicidad de los cielos abiertos.

Estaba en Forjaz.

***

La ciudad de los antepasados de Kurdran era una caldera hirviendo de antiguos prejuicios. Se agitaba sin fin mientras sus gases tóxicos disolvían cualquier lógica y razón que hiciera que los enanos Barbabronce, Martillo Salvaje y Hierro Negro vivieran juntos en Forjaz por primera vez después de dos siglos. Kurdran era ajeno a todo aquello y buscaba respuestas en lo más profundo de su ardiente corazón lleno de dudas, que estaba cada vez más cerca de explotar.

De una forma perturbadora, aún se sentía como si estuviese en guerra con la Horda maldita por la sangre y atrapado en Terrallende. Sin embargo, no tenía claro quién era su enemigo en Forjaz. No había demonios enloquecidos ni violentos orcos dispuestos a diezmar toda vida en el mundo. Solo había palabras.

Cuando Kurdran había llegado a Forjaz hacía unas pocas semanas, se le había tratado como a una especie de héroe por sus sacrificios en Terrallende. Ahora era diferente. Rumores infundados sobre el clan de los Martillo Salvaje habían surgido en los pasillos más oscuros de la ciudad, como fantasmas vengativos de la sangrienta guerra de los Tres Martillos que había destruido la unidad de los clanes enanos hacía tantos años. Decían de todo, desde historias sobre rituales de sacrificio en Pico Nidal hasta cuentos que afirmaban que Kurdran había ejecutado a docenas de soldados de la Alianza en Terrallende por haberse retirado de la batalla. Hacía una semana, los enanos habían dirigido su atención hacia un nuevo tema de interés.

—El consejo aguarda, señor feudal Kurdran.

Kurdran ignoró al guardia de Forjaz y sostuvo con fuerza el cetro de los Martillo Salvaje entre sus manos. Desde su ventajosa perspectiva en el nidal de grifos de la ciudad, Kurdran echó un vistazo a la profunda y oscura Gran Fundición; el corazón de Forjaz de tan acertado nombre. Cascadas de metal fundido caían del techo hasta piscinas hirviendo de un naranja amarillento. Más allá de las cubas ardientes de metal líquido, los enanos herreros golpeaban los martillos contra los yunques. El calor, especialmente cerca de la fundición, era excesivamente agobiante y te hacía sentir como si estuvieras atrapado en una botella de cristal opaco y te hubieran dejado allí para que te asfixiases bajo el sol abrasador.

Sky’ree yacía sobre una cama de paja a su lado, con las patas bajo su enorme cuerpo. Kurdran acarició la melena de plumas con sus dedos encallecidos y reflexionó sobre su destino.

—¿Por qué habré elegido venir a este lugar? —murmuró Kurdran para sí mismo—.

—Porque no querías que se repitiese el maldito pasado —contestó una voz tranquila. Eli Rayo se acercó a Kurdran mientras rastrillaba la paja para formar montones ordenados—. Porque el rey Magni, a pesar de ser un Barbabronce, era un enano honorable. Y porque, como bien le dijiste a Falstad, eres el único enano capaz de realizar este trabajo —continuó el cuidador de Sky’ree—.

Las palabras de Eli trajeron recuerdos dolorosos a Kurdran. Al regresar de Terrallende, Kurdran había sido bastante irrespetuoso con su buen amigo Falstad, que había gobernado a los Martillo Salvaje en su ausencia. Sin embargo, preocuparse ahora por Falstad solo añadiría pesar a las preocupaciones de Kurdran, así que se obligó a dejar de lado los pensamientos sobre su amigo.

Sky’ree emitió un leve arrullo y golpeó suavemente con el pico a Kurdran como si quisiera apoyar las palabras de Eli.

—No hablaba contigo. —Kurdran señaló a Eli con desdén y después se dirigió a Sky’ree—. Contigo tampoco.

Sky’ree cambió de postura en lo alto del nido de paja, revelando así durante unos instantes tres huevos de color crema con motas azules que había puesto poco después de llegar a Forjaz. Kurdran había querido que regresase a Pico Nidal con la nidada en vez de que permaneciera en la ciudad, pero ella no quiso abandonarlo. No era una mascota. Era un espíritu libre capaz de elegir su destino igual que Kurdran podía elegir el suyo.

La decisión de Sky’ree de quedarse llenó a Kurdran de una mezcla de felicidad y enojo. Nada más poner los huevos, el grifo se había vuelto tan débil y frágil que no podía volar. Los numerosos sacerdotes, maestros de grifos y alquimistas que la habían examinado llegaron a la misma conclusión. El estado de Sky’ree no se debía a ninguna extraña enfermedad que hubiese contraído en Terrallende o en Forjaz, sino que era una dolencia que no tenía cura: el tiempo.

—Señor feudal Kurdran…

—¡Ya voy! —replicó Kurdran, mirando fijamente al guardia de Forjaz—.

—No podrás ir si te quedas sentado en el suelo, ¿no? —le reprendió Eli mientras continuaba con su trabajo—.

Kurdran gruñó y se levantó. El acorazado guardia Barbabronce se dio la vuelta con brusquedad y se abrió paso con torpeza entre los montones de nidos de grifo que se extendían por la pasarela que envolvía La Gran Fundición. El nidal había duplicado su tamaño desde que los Martillo Salvaje habían llegado a la ciudad con sus propios grifos. De alguna manera, la zona se había convertido en una especie de recuerdo de Pico Nidal; un hogar lejos del hogar.

Con el cetro a un lado, Kurdran siguió al guardia saludando con un movimiento de cabeza a los jinetes de grifos Martillo Salvaje que permanecían sentados entre los montones de paja. Tan tristes como Kurdran, los enanos lo vieron pasar como quien mira al condenado a muerte de camino a su cita con el destino.

De alguna manera, así era.

Kurdran siguió los pasos del guardia por la pasarela hasta alcanzar El Trono. Una bulliciosa multitud de enanos permanecía fuera de la cámara, con sus rostros inundados de una mezcla de sombra y luz procedente de los blandones de hierro que ardían por toda la ciudad. Los miembros de cada clan estaban presentes: los Barbabronce cubiertos de placas de plata pulida; los Martillo Salvaje con sus tatuajes y adornados con plumas de grifo; y los Hierro Negro de piel cenicienta con sus mandiles de trabajo y cubiertos de hollín. La reunión ofrecía una pequeña visión de Forjaz como un todo, con un pequeño número de miembros Martillo Salvaje y Hierro Negro repartidos entre la mayoría de los urbanitas Barbabronce.

Al abrirse paso entre la multitud, Kurdran escuchó algunos comentarios que procedían de las acaloradas conversaciones de los enanos.

—Los Barbabronce conservamos nuestra pieza del martillo de Modimus tal cual, ¡como debe ser!

—Lo teníais almacenado en vuestra biblioteca cogiendo polvo. Los Martillo Salvaje hicimos algo nuevo con nuestra pieza

—Bah, muchacho, es inútil discutir sobre esto con un Barbabronce. Cualquier pieza decente de mercancía que sale de Forjaz es algo que han saqueado de alguna cámara antigua —gritó un jinete de grifos cercano—.

Alguien de entre la muchedumbre empujó al que hablaba contra Kurdran y la multitud se apartó y lo rodeó.

—¡Abrid paso! —voceó Kurdran—.

Unos pocos enanos que se encontraban cerca le abrieron camino. Otros le observaron con sus rostros contraídos por la rabia.

—¡Abrid paso a Kurdran, el representante de las ‘mariposas’! —bramó una voz cargada de sarcasmo, utilizando un término despectivo para el clan de Kurdran—.

—¡Ronda de birra a mi cuenta si Kurdran acepta ceder su pieza del martillo de Modimus!

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