Una luz en la Oscuridad (Spoiler)

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Varios invocadores y cultistas oscuros emergieron desde las runas. Kormac decapitó a uno sin siquiera darle tiempo a salir de la inscripción. El truhán perforó la garganta de otro al aparecer mientras Alice, al estar tan cerca de los cultistas, desabrochó su chakram y comenzó a repartir tajos con él. Natasha conjuró un arco de relámpagos con su mano libre, con el que electrocutó a varios de los invocadores. Uno de los cultistas quedó quieto en su lugar, con los ojos fijos en la muchacha nueva. Pasados unos momentos, embelesado por la joven, comenzó a atacar a sus compañeros. Los invocadores, antes de morir, alcanzaron a conjurar numerosos erebiones malditos que raudos se dirigieron hacia los aventureros. La arcanista se sonrió y, clavando su bracamante en el suelo, descargó una onda impactante que despejó de arena el suelo que pisaban, dejando a la vista la roca, y lanzó a los demonios hacia atrás, azotándose éstos contra las paredes de roca. Aturdidos, trataron de lanzarse a la carga, pero varias boleadoras se enredaron en sus cuellos. Los explosivos volátiles apenas dejaron a un par de erebiones con vida, que fueron embestidos por Kormac y acabados por los golpes de hacha de éste y las flechas del truhán.

—Nosotros intuíamos el peligro, pero tú parecías estar segura, ¿cómo detectaste la emboscada? —preguntó la cazadora a la joven.
—Porque soy una hermetista; conozco los misterios de la magia y la ilusión. Me llamo Eirena.
—Yo también sé algo de magia y la tuya es muy peculiar —señaló Natasha—. ¿Cuál es la verdadera razón de tu presencia?
—Sospecho que no viniste aquí sólo para salvar viajeros, ¿verdad? —preguntó Alice, con una sonrisa.
—Bueno... también estoy buscando a alguien. Aguarda, déjame abrirte el camino.

La muchacha se acercó a la pared al final del cañón, puso sus manos sobre ella y murmuró algo. De pronto, todo el muro de roca que impedía el paso pareció distorsionarse y rápidamente fue haciéndose transparente hasta desaparecer, dejando tan sólo rastros de brillo mágico.

—Veo que han puesto más energía en sus ilusiones —comentó la arcanista—. Ésta en particular hasta se sentía sólida... Me pregunto cómo hubiese reaccionado ante un orbe arcano o un ciclón energético. (Suspiro) En fin, supongo que tendré que quedarme con la duda.
—Te cuesta enfocarte en la misión, ¿no? —le reprochó Kormac.
—Simplemente puedo pensar en varias cosas a la vez.

La conversación fue interrumpida por varios mercenarios de los Lobos de Hierro que corrían hacia ellos junto a un pequeño grupo de refugiados. Detrás de ellos, y acercándose deprisa venían varias lacunis hembras, acompañadas de un par de machos, mucho más grandes y musculosos.

—¡Capitán! ¡La retaguardia! —gritó uno de los mercenarios.
—¡Salven a la gente! ¡Lobos de Hierro! —vociferó el líder, volteándose para enfrentar a las bestias.

Un torrente de proyectiles arcanos barrió el sendero al paso de los lacunis, deteniéndolos por los numerosos estallidos. Un chakram pasó por el costado, decapitando a una de las hembras, para luego ser impactados por varias boleadoras. Una de los lacuni alcanzó a escapar de las explosiones y saltó hacia los refugiados, pero Eirena la rechazó con un empujón de energía. Durante la caída recibió un par de virotes del truhán y al aterrizar fue embestida por el templario, quien la acabó con un par de hachazos.

—De no ser por ustedes, los lacuni se habrían dado un banquete. Mi nombre es Jarruf —agradeció el mercenario.
—No fue nada para nosotros —respondió Natasha—, pero tengan cuidado al pasar por el cañón. Suelen emboscar desde las alturas.
—¿Necesitaremos matar más lacuni para llegar hasta Alcarnus? —preguntó la cazadora.
—¡Ja! Esas bestias ni se comparan con los cultistas —afirmó Jarruf.
—Cierto —asintió la arcanista—. Los lacuni dan más pelea.
—¿Tú crees? Como sea, los cultistas están conjurando una ilusión desde sus antros desérticos para ocultar el Puente del Cañón Negro.
—Dirijámonos hacia el norte, a la Planicie Doliente —sugirió Eirena—. La magia de los cultistas parece emanar de allí.
—¿Puedes sentir su magia? Bien, entonces, ¡En marcha! —ordenó la cazadora.
—Vamos. Hay que interrumpir los rituales para liberar la ilusión del puente —apuró la hermetista, adelantándose.
—¿Para qué molestarse con eso? —se quejó Natasha—. Si es tan sólo una ilusión, ¿por qué no lo cruzamos sin más?
—¡Piensa en los niños! ¡En los refugiados! Ellos no saben eso.
—Vale, vale.

El cañón iba abriéndose cada vez más; la roca cruda dejando paso a las candentes arenas del desierto. Conforme iban avanzando se encontraban con más muestras de lo que ocurría en los alrededores: Varios carromatos destruidos, semienterrados. Cajas de equipo y suministros desperdigadas por doquier... cadáveres de refugiados que no alcanzaron a llegar a Caldeum. Su sangre teñía de carmesí las doradas arenas; descuartizados unos, semidevorados otros. El templario temblaba de rabia al ver a las víctimas.

—¡Hace buen tiempo aquí! —comentó el truhán.
—No es momento para disfrutar el sol —lo reprendió Alice.
—Esos cultistas impuros pasaron por aquí —mumuró Kormac enfurecido—. Los cuerpos de los inocentes riegan las arenas. ¡Tenemos que hacerlos pagar!
—¿Y tuviste que ver todo esto para darte cuenta? —preguntó Lyndon en tono sarcástico.
—No te preocupes, Kormac —dijo calma Alice—. Pagarán. Te doy mi palabra.
—Así es —afirmó la arcanista—. No sobrevivirá ninguno.

Un ruinoso muro cortaba parcialmente el paso. Quizás era para evitar que el viento del desierto cubriera con arena todo el lugar. La hermetista se adelantó hacia una de las amplias aberturas de la muralla.

—Aquí hay una ilusión más —avisó, sin dejar de observar el suelo bajo sus pies—. Los cultistas intentaron ocultar las huellas, pero su magia es débil y muy fácil de neutralizar.

La muchacha levantó sus brazos, elevándose ella unos centímetros del suelo. Luego, dando una vuelta sobre sí misma rompió la ilusión de las arenas, dejando ver un sendero de huellas.

—Si seguimos los pasos, podemos ir a las guaridas y parar los rituales —continuó la hermetista—. Buscaré cualquier otro vestigio de su magia.—¿Para qué molestarse a crear una ilusión cuando simplemente podían deshacer los rastros? —preguntó Natasha, al tiempo que lanzaba un proyectil mágico hacia las huellas.
—Ciertamente, una seguidilla de cráteres es mucho más fácil de rastrear que un sendero de pisadas —acotó la cazadora.
—Ése era un ejemplo. El tema es que podían cubrir las marcas y...
—No se vería natural. Ya déjalo, Natasha. No eres buena ni para rastrear ni para ocultar tus pasos, así que deja que nosotras nos encarguemos de eso.

Y sin darle tiempo a la arcanista para que continuara la discusión, encabezó la marcha. Pronto fueron atacados por más avispones areneros, pero en este terreno abierto sus ráfa gas de insectos eran muy fáciles de evadir, por lo que fueron eliminados rápidamente por andanadas de saetas y proyectiles mágicos.
Normalmente no había mucha vida en este lugar: Apenas serpientes y escorpiones eran capaces de hacer del desierto su hogar. Los nómadas lacuni eran capaces de sobrevivir aquí, pero vagaban en grupos reducidos. Sin embargo, ahora esta tierra había sido invadida por los demonios: Un gran número de caídos, pequeños diablejos rojos que se movían rápidamente y en masa, salieron al encuentro de los aventureros. La cazadora soltó varias granadas a su paso, cuyas detonaciones mataron a un par de ellos, hiriendo al resto. Kormac se apresuró a cargar contra los demonios en tanto Natasha los electrocutaba con un arco continuo de electricidad. No obstante, más y más caídos iban llegando, flanqueando varios de éstos a los héroes. Eirena conjuró un empujón enérgico sobre el que venía en vanguardia, enviándolo hacia atrás junto a su grupo. La arcanista imbuyó de poder su bracamante y conjuró un orbe arcano que destrozó a varios de los caídos que se aproximaban por el otro lado. Alice levantó la vista al escuchar un graznido, se sonrió y lanzó un silbido. Mientras Eirena y Natasha contenían a los caídos de la retaguardia, un cuervo súbitamente se lanzó en picada contra uno de los demonios. Por reflejo, la arcanista le lanzó un proyectil mágico, pero el ave describió un arco en el aire, esquivando el misil y lanzándose una vez más al ataque.

—No ataques a ese cuervo —avisó la cazadora—. Es mío.
—¿De dónde lo sacaste? —preguntó el truhán, sin dejar de disparar.
—Nos vino siguiendo desde Nueva Tristram, así que lo alimenté —continuó Alice, intercalando granadas con flechas famélicas lanzadas con su arco largo.
—¿Por eso te desaparecías a veces durante las noches?
—Sí, entre otras cosas.
—¿Quién diría que incluso tú tendrías un lado tierno? —se rió la arcanista.
—Todos tienen un lado sentimental —aseguró Eirena.
—Creo que se están yendo por otro lado... —dijo la cazadora, algo avergonzada.
Con un par de detonaciones más los últimos demonios fueron derrotados. El templario se reunió con los demás, con su escudo bañado de sangre oscura.

—Tus granadas facilitaron mucho la labor.
—Sí, las explosiones múltiples suelen desorientar a los enemigos desprevenidos, además de dañarlos. Pero ahora continuemos.

Poco alcanzaron a avanzar hasta que la misma cazadora hizo una señal con la mano indicando se detuvieran. A pesar de la volubilidad del suelo alcanzó a percibir un ligero movimiento subterráneo. Repentinamente parte del lomo de algo se vio sobresalir de la arena.

—¡Ahí está! —gritó la arcanista lanzándole un orbe arcano.

La explosión levantó una inmensa nube de polvo que entorpeció la visión del grupo. Ante la duda de si había acabado o no con el objetivo, lanzó otro orbe. No obstante, al menos una de las bestias consiguió sobrevivir y flanqueó a los aventureros, emergiendo del suelo con la intención de atacar a Lyndon. La hermetista reaccionó rápidamente y conjuró un empujón enérgico que arrojó al monstruo hacia atrás. Mientras la bestia rodaba por el piso, la cazadora la impaló lanzándole dos dagas. El animal se sacudió por el dolor, pero un certero tajo de Kormac en la cabeza lo acabó. De improviso, detrás de él apareció otro, pero un profundo corte que le produjo la cazadora con su chakram lo detuvo. El impacto de un par de proyectiles mágicos lo lanzaron para atrás, donde quedó finalmente inmóvil.

—¿Qué eran estas cosas? —preguntó Lyndon, disparándoles un par de flechas más por las dudas.
—Desgarradores desérticos —respondió Alice, luego de examinarlo de cerca—. Cazadores subterráneos. Acechan sus presas bajo tierra, para luego emboscarlas emergiendo sorpresivamente a la superficie, desgarrándolas antes de que se den cuenta lo que está pasando.
—Pero esta vez se equivocó al escoger sus presas —rió Natasha.
—¿Suelen atacar en parejas? —preguntó Eirena.
—Hmm, me pareció ver a cinco al principio —señaló la arcanista.
—¿De qué hablas? ¿Y dónde están los otros tres? —preguntó Lyndon.
—Quizás fueron destruídos por mis orbes.
—No tenemos tiempo para armar pedacitos —interrumpió Alice, retomando la marcha—, así que cree lo que quieras.

Continuaron avanzando hasta que se terminó el rastro. La hermetista se adelantó un poco más, observando el suelo y poco después encontró otra alucinación.

—¡Mira! Más huellas escondidas... —dijo, al tiempo que deshacía la ilusión que las ocultaba.
—Bien, continúa así, Eirena —dijo la cazadora—. Esos cultistas tienen los minutos contados.

Por un rato avanzaron en silencio. La arena dificultaba un poco la marcha al no ser un terreno firme, pero el grupo se esforzaba por mantener la velocidad. Curiosamente, no era Kormac, con el peso de su armadura, sino Natasha y Eirena quienes tenían más problemas para seguir el ritmo de Alice. Ésta incluso aún podía ejecutar su voltereta cuando los caídos que los atacaban esporádicamente se acercaban mucho.

Eirena: Hmm, ¿Alice? —titubeó la hermetista.
Alice: ¿Qué ocurre?
Eirena: ¿Cómo es que puedes moverte de forma tan ágil usando taco alto?
Natasha: Cierto. Aún sigues usando esas botas.
Alice: ¿Qué, nunca han usado zapatos con taco?
Natasha: De hecho, ahora estoy usando, pero de taco bajo.
Lyndon: No es que sepa mucho de eso, pero, ¿no deberías hundirte más así?
Alice: (Suspiro) Sólo distribuyo mi peso en las puntas. Eso es todo.
Eirena: Eso lo entiendo, ¿pero tu agilidad...?
Alice: Como cazadores de demonios, dependemos de nuestra velocidad. Así que entrenamos para fortalecer los dedos de los pies y de esta forma esprintar por más tiempo. Incluso descalza lo haría igual.
Eirena: ¿Y no te sería más cómodo usar botas sin taco entonces? ¿No serías más rápida?
Alice: Sí, pero en ese caso los dejaría a todos atrás, y esa no es la idea.
Natasha: Esa es una excusa. El verdadero motivo es que le encanta tener ese aire de dominatrix.

La arcanista levantó su amplio bracamante para cubrirse de una flecha que le disparó la cazadora con su lanzadora de cuero.

Natasha: ¿Ves? Le gusta estar al mando.
Lyndon: Ah, un par de veces estuve con mujeres así. Para tratar con ellas tienes que darle en el gusto hasta que se abra lo suficiente.
Natasha: ¿Por esa esperanza aún nos sigues?
Lyndon: También por los tesoros que encuentran para mí.
Eirena: Je je je. Ustedes son divertidos. Ah, ¡Mira! Más huellas escondidas...
La hermetista se adelantó para romper la ilusión que ocultaba el rastro, pero en ese momento un grupo de cuatro enormes lacunis machos aparecieron de detrás de una vivienda abandonada de adobe y se lanzaron contra ella. «¡Eirena!» gritó el templairo, al tiempo que embestía a la bestia más grande con su escudo de hoja. La arcanista dejó salir de sus dedos un arco de electricidad, pero no era suficiente para que los animales dejaran de atacar al templario. Dos de los lacunis siguieron a la hermetista, pero ésta los rechazó con un empujón enérgico, dándole tiempo a Lyndon para cargar su flecha especial y lanzar un tiro incapacitante a uno de los lacunis. El cuervo de Alice se remontaba y dejaba caer sobre los enemigos repetidamente, evadiendo eficazmente las explosiones de las boleadoras que lanzaba su maestra. Kormac en tanto resistía estoicamente los azotes de las espadas de los lacunis machos. Conseguía bloquear la mayoría, pero varias de ellas terminaban impactando en su armadura, principalmente en las hombreras, ya que las bestias intentaban cercenar su cuello. Natasha estaba tentada de usar sus orbes arcanos, pero con el templario cerca no sería buena idea, por lo que corrió donde él, dando un salto poco antes para liberar una onda impactante que arrojó lejos tanto a los lacuni como a Kormac. Una de las bestias se estrelló contra el par que perseguía a Eirena, derribándolos, momento en el cual Alice usó su tiro enredante en ellos para mantenerlos juntos. El otro lacuni, aún aturdido, no pudo reaccionar cuando la arcanista conjuró filos espectrales que lo rebanaron por completo. Antes que volvieran en sí los del otro grupo, les arrojó un orbe arcano. La obliteración los devolvió al suelo nuevamente, para luego ser destruidos por las detonaciones de un par de boleadoras que les lanzó Alice.

—Bien, continuemos —ordenó la cazadora—. Sé donde se esconden.
—¿Cómo puedes saberlo sin seguir las huellas? —preguntó extrañado el truhán.
—¿Ven esa caseta a lo lejos? —respondió la muchacha, señalando un punto en el horizonte—. Es el único lugar que emite más luz que el brillante sol que nos ilumina.
—Pues sí. No se necesita saber de magia para ver eso... —murmuró Lyndon.

El grupo se dirigió rápidamente a la ubicación que señaló la cazadora. Poco antes de llegar se toparon con un gran grupo de demonios caídos. Alice estaba cargando su ballesta con boleadoras cuando la arcanista se le adelantó.

—Estamos apurados. Hagamos esto rápido.

Y dirigiéndose directo hacia los oponentes, esquivó con fugacidad los ataques de un par de ellos mientras que su armadura glacial redujo el daño de otro, congelando al atacante. Esquivó a un caído más antes de conjurar una nova gélida que congeló a todos los oponentes. Siguió corriendo, conjurando en el camino un ciclón energético, que empezó a desgarrar la piel congelada de los demonios. Alice pasó igualmente, dejando caer a los pies de éstos varias granadas que hicieron explosión luego de que Lyndon y Eirena pasaran. Kormac cargó contra los enemigos, destrozando los cuerpos congelados de tres caídos. Apenas un par sobrevivió al paso de los aventureros, pero antes que pudieran hacer algo el cuervo de Alice se lanzó desde lo alto sobre ellos, picoteándolos hasta la muerte.

—Estos fanáticos no son muy listos —comentó el truhán—. Mira que dejar la puerta abierta para indicarnos con la luz del interior su ubicación.
—Tenías razón —asintió Eirena—. Aquí hay una guarida de cultistas. Conjuran parte de la ilusión desde el interior.
—Mientras tú no seas una ilusión.
—¿Qué quieres decir?
—Da lo mismo —interrumpió la arcanista—. Acabemos con esto.

Y sin esperar a los demás, lanzó un orbe arcano hacia dentro, para luego irrumpir en el Cónclave Oculto luego de oir la explosión de su conjuro.
—Con el brillo que se observaba desde fuera, pensé que el interior sería más iluminado —comentó Lyndon al ver lo lúgubre que era el lugar.

Vasijas, velas, cortinas con símbolos demoníacos, altares con sangre... Todo yacía destrozado y esparcido por la detonación del orbe arcano. Desde el fondo se oyó una voz maligna. «¡Carne!» bramó un martirizador que avanzó hacia los aventureros con su enorme maza en alto. Un par más lo seguían de atrás. Eirena detuvo a los enormes demonios con su empujón energico mientras Alice los mantenía juntos con su tiro enredante. Natasha conjuró numerosas descargas pulsátiles explosivas, que dañaron seriamente a los fornidos martirizadores. La feroz embestida de Kormac sacó al líder de balance, derribándolo. Los otros leventaron sus mazas para atacarlo, pero un tiro incapacitante en el codo de uno de ellos hizo que soltara su pesada arma, cayendo ésta sobre su compañero tumbado. Un golpe de hacha en el cuello lo acabó. Los martirizadores restantes dejaron caer sus mazas sobre el guerrero, pero su escudo de hoja absorvió por completo el daño. Una serie de proyectiles mágicos y saetas hicieron retroceder a los demonios, dándole tiempo a Kormac para degollar a uno con su hacha y a Alice a empalar al otro con una daga.
El guerrero no se detuvo y cargó contra cuatro cultistas oscuros que extraían las energías vitales de un aldeano, quien flotaba en el aire por el influjo de las fuerzas demoníacas. Alice pasó serenamente sobre los cadáveres de los martirizadores, disparando saetas a las cabezas de los cultistas. Con el primer muerto, las energías viles se desestabilizaron y el poblador cayó al suelo, inerte.

—¡Perturbaron el ritual! —gritó el que parecía ser el líder, al tiempo que hacía unos gestos con las manos.

En ese momento varias runas aparecieron por toda la habitación y numerosos cultistas desquiciados aparecieron. La arcanista se ubicó cerca de dos de ellos y les lanzó una descarga pulsátil que hizo estallar sus cuerpos. La cazadora ni se movía de su lugar mientras disparaba saetas con sus lanzadoras de cuero a medida que más oponentes iban apareciendo. Kormac no se amilanaba por la cantidad de enemigos y lanzaba tajos por doquier, cuyas heridas no se comparaban a la que apenas le hacían las pequeñas dagas de los cultistas. Eirena por su parte consiguió embelesar a un par de ellos, haciendo que enfrenten a los suyos. Natasha, aún con sus manos cargadas de electricidad, se vio rodeada repentinamente por varios fanáticos desquiciados que emergieron de improviso desde las runas del suelo. Antes que la atacaran, se cubrió con la misma energía eléctrica, descargándose ésta cuando sus atacantes se acercaron. Agitando su bracamante conjuró filos espectrales a su alrededor, acabando con la amenaza. Los últimos dos cultistas fueron eliminados por las dagas de Alice, quién los empaló en la pared opuesta.

—¿De qué rincón asqueroso del infierno surgió esa cosa? —exclamó Lyndon.

Los restos de un gran demonio desollado rodeado de gran cantidad de velas servía como altar. En el centro de la habitación, donde extraían la energía vital del aldeano, había una gran inscripción hecha con sangre. Cuatro altares como pilares cortos y anchos se hallaban a su alrededor, con numerosas velas sobre y cerca de él y una gran fuente con sangre en lo alto. Dos pobladores habían sido prisioneros y estaban encerrados en cárceles de hierro. Kormac rompió el candado de una con un golpe de hacha mientras Lyndon forzó la cerradura de la otra. Los aldeanos, aún traumatizados, agradecieron y salieron corriendo del lugar.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —exclamó la arcanista, al lado del cadáver de un cultista que parecía haber sido sacrificado hace un tiempo.

Los demás se acercaron a la taumaturga, quien sostenía una misiva que halló en el cadáver del fanático.

«Maghda, estos «héroes» planean atacarte en Alcarnus. En tu lugar, le tendería una trampa en el Destacamento de Khasim. Pero es tu decisión. Según creo yo, procuras fracasar para así obligarme a matarte. Eso me apenaría, aunque... creo poder soportarlo de algún modo. Belial».

Lyndon: Pues qué amable de su parte el dejarnos sus planes para que nos preparemos.
Natasha: Empiezo a pensar que Belial está haciendo esto a propósito. ¿En serio fue tan descuidado?
Alice: Una de dos: Maghda fue la descuidada o Belial la quiere muerta.
Kormac: El Señor de las Mentiras es astuto y vil. Necesitaremos ser ingeniosos para derrotarlo.
Lyndon: Pues con esto a mí no me lo parece tanto.
Natasha: Ingenio es algo de lo que no estamos escasos, amigo mío.
Kormac: En efecto. Belial lamentará el momento en que nos subestimó.
Lyndon: Bien, yuju y todo eso. ¿Podemos irnos ahora? Este lugar no es muy agradable.
Eirena: Tiene que haber otro ritual en el sótano, por el lado este.
Alice: Entonces en marcha. Tenemos otro sitio que limpiar.
Salieron del lugar y la hermetista se adelantó un poco antes de exclamar que había encontrado más huellas.

Natasha: Esto es demasiado sencillo.
Alice: Gracias a la ayuda de Eirena. Yo podría haber rastreado sus pasos, pero me hubiese tomado más tiempo.
Eirena: Me alegra estar siendo de ayuda ♥.
Kormac: Debemos apurar el paso.

Avanzaron un buen trecho antes de encontrar resistencia, en este caso de un par de desgarradores desérticos. Como suponía la cazadora, a pesar de haber divisado a distancia su movimiento bajo tierra, las flechas que disparaba no alcanzaban a tocarlos. Estaba esperando a que salieran para atacarlos con su chakram cuando de improviso se escuchó una explosión, levantándose una enorme nube de arena.

—¡Deja de entorpecer la visión, Natasha! —la reprendió la cazadora.
—Pensé que con tu entrenamiento podías atacar sin necesidad de ver —contestó riendo ésta.
—Tsk.

Apenas sintió un aumento en el ruido que hacía la bestia al moverse Alice efectuó un corte con su chakram, hiriendo al animal, aunque no de gravedad como ella quería. El ataque de su cuervo le dio la ubicación del segundo enemigo, lanzándole la estrella de metal. Kormac en tanto cargó, pero no pudo acertar a ninguno de los dos entre la polvareda. La arcanista se evitó problemas y comenzó a conjurar gran cantidad de descargas pulsátiles. En cuanto sintió la explosión de una, conjuró un orbe arcano que lanzó a esa posición, para luego seguir con un par de proyectiles mágicos, al tiempo que Eirena lanzaba los suyos y el truhán sus saetas.
Una vez disipada la polvareda se pudo ver que uno de los desgarradores había estallado en pedazos mientras el otro tenía varias heridas graves y le faltaban los ojos, que posiblemente el cuervo se los había arrancado.
Continuaron avanzando. Eirena cada tanto desvelaba más huellas escondidas, permitiéndoles ahorrar bastante tiempo. Sólo los ataques esporádicos de los avispones areneros los retrasaban ligeramente. Aunque no tan fuertes, estos insectos podían esquivar bien los ataques.
Otro par de carromatos con los cadáveres de sus dueños descoloridos por el sol hicieron meditar al templario por la situación.

—¿Qué clase de Emperador permite que su pueblo sufra de esa manera? —se preguntó, recordando toda la gente que no podía cruzar las puertas de la gran ciudad.
— Presiento que no todo es lo que aparenta en Caldeum —comentó la arcanista, haciendo explotar con un proyectil mágico potenciado la cabeza de un caído que se escondía entre los restos.
—En efecto, enfrentamos al Señor de las Mentiras —asintió Kormac, dando un suspiro.

Con la muerte del caído, un gran grupo de éstos se abalanzó sobre los aventureros. Natasha se sonrió mientras conjuraba tres ciclones energéticos que formaron una muralla de vientos arremolinados frente a ella. Para evitar éstos desviaran sus saetas, la cazadora prefirió usar granadas, las cuales lanzaba por sobre los ciclones. Un par de demonios consiguieron pasar a través de éstos, pero fueron recibidos por un potente golpe de hombro de Kormac. Usando su magia, la hermetista consiguió embelecer a un caudillo caído. El enorme demonio se cebó por unos momentos con sus camaradas hasta que un par de dagas de Alice acabaron con su vida. Los enemigos restantes cayeron rápidamente al ser reducido su número, dejando al final de la batalla el lugar lleno de cadáveres destrozados, con su oscura sangre bañando las arenas.
Pronto se vio claro el escondite al cual se dirigían las huellas. El grupo pasó rápidamente entre un enjambre de avispones, disparando saetas y proyectiles mágicos a los insectos y dejando unas granadas en el camino para el par que sobrevivió y cometió el error de seguirlos.

—¡Bien, otra guarida! —exclamó Natasha de felicidad, dando un salto y lanzando un orbe arcano hacia el interior.
Un quejido de dolor y el sonido de varios jarrones rompiéndose junto al estallido le dieron la señal de entrada. Un par de martirizadores se encontraba cerca del acceso. Kormac cargó contra ellos sin darles tiempo a reaccionar, dejándolos aturdidos. Usando su arco, Alice disparó varias flechas famélicas que perforaron repetidamente los cuerpos de los enormes demonios. Lyndon desde la retaguardia disparó un par de saetas envenenadas, pero éstas no alcanzaron a hacer todo su efecto pues el ataque de los aventureros fue tan contundente que los martirizadores cayeron sin ser capaces de ejecutar un solo ataque.
Adentrándose más en el Altar Secreto se encontraron con seis cultistas desquiciados robándole la energía vital a otro aldeano. Kormac embistió al más cercano, derribándolo por la potencia del golpe. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo más, la arcanista avanzó hasta ponerse en medio de los fanáticos. Dando un salto y hundiendo su bracamante en el suelo liberó una onda impactante que arrojó a los cultistas contra las prisiones de hierro y las paredes. Sólo un par sobrevivió, pero fueron clavados en la pared por multitud de saetas.
No obstante, la perturbación del ritual produjo la liberación de las energías demoníacas, produciendo la invocación espontánea de varios erebiones oscuros. Los ágiles demonios consiguieron evitar al templario y se lanzaron contra la retaguadia, pero fueron repelidos por un empujón enérgico de la hermetista y empalados por Alice. El que rodó más lejos fue impactado por un tiro incapacitante del truhán y luego cercenado por los filos espectrales de Natasha, acabando así con la amenaza.

—Listo, eso debió desvanecer la magia del Aquelarre —informó Eirena—. Crucemos el puente.
—Primero hay que liberar a los cautivos —señaló el templario.

Rompieron los candados de las jaulas y sacaron a los prisioneros. En sus caras se veía el sufrimiento por el cual habían pasado. Un par de ellos agradeció la liberación mientras los otros habían quedado con un trauma tal que no veían salvación. De todos modos abandonaron el lugar, que lucía muy similar al anterior escondite, excepto que sólo tenía dos de esos altares como pilares de piedra y estaban éstos a los costados del gran demonio desollado. Sin nada más que hacer ahí, los aventureros también salieron de ahí.

—Dime, ¿Qué harán cuando Maghda esté muerta? —preguntó la hermetista.
—Mataremos a su amo, Belial, y también a su hermano Azmodán —contestó Alice, más sombría que de costumbre—. Libraremos a este mundo del yugo sombrío de los Señores del Infierno.
—Así es —añadió Natasha, con una sonrisa—. Les causaremos un sufrimiento indescriptible.
—Qué curioso —murmuró Eirena—. Tú debes ser la elegida que el destino me señaló...
—¿A qué te refieres?
—Nada, es sólo que... ¿Por casualidad ustedes son hermanas?

Las otras dos muchachas se quedaron mirando un momento antes de contestar.

—¿En serio encuentras algún parecido entre nosotras? —le preguntó la arcanista.
—Quizás un poco en el pelo... pero como se pelean tanto...
—¿Y a qué te referías con lo del destino? —inquirió la cazadora.
—Ah, es que tenía que encontrarme con alguien... pero no pensé serían tantos.
—Si es por elegida, esa debo ser yo —dijo orgullosa Natasha—. Las profecías hablan de mí como la que acabará con los últimos Señores del Infierno.
—¿Te refieres a esa profecía que inventaste tú misma? —ironizó Alice.
—No la inventé. La encontré en las bilbiotecas ocultas del Cenobio de Yshari.
—No las habré visto, pero dudo te mencionaran en ella.
—Obviamente no me mencionan directamente, pero es claro que yo soy la elegida.
—Si es por tomarse atribuciones, bien podría ser yo.
—Ja ja ja. Nadie se molestaría a hacer una profecía para alguien tan insignificante como tú.
—¡¿Qué dijiste?!

Los demás se fueron quedando ligeramente más atrás mientras las muchachas discutían.

—¿Se suelen pelear muy seguido por pequeñeces así? —preguntó la hermetista, preocupada.
—Por cosas menores incluso —contestó el templario—. Y aún no las has visto enojadas.
—Me pregunto si realmente serán ellas las elegidas...
—A todo esto, ¿tienes algo que hacer después de esto? —preguntó el truhán, acercándose ligeramente a Eirena.
—He prometido que cumpliría los deseos del Profeta incluso si me costaba la vida —respondió ésta.
—Ah... mmm... ya veo.
—No lo intentes más, truhán —recomendó Kormac—. Ella no saldrá contigo.
—Si me rechaza a mí, tú tienes aún menos posibilidades, viejo amigo.
—¡¿Qué?! ¿Qué quieres decir?
—Vamos, se nota a leguas lo que quieres. Sólo un ciego o un idiota no lo vería.
—¡Yo no soy como tú! Yo sólo...
—La quieres para tí solo. No es nada de qué avergonzarse. Ella es muy bonita, ¿no lo crees?
—Sí, pero...
—Ja ja, lo reconociste.
—Tú...
—¿Por qué todos se pelean? —se lamentaba Eirena—. Profeta, por favor, dame sabiduría para continuar.

Un grupo de caídos salió al paso de los aventureros mientras se dirigían al puente del Cañón Negro. Antes que pudieran siquiera acercarse recibieron el impacto de los poderes de la hermetista y la arcanista sumado a las explosiones de las granadas de Alice. La mitad de los demonios había muerto con el primer ataque quedando seriamente heridos los demás. Kormac cargó con tanta fuerza que atropelló a tres enemigos, cercenando sus cabezas con un golpe de hacha. Unas cuantas saetas y proyectiles mágicos acabaron con los demás.

Kormac: Caldeum es una ciudad traicionera. ¿Será a causa de los demonios que perseguimos?
Natasha: Caldeum tiene una historia perversa muy anterior a la influencia de Belial.
Alice: Además, los demonios sólo hacen salir la oscuridad dentro de uno, pero no la crean.
Kormac: Cierto, aunque algunas voluntades son más fuertes.
Lyndon: ¿Y qué tal es en tu caso, Alice?
Alice: ¿A qué te refieres?
Lyndon: Pareciera que has acosado demonios desde hace tiempo. ¿Qué tanto te ha afectado eso?

La cazadora se mantuvo en silencio unos momentos, con su severa mirada fija en el horizonte. Pareció tranquilizarse luego de matar a un par de caídos rezagados.

Alice: Mi familia fue masacrada por demonios años atrás. No pude hacer nada en ese entonces para evitarlo. Ahora cobraré venganza eliminando a cada uno que encuentre.
Lyndon: A eso me refiero. A veces... das más miedo que los mismos demonios.
Kormac: El truhán tiene razón. No debes dejar que el odio te domine.
Natasha: Es raro que estés de acuerdo con Lyndon. ¿Estás enfermo, Kormac?
Alice: Años de entrenamiento me han permitido desarrollar la disciplina necesaria para poder dominar mi odio... y encausarlo contra mis enemigos.

Un trío de enormes guerreros lacuni que patrullaban su territorio se dirigieron hacia los héroes, empuñando sus largas espadas. La cazadora se adelantó, dejando el suelo cubierto de abrojos antes de volver a retroceder mientras soltaba unas cuantas granadas. Estas bestias se veían más duras que lo normal, por lo que Natasha prefirió no complicarse y, poniendo sus manos al frente, conjuró un torrente arcano que descargó contra ellos. Al aluvión de proyectiles se sumó un torrente de saetas en llamas proveniente del disparo rápido de Alice. Kormac embistió a los lacuni por el costado, ignorando las numerosas explosiones. Aunque ralentizados y heridos las bestias igualmente avanzaban hacia el grupo, por lo que Eirena los alejó con un empujón enérgico. Impaciente por el tiempo que estaba tomando, la arcanista interrumpió el torrente y corrió hacia los lacuni. Estando cerca de ellos desató una nove gélida, aprisionándolos en hielo. Sólo el escudo de hoja salvó al templario del ataque de la imprudente muchacha.
Aprovechando la corta distancia y la vulnerabilidad de sus oponentes, Natasha conjuró varios filos espectrales usando su bracamante, pero tuvo que cesar pronto su ataque al ver que varias boleadoras se enredaron en los cuellos de los enemigos. Tres explosiones sucesivas dieron por terminado el combate, aunque la arcanista lanzó un orbe arcano mientras corría, por las dudas.
Al poco de andar hallaron el sendero que cruzaba la Planicie Doliente en dirección al puente. Mientras avanzaban por él pasaron cerca de un poblado en ruinas. Entre las viviendas derrumbadas alcanzaron a divisar a una pequeña niña, llorando entre varios cadáveres descuartizados.

—Hmmm, ¿en serio esa chiquilla fue la única sobreviviente? —se preguntó la arcanista, acercándose lentamente hacia ella.
El pequeño poblado parecía haber sido atacado hace poco. La sangre aún cubría las arenas de un rojo carmesí y los cadáveres todavía no habían perdido el color debido a los rayos del sol. Las viviendas formaban una especie de círculo, dejando en medio una plaza que ahora estaba cubierta de sangre y con gran cantidad de cadáveres y extremidades amputadas en medio.

—Todos murieron... No me abandones aquí... —gemía la muchacha asustada, cubriendo su rostro con las manos.

Natasha se acercó a ella, pero la cazadora quedó en el borde del poblado, haciendo una seña con el brazo para que los demás hicieran lo mismo.

Kormac: ¿Por qué nos detienes?
Eirena: ¿Ocurre algo?
Alice: Esto se ve sospechoso.
Eirena: ¿A qué te refieres?
Alice: Luego de presenciar una masacre así, una niña no tendría fuerzas ni para tenerse en pie, menos aún en medio de todos los cadáveres.
Lyndon: Ya veo. Por eso todo esto me daba mala espina.
Kormac: ¿Entonces por qué no dijiste nada?
Lyndon: ¿Acaso confiarías en mi palabra?
Eirena: Entonces tenemos que advertirle a tu amiga.
Alice: Mejor no. Esto servirá para que se le bajen los humos de la cabeza.

La arcanista se agachó un poco para verle el rostro a la muchacha. Una leve sonrisa se alcanzaba a divisar bajo sus manos.

—Mmmm, una ilusión — suspiró.

En ese instante, numerosas runas se aparecieron por todo el lugar, surgiendo de ellas gran cantidad de cultistas y erebiones malditos, además de tres martirizadores.

—¡Las ilusiones del Aquelarre la rodean! —exclamó Eirena, adelantándose.

Kormac también avanzó, pero Alice esperó fuera, de brazos cruzados, observando la escena. Lyndon se quedó con ella igualmente, aunque con la ballesta lista para disparar.
Natasha, al verse rodeada, esperó a que los cultistas se le acercaran lo suficiente para liberar una nova gélida. El conjuro alcanzó prácticamente a todos los enemigos, exceptuando a un par de martirizadores, quienes comenzaron a abrise paso a martillazos entre las figuras congeladas de sus compañeros. La arcanista entonces se cubrió de electricidad, emergiendo de su armadura tormentosa numerosos rayos en todas direcciones. Ella misma usaba esta energía para lanzar descargas pulsátiles en derredor, haciendo estallar los cuerpos congelados. Antes que los martirizadores la alcancen, Kormac cargó contra ellos, haciéndoles perder el equilibrio para luego darles numerosos tajos con su hacha de batalla. Eirena derribó a un grupo compacto con su empujón para luego comenzar a lanzar proyectiles mágicos. La taumaturga, sabiendo el tiempo que tomaba el descongerlarse de la nova, dio un salto y clavó su bracamante en el suelo antes de que lo hicieran, liberando una onda impactante que arrojó a los cultistas contra las paredes derruídas de las casas alrededor. Varios erebiones fueron destrozados instantáneamente mientras Kormac fue arrojado hacia atrás junto con los martirizadores. Entonces Natasha comenzó a electrocutar a los supervivientes lanando rayos desde sus dedos. Con un rápido barrido, ya sólo quedaban los martirizadores, a los cuales comenzó a lanzar proyectiles mágicos potenciados, lo que sumado al ataque de Eirena y Kormac consiguieron acabar con ellos antes que pudieran contraatacar.
Alice: Pues sí, se desempeñó bien para estar sola.
Lyndon: Eso pudo haber salido bastante mal, ¿no te preocupa tu amiga?
Alice: Sí, pero a veces puede ser irritante cuando se pone arrogante.
Lyndon: Y me temo que esto lo hará ponerse peor.
Natasha: ¿Y bien, chica-flecha? ¿Disfrutaste del espectáculo?
Alice: La verdad me extrañó que esta vez no destrozaras nada, pero supongo que eso es una mejora.
Natasha: ¡Ja! ¿Esperabas que estuviera asustada o algo?
Kormac: Un momento, ¿caíste en la trampa sólo para darle la contraria a tu compañera?
Natasha: Mas bien para demostrarle que yo soy la elegida de la que hablan las antiguas profecías.
Alice: Y aquí vamos de nuevo...
Lyndon: Me cuesta entender tus razones. ¿Alguna vez dudas de tus decisiones?
Natasha: A menudo, pero debo tomarlas.
Lyndon: ¿Debes?
Kormac: ¡Nunca! Un verdadero templario...
Lyndon: ¡Cállate! No te estaba preguntando a tí...
Kormac: Pero es así. Nunca dejo que la sombra de la duda me...
Lyndon: Pues en mi caso, las cosas nunca resultan como lo espero.
Natasha: Debes ser audaz y seguir adelante.
Eirena: Pero lo tuyo ya es... irresponsable.
Lyndon: Por cierto, ¿cómo lograste tante destreza de combate?
Natasha: Digamos que es un talento natural.
Lyndon: Ah. Esperaba como respuesta algo más... interesante.
Natasha: Lo interesante es lo que puedo hacer con mi talento. Si quieres oir una historia sobre la superación, llena de sacrificio, dolor, sangre, espíritu, evolución, triunfar sobre las adversidades y quizás cuanta cosa más, habla con mi amiga aquí al lado.
Lyndon: Vale. Este... ¿Alice?
Alice: Determinación.
Lyndon: Ciertamente eso fue mucho más impresionante.

Salieron de ahí y volvieron al sendero. Grupos esporádicos de avispones y caídos les salieron al paso, pero dado su bajo número fueron rápidamente eliminados. Ya se podía ver el puente del cañón negro, o lo que quedaba de él. Desde lejos parecía haber sido cortado, pero al acercarse más se podía percibir la silueta borrosa de lo que se suponía era la parte destruiída.

—Ya es hora de que conozcas mi origen real —dijo la hermetista al llegar al puente.
—¿También eres una ilusión? —preguntó Lyndon, algo inquieto.
—Pues lucha bastante bien para ser una —rió Natasha.
—No provengo de Caldeum —continuó Eirena—. Aprendí estos hechizos hace mil quinientos años. Mis hermanas y yo juramos servir a un hombre de gran poder; lo llamábamos el Profeta. Nos entrenó y nos indujo a un sueño mágico para despertar en esta era. Debo evitar que los Señores del Infierno nos invadan.

Los demás la quedaron mirando en silencio unos momentos. Su historia era muy distinta a lo que esperaban.

Natasha: Hablas en serio, ¿verdad? Alguna vez leí sobre un hechizo de letargo como ese, mas nunca lo intenté.
Alice: No lo creería si no hubiese visto tus hechizos con mis propios ojos. Serías un buen agregado para el grupo.
Natasha: Acompáñanos, me agradará tener una maga a mi lado.
Lyndon: A mí también me gustaría tenerte a mi lado...
Eirena: Muchas gracias a todos ♥. Seguiré el destino que me ha señalado el Profeta. Y veo que ese destino lo alcanzaré junto a ustedes... aunque sean un poco raras.
Alice: ¿Hm? Para nosotros, tú eres la rara.
Eirena: ¿En serio? ¿Por qué?
Natasha: Digamos que somos todos diferentes. Porque siendo sincera, creo que cada uno tiene sus manías.
Kormac: Es raro que seas tú quien apacigue una discusión emergente.
Natasha: ¿De qué hablas? ¿No soy yo la que te suele separar a tí de Lyndon cuando comienzan a discutir?
Alice: Creo que se refería a la forma pacífica en que lo hiciste esta vez.
Eirena: Está bien, ahora busquemos el Destacamento de Khasim, ¿sí? ♥. No debería estar lejos.

Y adelantándose, la hermetista cruzó el puente. Los demás la siguieron poco después.

—Me parece estupendo que al fin estemos todos de acuerdo en algo —exclamó el truhán, con una sonrisa.
—¿De que todos somos raros? —le preguntó el templario.
—Bueno... también, pero me refería a traer a Eirena con nosotros, ¿no te parece, Kormac?
—Sí. Ella nos será muy útil en nuestra cruzada contra Maghda y su culto demoníaco.
—Sabes tan bien como yo que ese no es el único motivo...
—¡Ya, cállate!
Kormac: ¿Entonces iremos al Destacamento de Khasim?
Eirena; Según lo que dijo ese mercenario que encontramos fuera de Caldeum, Maghda había bloqueado el paso.
Ilusión: O bien es otra ilusión. Será mejor comprobarlo primero.
Kormac: Bien. Entonces seguiremos el camino a Alcarnus y si no queda otra opción, nos dirigiremos al Destacamento.
Lyndon: Si la suerte ayuda nos estarán esperando algunas mujeres ligeras de ropa.
Alice: Tú sí que eres optimista...

Al poco de cruzar el puente los aventureros se vieron atacados por un enorme grupo de Caídos.

—Ja ja. Tendrás que conformarte con esto, Lyndon —rió Natasha—. Al menos tienen poca ropa, como pediste.
—No me hace gracia.

Dos mayorales caídos estaban al mando de los pequeños demonios. Eran notablemente más grandes y fuertes y con sus rugidos parecían envalentonar a sus subalternos, que se lanzaban al ataque extasiados. No obstante, la detonación de varias granadas desordenó la carga demoníaca y los pequeños caídos se dispersaron. Ante esto la cazadora cambió de arma a su arco largo, prendió en llamas varias saetas de su aljaba y comenzó a disparar flechas famélicas candentes a los oponentes que buscaban flanquearlos. Kormac se lanzó directamente contra los mayorales, quienes agitaron sus pesadas mazas por sobre sus cabezas, en señal de amenaza. Natasha se sentía más cómoda contra grupos compactos, pero dado el caso comenzó a lanzar múltiples descargas pulsátiles en derredor. Aunque varias se perdían, hacían una muy buena labor para mantener a raya a los demonios. Alguno conseguía pasar entre las masas de electricidad, pero al acercarse a la arcanista eran cercenados en pedazos por los filos espectrales de ésta. Lyndon y Eirena lanzaban sus proyectiles desde la retaguardia. Usando su magia, ésta última consiguió embelesar a uno de los mayorales, quien comenzó a atacar a su compañero, que ya tenía suficientes problemas para defenderse de la acometida del templario. El demonio lanzó un feroz rugido, abriendo los brazos, pero en ese momento una daga se clavó en su frente. El mayoral cayó con los brazos abiertos, como si fuera a descansar. Sólo la sangre manando de su cabeza hacía notar la verdad de sus situación. Kormac no esperó a que el otro despertara del hechizo de la Eirena y le asestó varios hachazos en el cuello antes que el demonio reaccionara con un feroz golpe de su arma, que hizo retroceder al guerrero. Éste se las arregló para mantenerse en pie y, ante la carga de su oponente, lanzó un tajo horizontal que le produjo un serio corte en el costado a su oponente. Éste aulló de dolor, momento en que el templario dio un salto y lo decapitó con un golpe de hacha.
Sin sus líderes, los pequeños caídos se desorganizaron más. Natasha comenzó a hacer puntería lanzando proyectiles mágicos potentes ante la baja en el número de enemigos. Pronto el suelo quedó cubierto de los rojos cadáveres de los demonios, mientras su sangre oscura era absorvida por las arenas del desierto. La suave brisa que había normalmente comenzó a aumentar hasta que de improviso se formó un pequeño tornado que arrastró varios cadáveres, como si estuviera limpiando el lugar.

—¡Matas a todos con tanta destreza!
—Gracias Eirena. Es un talento natural —respondió Natasha, presuntuosa.
—Ehh, me refería a tu amiga.
—Ja ja ja. Parece que la elegida está decayendo.
—Cállate. Estos demonios eran demasiado débiles para desatar todo mi poder.
—Lo que digas.
—Lo siento, sólo quería ser amable —se disculpó Eirena.
—No te preocupes. Es sólo que a ella le gusta ser el centro de atención, y le molesta que alguien más lo sea.
—¡Ja! Como si tú lo fueras, chica-flecha.
—Pero tú tampoco. De lo contrario, no te habrías irritado. Ya, prosigamos la marcha.
Aunque caminando, la cazadora se dio cuenta que el truhán la miraba con extraño interés.

—¿Qué ocurre, Lyndon?
—Ah, nada. Es sólo que... que recuerde nunca te había visto reir.
—Bueno, aún soy humana, por si te preocupaba eso.
—Me alegra saberlo... Y ya que estamos, ¿por qué no vamos tras la sombra de esos arbustos y...?
—No empieces de nuevo, Lyndon.
—No, no. Es sólo que... me preguntaba si con este sol no tienes calor. Quizás podría sacarte algunas prendas...

La lanzadora de cuero en la garganta del truhán lo hizo callarse. «Ni te molestes en soñarlo siquiera» le murmuró la cazadora antes de enfundar su arma. Natasha se reía en silencio ante la escena mientras Eirena trataba de comprender el actuar de sus compañeros. De todos modos no tuvo mucho tiempo, ya que el ataque de varios avispones los hizo concentrarse una vez más en la misión. Los insectos no eran un objetivo difícil para las flechas famélicas de Alice, pero los demás tenían que calcular bien la trayectoria para acertar con sus proyectiles. En medio del combate Lyndon y la arcanista avistaron un enorme cofre resplandesciente en un pequeño paso que cruzaba una quebrada. «¡Tesoro!» exclamaron al unísono antes de correr hacia él. La cazadora los dejó hacer ya que la amenaza de los avispones estaba controlada. El truhán llegó primero, pero antes que pudiera descerrajar el candado que protegía su contenido multitud de lacunis surgieron de la quebrada, saltando al ataque. La arcanista detuvo en el aire a la primera con un proyectil mágico, pero al aumentar la canitdad de oponentes lanzó un orbe arcano. La explosión de éste le dio tiempo a conjurar un par de ciclones energéticos que, dado el escaso ancho del paso, servían bien para dificultar el movimiento de los lacunis. No obstante, del otro lado sólo se encontraba Lyndon, que aún usando sus tiros incapacitantes no pudo evitar que un par de lacunis le saltaran encima. Trató de evadir los ataques, pero las bestias eran más rápidas, por lo que se agachó, recogió un puñado de arena y la arrojó a los ojos, cegándolos. El truhán se alejó un poco mientras Natasha cercenaba los miembros de las bestias usando sus filos espectrales. Aunque había limpiado ese lado, del otro emergieron un par de lacunis machos que consiguieron soportar los desgarrantes vientos energéticos de sus ciclones. Antes que se acercaran más la arcanista conjuró un rayo gélido, que fue intercalando entre ambos oponentes. El pasmo que les causaba los ralentizó considerablemente, pero su resistencia era bastante alta y no recibían daño suficiente. Para colmo, de las quebradas surgieron más lacunis que saltaron sobre los aventureros.

—¡Al suelo, Lyndon! —gritó la taumaturga, desenfundado su bracamante.

El truhán, sin saber exatamente el motivo, obedeció de inmediato, mientras Natasha detenía su conjuro de hielo y, lanzando un grito, clavó su arma en la arena, liberando una onda impactante que arrojó a los lacunis de vuelta al barranco. Lyndon pudó aguantar el impacto, aunque retrocedió casi medio metro a pesar de aferrarse con fuerza al suelo. Los lacuni guerreros, pese a su tamaño, o quizás precisamente por ello, también consiguieron evitar caer al vacío y, viéndose libres del frío, cargaron contra los aventureros. Un empujón repentino en las espaldas de las bestias los hizo mirar hacia atrás, momento en el que un disco giratorio cercenó sus cabezas.

—¡Es peligroso separarse en este lugar! —dijo preocupada la hermetista, desde el otro lado del paso.
—Los salvamos de uno bueno, ¿no? —se sonrió Alice mientras cogía al vuelo su chakram, que había regresado.
—¿De qué hablas? —se quejó Natasha—. ¡Ya estaba a punto de acabar con ellos! Sólo llegaste a dar el golpe de gracia.
—Sí, como digas.
—Por supuesto, esos gatos no iban a aguantar más de uno o dos orbes arcanos.
—No son gatos, son lacunis ♥ —aclaró sonriente Eirena.
—No, ahora son simples cadáveres.
—Sigues siendo irresponsable, Natasha —la reprochó el templario—. ¿Por qué te separaste del grupo?
—Ah, sólo... por un cofre que vimos con Lyndon.
—¿El mismo que ese truhán está saqueando?
—¿Qué? ¡Oye, tú! ¡Déjame algo!

El truhán se apresuró a correr con el botín, mientras la arcanista lo perseguía lanzándole proyectiles mágicos.

—Pues sí, este par no cambia nada —sonrió la cazadora, ajustando su chakram a la espalda.
El pequeño poblado que se hallaba de camino había sido arrasado. De entre las casas de adobe emergieron varios demonios, pero fueron despachados rápidamente al no atacar como grupo. La cazadora observó en silencio el lugar devastado, con los cadáveres de sus habitantes repartidos por doquier, apresurándose Lyndon para saquearlos. Tuvo la intención de reprocharle su actuar, pero simplemente exhaló un suspiro y continuó caminando. Él no cambiaría, por mucho le dijeran.

—No comprendo como el mal obra durante el día —comentó el templario—. ¿No debería temer a la Luz?
—Puede que el sol sea neutral —le respondió la arcanista, riendo.
—¡Pero la Luz es enemiga literal y alegórica del mal!

Alice prefirió apartarse de esa discusión sin sentido. De entre las viviendas le llamó la atención una con un sótano abierto. Tuvo una corazonada, así que entró con sus ballestas listas en caso de emboscada. El lugar era bastante amplio, con una gran cantidad de jarrones y sacos afirmados en sus paredes. Sintió un leve movimiento debajo de un montón de tablas, telas y basura, por lo que se acercó cautelosamente.

—¿Quién está ahí? No me comas, no... —se escuchó como murmullo desde ahí.
—¿Una niña, escondida en un lugar así? —dijo para sí la cazadora—. Ven, no te lastimaré.

La pequeña criatura comenzó a apartar las tablas podridas y salió de su escondite.

—Vamos, chica-flecha, ¿qué es lo que te toma tanto tiempo?

La arcanista dejó de hablar al ver a la pequeña niña, con sus ropas rasgadas y manchadas de suciedad. «Bueno, esto no parece una ilusión» se dijo mientras bajaba las escaleras, conjurando sobre sí una armadura tormentosa, por las dudas.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Alice, poniéndose en cuclillas.

La chiquilla miraba a su alrededor, visiblemente asustada. Apenas pudo gesticular una frase; «Los monstruos... mataron a mis padres».

—No te preocupes. Esos demonios ahora están muertos, como merecen.

La niña dejó entrever el intento de una sonrisa triste. Se secó las lágrimas y a partir de ahí pudo hablar un poco más.

—Me llamo Larra.
—¿Cómo fue que los demonios no te devoraron? —preguntó la arcanista desde atrás.

La criatura retrocedió, pegando la espalda a la pared al ver a la taumaturga cubierta por electricidad. Alice miró hacia atrás y se sonrió al ver el porqué la muchacha se había asustado.

—No te preocupes. Ella puede parecer un monstruo, pero es buena persona.
—¡¿Cómo que un monstruo?!
—¿Ves? Ruge y todo, pero no te hará nada.
—A ella no, pero a tí...
—No te preocupes, ya estás a salvo.

La chiquilla se frotaba las manos nerviosamente mientras mantenía la cabeza gacha. Respiró hondo antes de seguir hablando.

—Ellos... no me encontraron porque sé esconderme muy bien. Escojo los lugares que la gente no quiere revisar.
—Bueno, ¿y qué piensas hacer con ella, Alice? No podemos llevarla con nosotros.
—El camino a Caldeum debería estar despejado, pero sigue siendo un gran trayecto.
—Si es así, tal vez... pueda conseguirlo —murmuró la infanta—. pero antes quiero pedirte algo.
—¿De qué se trata?
—Mis padres eran mercaderes. No pienso dejar que su negocio se pierda. ¿Quieres comprarle algo a una niña que ha perdido todo?
La arcanista estalló en carcajadas al escuchar la petición de la chiquilla. Estuvo así por un buen rato mientras su compañera la miraba molesta.

—Vaya, un mercader nunca deja de serlo —dijo al fin, secándose las lágrimas.

La cazadora dio un suspiro antes de dirigirse a la niña.

—Lo siento, pero si realmente quieres montar un negocio, seá mejor en Caldeum. Hay bastante competencia, pero supongo que es mejor que este lugar.
—Ya veo. Gracias de todos modos.
—Espera un poco —interrumpió Natasha—. Quiero ver qué tienes.
—Claro.

La niña sacó un saco de su escondite y le mostró los objetos a la arcanista. La cazadora miraba de brazos cruzados apoyada en una pared, visiblemente impaciente.

—Hmmm, no tienes nada que me sirva, ¿te importa si soy yo quien te vendo algunas cosas?
—Para nada. Cuesta encontrar material decente en estos tiempos.

Natasha comenzó a entregarle una gran cantidad de objetos que había hallado durante la travesía. No estaba muy conforme con el precio de venta, pero al menos ahora estaba más ligera. Terminando la transacción, se despidió de la chica y salió del sótano, acompañada de la cazadora.
Afuera las esperaban los demás, algo preocupadas por lo que tardaban. Alice no dijo nada y sólo hizo una seña para que continuaran la marcha.
Ya en las afueras de la ciudad se encontraron con tres desgarradores desérticos. La cazadora dejó caer varias granadas donde suponía iban a salir. Al ver eso Natasha lanzó un orbe arcano hacia esa ubicación, pero éste estalló antes de que las criaturas emergieran de la arena, levantando una nube de polvo y dispersando los explosivos.

—¡Idiota! Ten más cuidado con tus conjuros.
—Descuida. Enseguida arreglo esto.

Las bestias salieron a la superficie justo cuando las granadas explotaban alrededor del grupo. La arcanista, que se había acercado, los recibió con una gran cantidad de filos espectrales, pero tuvo que alejarse al ver que su compañera estaba usando boleadoras, que se enredaron en los cuellos de los desgarradores. De las múltiples explosiones sólo sobrevivió uno, que fue eliminado por un proyectil mágico potenciado.
Siguieron avanzando. Ya se podía divisar a lo lejos una muralla que supusieron era la entrada a Alcarnus. Pero antes que pudieran alcanzarla se vieron emboscados por un gran grupo de caídos. Eirena rechazó a los que iban en vanguardia con un empujón enérgico, quedando los demonios bastante apegados unos de otros, momento que tanto Alice como Natasha aprovecharon para lanzar sus mejores ataques de zona. Con sus fuerzas fuertemente diezmadas, los pequeños caídos se desorganizaron, pero el feroz rugido de un mayoral los envalentonó lo suficiente para que se lanzaran al ataque. Ante esto la arcanista conjuró desde su mano un arco de electricidad que saltaba entre los demonios mientras la cazadora hacía un barrido con su disparo rápido abrasador. Kormac en tanto cargó contra el líder recibiendo fuego de apoyo de Lyndon y Eirene. Pronto sólo quedó el mayoral en pie, pero una certera daga se le clavó en el cráneo, acabando finalmente con él.

Eirena: Estas tierras siempre atrajeron al mal.
Natasha: ¿Y cómo era este lugar durante tus tiempos?
Eirena: Hermosas ciudades se alzaban a los cielos, pero estaban plagadas de maldad. Los Vizjerei reinaban sobre ellas con mano de hierro.
Natasha: ¿Te refieres a los clanes de magos Vizjerei? Deben ser bastante antiguos...
Eirena: Eran todavía más crueles en mi época. Me complace saber que su influencia hoy no es tan poderosa.
Alice: Dijiste haber servido a un arcanista, ¿cierto? ¿Era uno de ellos?
Natasha: ¿El Profeta también era arcanista?
Eirena: Ay, no. Su intención era castigar a los Vizjerei, que fueron los primeros en invocar demonios aquí.
Alice: Ya veo.
Natasha: Eso para que veas lo poderosos que somos los arcanistas.
Alice: No veo que seas la gran cosa.
Natasha: Envidiosa.
Eirena: No sé si era arcanista... la verdad sólo sabía que era una persona de gran poder.
Natasha: Entonces tenía que ser un arcanista.
Kormac: Dejemos la discusión para luego. Ya llegamos.

Efectivamente, se hallaban ante una de las murallas que marcaba el límite de la ciudad. Éstas parecían haber recibido algo de daño, pero aún se mantenían firmes. Sin embargo, como temían, los restos de varias carretas, cajas y barriles se sumaban a lo que quedaba de la enorme puerta de acceso, bloqueando la única vía a la vista. Eirena se acercó y tocó los restos, para luego decir con un suspiro «No es una ilusión. Tendremos que ir por el Destacamento de Khasim».
—Bien, no perdamos más tiempo —dijo el templario mientras se daba la vuelta.

No obstante, la cazadora no se movió de su sitio mientras observaba la barricada y luego de unos momentos se encaminó hacia ella.

Alice: Vayan ustedes. Yo me quedo aquí.
Eirena: ¿A qué te refieres? Eso no es una ilusión.
Alice: Seguramente en el fondo todos ustedes ya se han dado cuenta de que el Destacamento es una trampa.
Natasha: ¿Qué? ¿Le tienes miedo a una emboscada de esos cultistas?
Alice: Aunque ciertamente conseguiremos burlar o derrotar sus fuerzas, no me parece lógico meter la cabeza donde uno ya sabe no debiera hacerlo.
Kormac: Pero el paso está cerrado. Tenemos que llegar a Alcarnus, ¡aunque tengamos que atravesar por la fuerza el ejército de Maghda!
Natasha: No creo que queden tantos de esos idiotas.
Lyndon: Entonces, ¿tienes alguna otra idea?

La cazadora se sonrió y dando una voltereta comenzó a escalar los restos. En un par de segundos estaba en la cumbre.

—Si quieren ir al Destacamento de Khasim no los detendré, pero yo no perderé más tiempo —dijo, bajando por el otro lado.
—Tramposa, ¡deja de lucirte! —le gritó Natasha
—Sorprendente —exclamó la hermetista al ver la agilidad de Alice.
—Mira, Eirena. Yo también puedo hacerlo.

Rápidamente el truhán dio un salto y comenzó a escalar la montaña de restos. «Cuando niño solía hacer competencia con un tal Altair por ver quién llegaba primero a lo alto de un edificio. El pobre se las arreglaba bien a pesar de su vértigo» comentaba mientras subía.
Los demás sólo podían observar desde abajo y ya se estaban poniendo intranquilos.

—Bien, y nosotros, ¿qué haremos? —preguntó el templario.
—Sería muy útil tener su agilidad ♥ —comentó Eirena—, ¿tú qué piensas, Natasha?

La arcanista hervía de rabia. Tenía apretados los dientes y los puños le temblaban.

—¡No permitiré esa !@#$% se siga burlando de mí! —gritó al fin, desenvainando su bracamante.

Con rabia, conjuró tres ciclones energéticos en dirección a la barricada. Esperó unos segundos antes de lanzar un orbe arcano, y en cuanto lo hizo corrió tras él. Poco antes de que éste impactara a los ciclones dio un salto y clavó su arma en la base de la barricada liberando una onda impactante. El truhán vio desde arriba lo que estaba haciendo la arcanista y, asustado, trató de lanzarse para abajo, pero ya era muy tarde. La explosión conjunta de todos esos conjuros destrozó la barricada, mandando a volar en pedazos los restos de carromatos y cajas, junto con el pobre Lyndon. La cazadora se volteó al escuchar el estallido, sonriéndose por el actuar de su compañera.
Los trozos de madera seguían cayendo por todo el lugar y de la nube de polvo se podía ver la silueta de la taumaturga, respirando profundamente por el esfuerzo hecho.
—Bienvenida, Natasha.
—No creas que te librarás tan fácil de mi, chica-flecha.
—En cierto modo me hubiera decepcionado que esto te hubiese detenido, pero mi prioridad es dar caza a mi presa.
—Pues yo no dejaré que te lleves toda la gloria.
—Bien por tí. Entonces vamos.
—Estoy bien. Gracias por preguntar —se quejó Lyndon, saliendo de entre los restos de la barricada.
—Sabía que estarías bien —mencionó Alice—. Por eso no pregunté.
—Gracias por tu confianza.
—Bien, ahora prepárense. Nuestra amiga despertó a todos en el lugar.

Aunque en un principio estupefactos por la repentina entrada, los cultistas pronto reaccionaron convocando erebiones y preparándose para el ataque. Las flechas famélicas de Alice acallaron varias voces mientras los proyectiles mágicos de Natasha hacían lo suyo. Kormac se lanzó a la carga, pero un erebión le saltó encima, a lo que el guerrero se cubrió con su escudo para luego asestar un fuerte golpe de hacha en la espalda del demonio. Uno de los erebiones saltó también sobre la arcanista, pero ésta lo recibió con una gran cantidad de filos espectrales, rebanándolo antes de esquivarlo. Los demás cultistas no aguantaron mucho más y pronto el lugar quedó cubierto de sus cadáveres.
No obstante, desde el puente que llevaba a la ciudad de Alcarnus cinco invocadores usaron sus poderes en conjunto para convocar un gigantesco martirizador, de unos diez o doce metros de alto. Con lo que quedaba de su energía invocaron tres erebiones demoníacos antes de ir por los aventureros. Éstos se asombraron ante la enorme invocación, pero rápidamente reaccionaron. La cazadora desabrochó su chakram y cargó junto a Kormac contra el gigantesco Quiebrahuesos. Éste dejó caer su pesada maza contra ellos, pero ambos evadieron el golpe, Alice con una voltereta y el templario esprintando al último segundo. Junto a la acrobacia, la cazadora dispersó abrojos alrededor y con su chakram asestó varios cortes en las piernas del gigante antes de lanzar su disco contra la espalda de éste. El Quiebrahuesos se volteó hacia su atacante, pero entonces fue el torrente arcano de Natasha el que lo desequilibró por la potencia del ataque. Kormac entretanto continuaba asestando fuertes golpes de hacha a las piernas del demonio. Los erebiones saltaron sobre él, pero el empujón enérgico de Eirena los hizo retroceder. Seguido de eso, ésta embelesó a uno de los invocadores, que comenzó a atacar a sus compañeros. En medio de la confusión, la cazadora se ubicó en medio de ellos. Sólo pudieron vislumbrar una pequeña sonrisa malévola antes que la joven se girara rápidamente, arrojando cuchillas alrededor. Los cultistas quedaron gravemente heridos por las numerosas hojas que quedaron clavadas en sus cuerpos, pero sin darles tiempo a reaccionar Alice retrocedió, dejando caer varias granadas. Los invocadores trataron de alejarse, pero el dolor de sus heridas les impedía moverse normalmente. Al final, fueron las explosiones las que los sacaron de allí, aunque ya estaban muertos antes siquiera de volver a caer al piso.
Mientras, Kormac intercalaba sus ataques contra las piernas del gigante y los erebiones que lo atacaban. Lyndon también intercalaba sus proyectiles entre uno y otro objetivo. Ya había envenenado a los tres demonios, pero éstos continuaban atacando a pesar de ello. Entonces Quiebrahuesos se dirigió donde la arcanista, que continuaba lanzando su torrente de proyectiles arcanos. Ya frente a ella levantó su maza para descargar un gran golpe, pero la muchacha pasó por entre sus piernas, lacerándolas con filos espectrales mientras la pesada arma se enterraba en la arena producto del impacto. El gigantesco demonio tenía problemas para liberar su maza, momento el cual Alice aprovechó para usar su disparo rápido contra la espalda del coloso mientras Natasha conjuraba un rayo gélido sobre él. El estallido níveo resultante debilitó al demonio, dificultándole aún más el recuperar su arma.
De repente, un destello cegador iluminó el lugar, dificultando parcialmente la visión a los aventureros. A través del rabillo del ojo, la cazadora percibió uns sombra moviéndose a gran velocidad alrededor de Quiebrahuesos antes de que éste cayera de bruces, enterrando su cara en la arena.

—¿Quién eres? —preguntó severa Alice, apuntando con sus ballestas a la nube de polvo que se había formado detrás del demonio.
Lentamente la fina arena fue dispersada por el viento, dejando ver a un hombre calvo con una larga barba negra. Vestía una armadura ligera con protecciones de bronce en el torso, hombros y antebrazos. Su calzado simulaba unas sandalias, pero con canilleras de bronce. En su frente exhibía un tercer ojo, una curiosa piedra incrustada en una especie de tiara. Llamaba la atención la abundancia de tela en su armadura, que parecía proteger sólo lo justo e indispensable, dejando las piernas, brazos y parte del abdomen prácticamente con ninguna defensa ante ataques enemigos.

—Mi nombrre es Gilgamesh —respondió con un acento extraño—. Soy un monje de Ivrogod.
—¡Ivrogod! —exclamó el templario, sorprendido —Es sorprendente ver un monje fuera de su capital.
—¿Un monje? —preguntó Lyndon— ¿Eso qué es? ¿Una especie de sacerdote?
—No. Son guerreros sagrados —respondió Kormac, algo molesto por la falta de respeto.
—Y yo que pensaba que era el ermitaño de la cueva de las arañas —murmuró para sí la arcanista—. Aunque ese se veía más viejo y débil.

La cazadora nunca había escuchado hablar de ese sitio, aunque sí recordaba haber oído historias de hombres que al luchar sólo se veían destellos y eran capaces de moverse más rápido de lo que podía seguir la vista.
Sentía cierta inquietud al observar al monje. Aunque rezumaba calma y tranquilidad, también podía sentir un gran poder dentro de él.

Alice: Entonces, ¿qué es lo que te trae por aquí, monje?
Gilgamesh: Vengo a cumplir la voluntad de los Patriarrcas: Eliminarré a Maghda y su Aquelarre, y devolverré el equilibrio a esta tierra.
Natasha: Entonces nuestro objetivo es el mismo.

El monje observó a la taumaturga unos momentos, para luego dirigir su mirada a la cazadora. Ésta mantuvo la mirada fija, aunque le extrañaba la observaran como si la estuvieran analizando.

—¿Cuánto tiempo llevan luchando contrra el Aquelarre? —preguntó al fin el hombre.
—Ahora que lo preguntas, pareciera que fueran meses, pero en realidad no es tanto —comentó la arcanista—. Hmmm, no recuerdo exactamente cuánto tiempo...
—Desde que iniciaron sus actividades demoníacas en Tristram —respondió Alice.
—Entonces supongo que este diarrio que encontrré se refierre a ustedes.

El monje les estregó un pequeño libro ligeramente manchado con gotas de sangre. En su última entrada se podía leer: «Acampamos, en espera de un par de heroínas de gran poder. Se me contrae el estómago cuando pienso que somos carne de descarte. Escuché historias sobre estas heroínas abriéndose paso entre nosotros, despedazándonos como insectos. Me espera una nueva noche de insomnio».

Natasha soltó una gran carcajada al leer la entrada. Alice se mantuvo más seria, cerrando los ojos mientras su compañera no paraba de reir.

—Maravilloso, nuevamente no me nombran —se quejó el truhán.
—¿Dónde encontraste esto, Gilgamesh? —preguntó Alice.
—En un campamento camino al Destacamento de Khasim.
—¿El Destacamento? —preguntó sorprendida Eirena—. ¿El Aquelarre estaba allá también?
—Así es. Habían preparrado una emboscada, perro la luz de los dioses guió mi puño y con él castigué sus actos.
—Genial, otro creyente fanático —se volvió a lamentar Lyndon.
—Ja ja ja. No te preocupes, Lyndon. Quizás se lleven bien —se burló Natasha.
—Sí, cómo no.
Alice se quedó observando unos momentos a ese par; no comprendía muy bien como a veces parecían llevarse bien y de repente la furia de Natasha explotaba. No obstante, su personalidad siempre fue inestable, por lo que era de esperarse esos arranques de ira.

—Sabes que Maghda se encuentra en Alcarnus, ¿no? ¿Vendrás con nosotros? —sugirió Eirena.
—Suelo encaminar mis pasos en soledad, perro dado que nuestrros objetivos son equivalentes unirremos fuerzas.
—Te entiendo —le dijo la cazadora—. Normalmente persigo a mis presas sola, pero en este caso tuve que unirme con ellos.
—Hablas como si fuéramos una molestia para tí —señaló Kormac.
—No necesariamente tú, pero...

La cazadora se quedó observando a la arcanista, que se había alejado para registrar un alijo oculto entre la arena y unas plantas. «Natasha hace buena pareja con Lyndon; Ambos son expertos para hallar tesoros» pensó.
Entre tanto, el truhán fue a registrar un montón de huesos que había cerca de donde estaba la barricada. Sin embargo, al mover los restos óseos, éstos se reagruparon y formaron un esqueleto, quien atacó a Lyndon con una espada.

—Y también son especialistas en caer en trampas —suspiró la cazadora.

El templario cargó contra el óseo enemigo mientras el truhán retrocedía y disparaba sus saetas. La arcanista en tanto se reía a carcajadas por el fiasco que se había llevado el truhán.

—De acuerrdo. Síganme —ordenó el monje, adelantándose y dirigiéndose al puente que llevaba a Alcarnus.
—¿Otro que se cree líder? —comentó la arcanista— Ya empezó a caerme mal.

Varios cadáveres se hallaban amontonados en los restos de las puertas de Alcarnus. Algunos estaban colgando de cuerdas en los muros mientras otros habían sido empalados. La sangre cubría gran parte de la arena, atrayendo ratones y cuervos que se alimentaban de los restos.

—¡Ay, Dios! ¿Por qué no llegamos antes? —exclamó horrorizada la hermetista al ver la masacre.
—Alcarnus era un próspero poblado desértico la última vez que lo visité —comentó Natasha—. Pero Maghda y su Aquelarre lo han convertido en un osario.
—Lo que Maghda ha hecho es indescriptible —murmuró el monje—. Tantos muertos, sus cadáveres esparcidos como basura. Maghda morirá. Lo juro por los dioses. Lo juro por todos los que cayeron aquí.

Un grupo de cinco cultistas se encontraba reunido formando un círculo, tratando de conjurar algún demonio. Un par de aldeanos se hallaban cerca de los muros, prisioneros en jaulas de metal.

—¡Ayúdanos! ¡No nos dejes aquí! —gritó uno de ellos.
—No se preocupen —trató de calmarlos Alice—. Voy a liberarlos.

La cazadora no alcanzó siquiera a levantar su ballesta cuando Gilgamesh literalmente desapareció frente a ella y sólo se vio a los cultistas retorcerse de dolor antes de caer muertos. Nuevamente sólo alcanzó a divisar una sombra moverse alrededor de ellos a una velocidad sobrehumana. Instantes después, el monje se apareció, rodeándolo una leve nube de polvo.

—Es fuerte —mumuró Alice —Suerte que esté de nuestro lado. Odio a aquellos que se mueven más rápido que mis flechas.
La cazadora rompió los candados con un disparo a quemarropa de sus ballestas. Los prisioneros se apresuraron a salir, aunque aún temblaban producto de la experiencia recién vivida.

—Pensé que jamás nos rescatarían —suspiró uno de ellos.
—Gracias. De verdad.
—Ojalá que cierren rápdo tus heridas —dijo la hermetista, instándolos con las manos a que abandonen el lugar.

Los recién liberados corrieron torpemente hacia las afueras. Aunque ahora estaban fuera de las jaulas, el trayecto por el desierto aún era peligroso, pero no podían hacer nada más. La raíz de todos esto se encontraba aquí, y no podían permitir se volviera a escapar.

—¿Y, Natasha? ¿No crees que ese monje te está quitando el lugar de la más poderosa del grupo? —le dijo burlón el truhán.
—Cierto que es rápido, pero yo soy la verdadera fuerza de destrucción masiva.

Y diciendo eso lanzó un orbe arcano a un grupo de cultistas que se encontraban en círculo convocando algún demonio. No obstante, antes que la bola de energía llegara donde ellos, el monje literalmente se teletransportó donde uno de los fanáticos, propinándole un feroz puñetazo en la espalda, rompiéndole la columna. Alcanzó a dar un golpe más antes que el orbe arcano impactara a uno de los cultistas. La detonación los mandó a volar a todos, cayendo inertes a varios metros de distancia mientras la sangre manaba de sus bocas, ojos y oídos producto de las múltiples heridas internas que les dejó la explosión.

—Tus ataques siguen siendo fuertes, pero la velocidad de Gilgamesh será un problema —susurró la cazadora, desenfundando sus ballestas de mano, con las que podía disparar más rápido.
—¡Ja! Pues no dejaré que nadie me supere —contestó desafiante la arcanista.

La muchacha empuñó fuertemente su bracamante y conjuró una armadura tormentosa sobre ella. Luego echó a correr al frente gritando «¡Yo soy la más poderosa aquí! ¡Siempre lo seré y ahora se los demostraré!».

—¿Y de dónde sacó esta loca que es la más poderosa del grupo? —se preguntó Alice al tiempo que disparaba pequeñas flechas famélicas a los fanáticos que veía al alcance.
—Ya la conoces. Le da por tomarse títulos como ese —respondió el truhán, mirando a otro lado.

La cazadora lo dejó hasta ahí. Entre la velocidad del monje y el ímpetu de Natasha iban avanzando bastante rápido. El primero se aparecía enfrente de su oponente, asestándole un puñetazo de trueno, para luego de un par más liberar una onda eléctrica que arrojaba a los enemigos hacia atrás. La arcanista en tanto conjuraba proyectiles mágicos que lanzaba a cuanto cultista solitario tenía a la vista, dejando los orbes arcanos para los grupos. Sin embargo, no siempre conseguía dar en el blanco ya que la velocidad de Gilgamesh le permitía eliminar los objetivos antes siquiera la bola de energía llegue donde debía, lo que molestaba bastante a la impulsiva muchacha. «Conozco ese sentimiento» dijo para sí la cazadora, a la que también irritaba le arrebataran su presa, como lo estaba haciendo ahora el monje. Observó a su alrededor. No había prácticamente ninguna pared que no estuviera manchada de sangre. Ésta bañaba también las arenas. Los desafortunados aldeanos que no alcanzaron a evacuar la ciudad se encontraban desperdigados por todas partes. Algunos empalados, otros colgando, encadenados por los brazos mientras los que habían sido martirizados estaban amarrados por brazos y piernas, siendo lacerados una y otra vez por los látigos de los cultistas.
El odio se empezó a acumular dentro de la cazadora. Todas esas personas... le recordaban su infancia, el día en que los demonios arrasaron su pueblo y masacraron a todos sus habitantes. No podía perdonar Maghda hubiera recreado ese momento. Apretó los dientes y se impulsó hacia adelante. Sus ansias de venganza le dieron el empuje necesario para ponerse a nivel de los otros dos que iban en vanguardia. Kormac trataba inútilmente de alcanzarlos ya que el peso de su armadura le impedía siquiera acercarse a sus oponentes antes de que los demás los machacaran. La hermetista por su parte no estaba acostumbrada a correr tanto, por lo que tampoco podía llevar el paso.
Lyndon: Vaya, ahora sí que están motivados.
Kormac: Esto es frustrante. No puedo quedarme sólo viendo cómo otros hacen el trabajo que debería hacer yo, por ser un enviado de la Luz.
Eirena: El ver todo esto hace nacer un sentimiento de celeridad por salvar todas estas personas, ¿no te ocurre lo mismo?
Lyndon: Hmmm, la verdad no.
Kormac: Tú sólo buscas la oportunidad de hacerte con cosas de valor.
Lyndon: Cierto, pero también hago buenas acciones al matar estos cultistas.
Kormac: Pero no es tu objetivo principal, como nosotros.
Lyndon: Lo importante son los actos, ¿no?
Eirena: ¡Dejen de hablar y apresúrense! Se extingue un alma inocente con cada segundo que corre.
Kormac: Eirena tiene razón. Si mi ser no puede avanzar más... entonces me superaré a mí mismo.

Con gran ahínco, Kormac cargó con rapidez, embistiendo a un erebión que había sido invocado recientemente.

—Todos están haciendo su mejor esfuerzo —murmuró Eirena—. ¡No puedo ser menos!

La muchacha se las arregló para aumentar su velocidad de carrera, lanzando desde lejos proyectiles arcanos para ayudar en lo posible a sus compañeros de vanguardia.

—Ahora ellos también... No veo razón para apresurarme. Eventualmente todos esos cultistas locos morirán.
—Hey, Lyndon —gritó la arcanista desde el frente—. Si no te apuras te quedarás sin botín.
—¿Qué qué? No seas así, ¡déjame algo! —le gritó de vuelta, acelerando el trote.

Tres cultistas se encontraban un poco más adelante, con púas negras clavadas en sus espaldas y murmurando algo. Al lado se hallaban dos prisioneros más, en jaulas de metal.

—¡Se van a transformar en demonios! ¡Hay que detenerlos ya! —advirtió Alice, disparando sus ballestas.

No obstante, un vesánico oscuro se interpuso y recibió las saetas. La cazadora, molesta por la intervención, le lanzó una daga en la frente, pero a pesar del daño y el ácido, el demonio se mantuvo en pie. Un proyectil arcano potenciado lo impactó en la cabeza, haciéndolo perder el equilibrio. La cazadora se desabrochó su chakram, pero antes que alcanzara a lanzarlo, el monje a su lado aceleró súbitamente. Con un golpe raudo le partió la espalda a uno de los fanáticos, para luego, estando en medio, ejecutar una serie de ataques giratorios. La ola incapacitante acabó con los otros cultistas antes que completaran su transformación. La cazadora se alegró porque el ritual haya sido interrumpido, aunque le fastidió no fuera ella quien lo evitara. Sin soltar su chakram, se impulsó contra el vesánico y le cercenó la cabeza. Se apoyó en el cuerpo decapitado para tomar más impulso y de un salto arrojó su chakram a unos cultistas que hacían un ritual a lo lejos. Al aterrizar vio como su hoja circular decapitaba a tres de ellos antes de clavarse en la espalda de otro vesánico. La arcanista en tanto dividió un proyectil mágico para reventar los candados de las prisiones de los aldeanos. Kormac ayudó a terminar de liberarlos.

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