Los Naga y el mar del lamento [La llamada de N’zoth]

Historia de Warcraft
Versión en video: https://youtu.be/1Rz4iOcDRK0

Cuenta la leyenda, que en las lejanas tierras de Kalimdor, antes de que Azeroth viera el nacimiento de las nobles y macabras razas del mundo de Warcraft, existió un lugar místico, misterioso y maravilloso llamado Azshara, que comparte su nombre con una celebre elfa noctura, Reina imperante de infinita belleza, con cabellos de plata y una melodiosa voz que pareció reflejo de la madre Elune. Una dama que encarnó en un solo cuerpo la belleza y la corrupción en la que el orgullo y el deseo se unieron para crear a su vez un sueño y el despertar de un monstruo.
El pozo de la eternidad, alma viva de nuestro mundo, fue corrupta por la esencia vil de la Legión Ardiente. Mas los antiguos seres de este mundo, con sangre, con furia, con dolor, con sacrificio salvaron a estas tierras de un destino manifiesto.
Dichos héroes, provenientes de distintas razas, distintas áreas y con aún más variados pensamientos unieron sus puños y sus almas a una causa común y es ahora cuando una nueva amenaza se cierne sobre nuestro mundo.
Pero ya no se trata de demonios, de seres corruptos, de enemigos insondables, de un espacio distante, ahora los monstruos yacen bajo nuestro mundo, en las profundidades infinitas del océano, donde la luz sucumbe al maremágnum, donde las olas ver nacer a su fuerza y donde la sombra se cierne nuevamente sobre el mundo.

Es allí donde la caída reina Azshara hizo un pacto con un dios, un ser antiguo maestro de las olas, de conservar la vida a cambio de su alma, para dominar por fuerza y cambiar por determinación a un mundo que jamás fue suyo.
Las manos se tornaron azules y escamas tomaron su carne, sus piernas se fundieron y crearon una poderosa extremidad que para fines útiles se convertiría en una cola, saldrían agallas y el cartílago vivo se apoderaría de los espacios entre sus dedos y sus oídos. Una forma oceánica reclamaría los cabellos de plata de la innoble reina, dejando únicamente sus ojos dorados como marca característica.
Ella, la primera de los Naga, marcaría el inicio del fin de un puñado de altos elfos nocturnos que se convertirían en emisarios del dios antiguo.

Sus palabras retumban en un océano infinito, sus hijos se adueñan de la vida y de la tierra, como se adueña el vacío de la luz, allí donde lo profundo consume los sueños, yace enterrado bajo muros infinitos, una criatura que clama venganza.

La voz del dios se escucha lenta, calma, pero poderosa, el mar no se ata al tiempo y sabe soltar sus cadenas cuando llega el momento, el poder no tiene prisa, pues es bien sabido por los hombres que el mar consume montañas, una ola a la vez.

Pronto un joven marinero reta a la vida, toma su barca y sale a la marcha. Iza las velas, saluda al futuro, ve las gaviotas, rema lento, el agua es clara, ve la vida en este cercano fondo.
Ella es su madre, ella es su amante y el marinero lo sabe, es por eso que no teme a las olas. Oh triste marinero, cuanto bien harías en respetar más a esta fuerza del destino.

Pronto el viento cambia y sus caricias azotan su rostro, el cielo, antes tornasolado, toma un color grisáceo que consume hasta el rayo de sol más valiente, la mañana se transforma en penumbra y la primera oleada azota la barca, como una bestia lista a consumir la vida de nuestro navegante.
Constante y profundo cada golpe ataca al marinero, amante de las aguas, quien es ahora poco menos que un elfo temeroso, todo debería haber ido bien, los maresabios le habían advertido, “esta no es una tarde para que enfrentes a las olas”, pero la juventud es de los valientes y a los sabios consejos les sobrevinieron odios sordos.

Cuanto se arrepentía el triste elfo, cuanto terror había en sus manos, las cuerdas volaban inquietas, quemando sus manos, rasgando la carne, la sangre pronto empezó a manar de sus heridas y la tormenta seguía constante, consumiéndolo todo, la luz, el horizonte, los sueños y hasta la vida del navegante errante.

La voz del dios se escucha lenta, calma, pero poderosa, el mar no se ata al tiempo y sabe soltar sus cadenas cuando llega el momento, el poder no tiene prisa, pues es bien sabido por los hombres que el mar consume montañas, una ola a la vez.

La tormenta arrecia y el navegante se pierde en su mundo, tratando de aferrarse al mástil, mientras mantiene firmes sus remos, ya no dentro del agua, pues la fuerza del océano rompería sus brazos como parte el viento las ramas quebradizas de un árbol muerto.

Y ese era precisamente el sentimiento de nuestro marinero, preso del mar, preso del orgullo, maldiciendo a su orgullo, por llevarlo a su madre cuando se habría convertido en demonio.

Golpe a golpe la coraza de madera poco pudo resistir y más temprano que tarde nuestro elfo se encontró sumergido bajo las aguas.
Sus ropajes eran suaves y su juventud le dotó siempre de una enorme fuerza, fue esta última la que le permitió vivir por algunas horas en un viaje que podría haber terminado en segundos.

Pero su orgullo, fiel herramienta que lo llevara a la muerte, decidió mantenerlo aferrado al camino, lento y seguro, de un encuentro directo con la muerte.
Pronto la luz se reemplazó por la sombra y el azul del mar se tornó de un profundo color ébano, abandonando todo color, todo sonido, toda imagen, toda esperanza.
Sus ojos se mantuvieron siempre abiertos, pero su encuentro con el fondo era algo realmente cierto, la muerte tocó a la puerta, tuvo la osadía de abrirla.

La voz del dios se escucha lenta, calma, pero poderosa, el mar no se ata al tiempo y sabe soltar sus cadenas cuando llega el momento, el poder no tiene prisa, pues es bien sabido por los hombres que el mar consume montañas, una ola a la vez.

Terror, miedo, espanto, impotencia, resignación, todas eran voces que pasaban por su cabeza.
¿He de morir en el mar sabiéndome joven en días y en sueños? ¿Qué será de mí, perdido en el tiempo? ¿Madre mar, realmente me dejarás morir en tus entrañas?
Pero lo peor que pueden hacer los elfos es rezar a los dioses, no por su silencio, sino porque puede que respondan.
La voz del dios sonó fuerte, profunda, aun cuando realmente ya no escuchaba nada…

- Has elegido un mal momento para vivir, joven elfo. Tu orgullo cargó tu curso y tus manos sentenciaron tu destino, lento pero seguro acudiste a la cita y estas ciertamente a segundos de tu muerte. Sólo tengo una pregunta para darte…
¿Qué me darás a cambio de tu vida?


Pero su juventud no significaba ignorancia ciega a las voces del océano, de su padre había aprendido el arte de navegar y de su madre, la determinación de luchar aún cuando todo parecía perdido.
El elfo en su mente sólo pudo pensar:

- Mi vida es sólo mía y de nadie más, no puedo ofrecer una vida que estoy a punto de perder, pero lo que sí podría hacer sería advertir al mundo de tu presencia, ser vil, infinito, poderoso y macabro.

La respuesta debió sonar altanera pero divertida al maestro del océano, pues aunque su ira se transmitió por cada fibra de nuestro elfo, no fue la muerte lo que encontró, sino algo infinitamente peor.
Una luz tenue acariciaba sus ojos y aunque el elfo se sabía ya muerto, decidió resistir, sólo un poco más, lo justo para ver lo que tenía delante. Con admiración y espanto vio al infinito mar obsequiar a su vista, con un lugar digno de horror y de desconsuelo.

Una ciudad dorada se alzaba en las profundidades, pero sus formas desafiaban todo sentido de lógica y de coherencia. Enormes vigas se retorcían sobre sí mismas, mientras peldaños infinitos rodeaban cada esquina y cada sitio donde la vista se atrevía a llegar.

Unos ojos cinéreos se posaron sobre su forma, seguidos por decenas, centenas, miles de esos ojos ambarinos con una pupila tan infinita como el océano.
Un escalofrío infinito recorrió cada centímetro del navegante e intentó gritar, pero no tenía aire que transmitiera su espanto. Ahí rodeado de un millar de criaturas horrorosas, formas gráciles pero desfiguradas que surgían de cada recoveco el elfo encontró que quizás la muerte no sería tan detestable después de todo.

La voz del dios se escucha lenta, calma, pero poderosa, el mar no se ata al tiempo y sabe soltar sus cadenas cuando llega el momento, el poder no tiene prisa, pues es bien sabido por los hombres que el mar consume montañas, una ola a la vez.

Pronto los detalles de la magnánima estructura se revelaron y las criaturas se fueron haciendo cada vez más claras, seres que se asemejaban a elfos, pero con cuerpos serpentinos y armaduras brillantes rodeaban los límites de la ciudad, otras criaturas, apóstoles de la muerte, vestían togas carmesí con un rostro cubierto de protuberancias que asemejaban la forma de tentáculos.
Las innobles criaturas se disponían a terminar la vida del intruso, pero el dios dijo:

Aquél que toque a ese miserable será asesinado por mi voluntad y la de mi reina, ahora, ¡atrás!

La desesperación se adueño del elfo y en un intento valiente pero inútil intentó terminar con su tortura, pero no había fuerza en sus manos para asfixiarse y muy en el fondo de su alma lo sabía, que su vida ya no le pertenecía.
De repente del miedo se fue incrementando a un punto que supera a la locura y sus ojos contemplaron el horror personificado.
Una estructura que antes había creido, era un templo de estos apócrifos apóstoles empezó a moverse.

Lento pero seguro estructuras largas y retorcidas se fueron acercando a su cuerpo y un ser de proporciones inimaginables se postró ante su rostro.
Ese ser que se alzaba frente a su vista era la voz que le había estado hablando y lo que creyó ver no era sino una parte de toda su forma.

La locura se adueño del joven, quien intentó con todas sus fuerzas liberarse del agarre que lo había sumergido, pero era todo inútil, su destino estaba marcado.
Un grito enorme y prolongado se adueño de su pensamiento y una risa diabólica consumió lo último que le quedaba de cordura.

Quiero que seas mi emisario, joven elfo, advierte al mundo que su verdadero señor ha regresado, quiero que sus reyes y sus líderes teman y sientan todo el poder del que has sido testigo, que sepan que ¡El dios verdadero ha renacido!

La locura y la desesperación acabaron por terminar definitivamente con su mente y como si la libertad de la muerte al final llegara sus ojos se cerraron para no abrirse más.
Al día siguiente no hubo una barca que reclamar, no hubo mástil que rescatar, sólo un viejo maresabio se acerco a la costa, esperando que la madre mar hubiese tenido clemencia del navegante, pues este llevaba ya perdido algo más de una semana.
El viento lo atrajo a un rincón de la costa, donde las rocas habían arrojado algo, una forma destrozada, amoratada por los golpes, destrozada de palmo a palmo por un ataque despiadado.
Allí, en la costa, yacía el joven elfo.

Al principio el Maresabio pensó que se trataba de un milagro, pero al escuchar más de cerca los susurros delirantes del marinero, lo supo, su mirada se convirtió en espanto y su angustia se transformó en desesperación, cuando al intentar al salvar al joven escuchó:
¡N’zoth ha regresado!

La voz del dios se escucha lenta, calma, pero poderosa, el mar no se ata al tiempo y sabe soltar sus cadenas cuando llega el momento, el poder no tiene prisa, pues es bien sabido por los hombres que el mar consume montañas, una ola a la vez…

Relato corto creado por DekarCORE para la comunidad de World of Warcraft.
<3
Video listo, enlace actualizado en el primer mensaje.
Me gusto mucho, uno de los mejores dentro de la comunidad de warcraft hispana.
Aunque foro equivocado :p

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