Universo Expandido

Camino a la Perdición

por Evelyn Fredericksen

Traducción castellana.

—Me estoy cansando de este acoso continuo. Estaba en pleno estudio de delicada magia que requiere semanas de preparación y diversos rituales —Kel’Thuzad se vio obligado a esperar durante horas, exasperado por haber sido insultado, antes de que se le permitiera la mínima cortesía de explicarse ante sus acusadores. Los supuestos portavoces del grupo, Drenden y Modera, habían sido desde hace tiempo sus críticos más fragorosos. No obstante, no habrían pronunciado esta última acusación sin el apoyo de Antonidas, que aparecería tarde o temprano. ¿Qué traería por aquí al anciano?

Drenden resopló. —Es la primera vez que oigo llamar “delicada” a ese tipo de magia.

—Una opinión ignorante de un hombre ignorante —dijo Kel’Thuzad con fría precisión.

Entonces, una voz distante le habló, una voz amiga. Sus comentarios le resultaban ya tan familiares que los consideraba como propios. Te temen y envidian. Al fin y al cabo, gracias a estos nuevos estudios, seguirás adquiriendo nuevos conocimientos y poder.

De repente, hubo un destello, y un archimago de pelo gris con cara de pocos amigos apareció en la entrada. Bajo el brazo llevaba un pequeño cofre de madera. —De no haberlo visto por mí mismo, no lo habría creído. Una vez más, has vuelto a abusar de nuestra paciencia, Kel’Thuzad.

—El venerable Antonidas por fin nos deleita con su presencia. Empezaba a pensar que habrías enfermado.

—Te asusta la vejez, ¿no es cierto? —interrumpió Antonidas—. Un día te darás cuenta de que es inexorable.

Si eso le consuela, deja que opine así…

Como para tranquilizarlo, Antonidas añadió: —En cuanto a mi salud se refiere, no hay de qué preocuparse. Tan solo andaba ocupado en otros asuntos.

—¿Acaso buscando pruebas de magia prohibida entre mis estancias? Deberías encontrar mejores recursos.

—Cierto, pues tus estancias no albergan evidencia alguna. Aunque esos almacenes que posees en las tierras del norte… —Antonidas le miró con repugnancia.

¡Maldito! Menudo fisgón pretencioso. —No tenías ningún derecho a…

Antonidas golpeó su bastón contra el suelo para hacerlo callar, y se volvió hacia los otros magos. —Ha convertido los edificios en laboratorios para realizar una serie de sucios experimentos. Vedlo vosotros mismos, compañeros. Contemplad el fruto de su trabajo —abrió el cofre y lo inclinó para que todos pudieran verlo bien.

Restos de rata en estado de descomposición. Dos seguían escarbando torpemente a los lados del cofre en un vano intento de escapar. Varios magos se apartaron, en una ola de consternación. Incluso el elfo noble de pelo dorado, sentado al final de la sala, parecía sobresaltado, pues la edad del Príncipe Kael’thas descartaba la posibilidad de que fuera capaz de realizar una hazaña como ésa.

Volviendo la mirada hacia las ratas cautivas, Kel’Thuzad apreció que éstas yacían ahora inmóviles. Más fallos, aparentemente. No importaba. Algún día crearía un espécimen estable e inmortal. Tendría una buena razón que justificara tantas horas de trabajo… Tan solo era cuestión de tiempo.

El hechizo que te silencia tiene varios cabos sueltos. ¿Quieres que te muestre cómo terminar de deshacerlos?

El tiempo y su aliado desconocido, cuya enigmática voz oía en ocasiones, le ayudarían a avanzar un paso más hacia su objetivo. ”Muéstrame cómo“, pensó.

De repente, apareció un destello, tras el que se descubrió una mujer joven. Cuando se acercó a Antonidas, los ojos del elfo noble la siguieron con mirada a la vez desazonada y amenazadora. Pero Lady Jaina Valiente no le prestó atención: estaba completamente concentrada en su labor. El apuesto príncipe no tenía ninguna posibilidad.

Sus intensos ojos azules dedicaron una mirada curiosa a Kel’Thuzad. Tomó la caja de las manos de Antonidas, que explicó: —Mi aprendiz podrá apreciar que el cofre y su contenido han sido incinerados.

La mujer inclinó la cabeza y se teletransportó, saliendo de la estancia. Al otro lado, el elfo noble miraba el espacio ahora vacío con el ceño fruncido. Bajo otras circunstancias, a Kel’Thuzad esta escenita de teatro mudo le habría parecido divertida. Sin poder defenderse, Antonidas proseguía con su diatriba. Conteniendo su furia en absoluto silencio, Kel’Thuzad, se esforzó una vez más por liberarse.

—Ya hemos permitido que la situación llegue demasiado lejos. Le hemos reprendido a menudo por sus más que cuestionables propensiones. Intentamos guiarlo, y ahora nos enteramos de que ha estado practicando la magia oscura. Los habitantes del Kirin Tor comienzan a pronunciar su nombre como si de una palabra maldita se tratase.

—¡Mientes! —exclamó Kel’Thuzad con todas sus fuerzas, y captó la atención de algunos de los magos, que esperaban oír una explicación—. Los campesinos recuerdan la Segunda Guerra tan bien como yo. Di lo que te plazca sobre los orcos, pero sus brujos ostentaban gran poder, un poder contra el que poco podíamos defendernos. Tenemos una obligación: debemos aprender a manejar y hacer frente a este tipo de magia solos.

—¿Para formar un ejército de ratas muertas, cuya existencia sobrenatural tenga las horas contadas? —replicó Antonidas con brusquedad—. Sí, hijo, también encontré tus diarios. Has guardado un registro muy detallado sobre esta empresa abominable. No puedes pretender utilizar estas criaturas patéticas contra los orcos. Asumiendo, por supuesto, que los orcos emerjan algún día de su letargo, escapen de los campos de reclusión, y de alguna manera, consigan volver a convertirse en una amenaza.

—Por ser un poco más joven que tú no creo que puedas calificarme de niño —replicó Kel’Thuzad—. En cuanto a las ratas, me sirven para hacerme una idea de mis progresos. Se trata de una técnica experimental básica.

Antonidas suspiró. —Me consta que últimamente pasas la mayor parte del tiempo en el norte. Tus ausencias, cada vez más prolongadas, fueron lo que primero llamó mi atención. Seguro que ha llegado a tus oídos que el nuevo impuesto del rey ha levantado el descontento del pueblo. Tu egoísta búsqueda de poder podría incitar la revuelta de los campesinos. Lordaeron podría verse envuelto en una guerra civil.

No sabía nada de ese impuesto, Antonidas debía de estar exagerando. Además, un verdadero mago se centraría en asuntos de mayor envergadura. —Seré más discreto —ofreció, apretando los dientes.

—Ni toda la discreción del mundo podría esconder un secreto de tal calibre —afirmó Drenden.

Modera añadió: —Sabes que siempre hemos actuado con precaución para proteger a los nuestros sin convertirnos nosotros mismos en un peligro. No osamos sacrificar nuestra humanidad, al menos no nuestra apariencia humana y mucho menos nuestra esencia. Tus métodos podrían, en el mejor de los casos, condenarnos como herejes.

Era el colmo. —Se nos ha tachado de herejes durante siglos. La Iglesia no ha apreciado nunca nuestros métodos. No obstante, esos sentimientos aún perduran.

Ella asintió. —Porque evitamos la práctica de magia oscura, que conduce a la corrupción y a la catástrofe.

—¡Porque somos necesarios!

—Basta. —Antonidas parecía cansado, y dirigiéndose a Modera y a Drenden, añadió: —Si las palabras hubiesen bastado para hacerle entrar en razón, ya lo habría hecho.

—He escuchado lo que teníais que decir —respondió Kel’Thuzad exasperado—. Por todos los dioses, ¡os he escuchado hasta hartarme! Vosotros sois quienes no queréis escucharme a mí, ni olvidaros de vuestras ideas anticua…

—No comprendes cuál es nuestro propósito hoy —interrumpió Antonidas—, esto no es un debate. En este momento, se están investigando tus propiedades con perfecta minuciosidad. Todos los objetos manchados con magia negra serán confiscados y, tras ser identificados, con gran satisfacción por nuestra parte, serán destruidos.

Su aliado anónimo le advirtió que esto podría ocurrir, pero Kel’Thuzad no le creyó. Qué raro. Incluso se sintió aliviado por que la situación llegara hasta este punto. Tanto secretismo había limitado el alcance de su trabajo y entorpecido su progreso.

—En vista de la evidencia —dijo Antonidas pesadamente—, el rey Terenas está de acuerdo con nuestro criterio. Si no abandonas esta locura, se te despojará de tu rango y propiedades, y serás exiliado de Dalaran… y de todo Lordaeron.

Con ese pensamiento rondando en su mente, Kel’Thuzad se inclinó y abandonó la estancia. Sin duda, el Kirin Tor mantendría en secreto su supuesta desvergüenza, temiendo las repercusiones que sus actos tendrían de hacerse pública. Por una vez, esa cobardía actuaría en su favor. Su riqueza nunca llenaría los cofres del rey.

Camino a la Perdición