Universo Expandido

Velen:La Lección del Profeta

por Marc Hutcheson

La energía en alza del Trono de los Naaru proporcionaba cierta paz interior al más sanguinario de los peregrinos guerreros e impresionaba al más hastiado de los habitantes de Azeroth. La figura que flotaba frente al Trono hacía tiempo que había encontrado confort en esta columna de Luz. Velen miró hacia el exterior de su cámara de meditación en busca de respuestas… en todas las conexiones, grandes y pequeñas, donde podría percibir las líneas del futuro. Durante los meses pasados, dichas líneas habían ido fragmentándose de manera progresiva.

Mientras el profeta de los draenei meditaba, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo y las manos colocadas sobre sus antiguas rodillas, los cristales que reflejaban sus energías brillaban, latían y giraban en torno a él; y no lo hacían siguiendo un cierto patrón, sino mediante el caos. Y las visiones, las infinitas posibilidades de los mañanas, lo perturbaban.

Una gnoma, cansada y desaliñada, tiraba de un extraño artilugio por la polvorienta Terrallende, dejando tras de sí sendos surcos que serpenteaban sin fin sobre las dunas. Los etéreos, con sus energías envueltas en vendas, se limitaban a observar su lucha, sin ayudar ni impedir el duro avance de la gnoma.

El vindicador Maraad, luchaba contra un enemigo invisible con su inmenso martillo cristalino, y cayó de rodillas mientras una lanza de la más negra oscuridad se clavaba en su pecho y un humo aceitoso y enfermizo recorría el borde del arma.

La acorazada figura de Alamuerte, que invadía el cielo, voló sobre un mundo abrasado y aterrizó sobre los restos carbonizados de un árbol tan imponente que solo podía tratarse de Nordrassil, mientras varios suplicantes ataviados con capas de un oscuro color morado se organizaban en filas y se arrojaban a una grieta volcánica presente en la tierra.

Med'an, guardián de Tirisfal, rompió a llorar; las lágrimas eran un elemento extraño sobre sus rasgos con matices orcos, y sus ojos se mostraban tan vulnerables y doloridos que su simple visión habría destrozado el corazón de cualquiera.

Pero no el de Velen.

Descargar en alta resolución El Profeta había aprendido hace tiempo a desvincularse de sus visiones para evitar que estas lo volvieran loco. El tercer ojo de la profecía había estado tanto tiempo con él que tener premoniciones era algo parecido a respirar. Los fragmentos del cristal de Ata'mal lo habían transformado en un centinela de universos alternativos sin fin alguno, algunas veces hasta sus mismos eclipses compuestos de oscuridad, hielo o fuego. Velen no sentía pena por esos futuros, no lloraba por sus extinciones ni saltaba de júbilo por sus triunfos. Simplemente los leía, observaba sus bordados tapices, en busca de caminos que llevaran a la victoria definitiva, donde la vida y la Luz luchaban contra la oscuridad y eludían la aniquilación de todo lo conocido. ¿Qué importancia tenían esos pequeños sucesos que tanto apreciaban la mayor parte de los mortales, e incluidos sus propios draenei, en comparación con la inmensa responsabilidad de garantizar la supervivencia de la creación?

Velen buscó entre los restos de las imágenes moviéndose con rapidez, intentando asir algo, encontrar una señal en el camino. Pero este le era esquivo.

* * *

Anduin Wrynn se arrodilló sobre la tierra blanda y apoyó las manos sobre un azotador, una de las pocas mutaciones que aún pervivían del choque de El Exodar contra Azeroth. Dos draenei rodeaban a la criatura y la sujetaban para el Príncipe; su fuerza impedía que se moviese con libertad y escapase de la Luz canalizada a través de las manos del joven. En un primer momento los draenei se propusieron como misión enmendar el daño que su destructiva aparición había provocado en el mundo, pero cuando completaron la mayor parte del trabajo se dieron cuenta de que sus poderes eran necesarios en otros lugares: al principio, en la guerra contra la Legión Ardiente, después en el avance hacia los helados dominios del Rey Exánime, y ahora… para paliar las consecuencias del Cataclismo.

Con la confusión algunas de las perversas monstruosidades habían pasado desapercibidas, y ahora vagaban inmersas en la locura y el dolor, desviadas de su propósito original por un terrible accidente. La primera vez que Anduin contempló una, no sintió asco, sino pena. Tengo que ayudar. Tengo que ayudar. Tengo que intentarlo. Durante el primer descanso de sus clases con Velen el Príncipe se había apresurado a las salvajes tierras de la Isla Bruma Azur, mientras sus escoltas se esforzaban por seguir su estela. Ahora le servían de agarre mientras rogaba a la Luz que curase al mutante para calmar su locura. Anduin no comprendía lo que le pasaba a aquella criatura. No necesitaba saberlo.

La Luz lo sabía. Su poder se desplazaba a través del joven Príncipe, y esta lo utilizaba como canal para enderezar a la criatura que se retorcía bajo sus manos. El acto de sanación siempre hacía sentir a Anduin como a una llave en una cerradura, como una herramienta empleada de manera correcta, y ya había probado sus talentos durante su estancia con los draenei. Su confianza había crecido bajo el tutelaje de la antigua raza, especialmente bajo las órdenes del Perpetuo, el Profeta. Lo veas o no, padre, yo tenía razón. Magni tenía razón. Esta es mi vocación.